EL ENCANTO DE LAS EJECUCIONES PÚBLICAS

Las ejecuciones públicas han atraído a gente de todos los orígenes: hombres, mujeres y niños; ricos y pobres; académicos y analfabetas. Las respuestas individuales pueden diferir: algunos se ríen y se mofan, otros toman notas, otros se desmayan, vomitan o lloran

POR Frances Larson

Las ejecuciones públicas han atraído a gente de todos los orígenes: hombres, mujeres y niños; ricos y pobres; académicos y analfabetas. Las respuestas individuales pueden diferir: algunos se ríen y se mofan, otros toman notas, otros se desmayan, vomitan o lloran

Ejecución(W.W. Norton and Company)

En los siglos XVIII y XIX asistir a la ejecución de un individuo llegó a ser considerado llegó a ser visto como algo poco natural, aunque la experiencia no ha dejado de ser atractiva para algunas personas, y probablemente siempre mantendrá ese encanto mórbido. Las ejecuciones públicas siempre han atraído a gente de todos los orígenes: hombres, mujeres y niños; ricos y pobres; académicos y analfabetas. Las respuestas individuales pueden diferir: algunos se ríen y se mofan, otros estudiadamente toman notas, otros se desmayan, vomitan o lloran. Hasta cierto punto esas respuestas están determinadas culturalmente, pero la lección de la historia es que está dentro de nuestra capacidad como seres humanos atestiguar decapitaciones y otras formas de ejecución y, más que eso, disfrutarlas como espectáculos públicos o populares.

Durante el tiempo en que hubo ejecuciones públicas, había multitudes para verlas. En el Londres del siglo XIX se calcula que en promedio asistían unas 5 mil personas para ver un ahorcamiento estándar, aunque hubo casos en que multitudes de hasta 100 personas acudieron a ver colgar a un famoso delincuente. Las cifras apenas variaron tiempo después. Se estima que 20 almas observaron a Rainey Bethea colgar en 1936, en lo que resultó ser la última ejecución pública en Estados Unidos.

 

Tomado de: The Atlantic. Octubre 14, 2014.