La cowboy Rulfo

Oye, interrumpo luego de ordenar una Victoria a un mesero de baja estatura y con una pierna más corta que la otra, y qué se siente haberse acostado con un escritor que luego se hizo tan famoso. Tarda en contestar, bosteza, saca un espejito redondo de su bolsa y se mira los ojos, se me corrió el maquillaje, dice, chasquea los labios…

Por Óscar Garduño Nájera

Kanqueri Jhossue

Kanqueri Jhossue

Sostengo la caguama Corona en una mano y en la otra está el último Delicado sin filtro. No quiero ponerme de pie, en este sillón estoy bien, no necesito más. Pasan los minutos, dejo la caguama en el piso, tomo el control de las bocinas del Ipod y le subo el volumen a “God is Dead?” de Black Sabbath.

Subo más el volumen en la parte del coro. Quién iba a decir que el guitarrista Tony Iommy la iba a librar de un pinche cáncer. Doy otro trago a la caguama. Hasta entonces me doy cuenta que llevo bebiendo desde hace varias horas, que pronto me vencerá el sueño si no como algo, o si no me lanzo al Oxxo por un doce pack antes de que regrese Sofía de casa de sus papás y me la haga de a pedo porque no he parado de beber desde que desperté en este mismo sillón, apestoso, con la ropa de la noche anterior aún puesta, sin probar ni siquiera el sandwich de jamón que me dejó en el refrigerador.

¡Mierda!, debo reponerme si no quiero escuchar sus gritos y sus mentadas de madre. ¡Mierda!, es sábado, y si me largo aún puedo topar al Palomino en el Salón Portales, beberme dos o tres bolas más de espumosa y rebajada cerveza, comer unas cuantas pescadillas, más el caldo del día, de camarón o de res, espero que sea de res. Venga, ¡levántate!

 Tengo flojera de bañarme y en estas circunstancias lo considero peligroso: un resbalón y ya está: a la chingada el mundo y yo. Me echo agua fría en la cara, algo de cera para el cabello, apago las bocinas y salgo. Marco el celular de Sofía.

 – ¿Sigues borracho?, creo que ya habíamos hablado de eso, ¿no? — su voz tiene el tono de una maestra de primaria.

 Es lo único por lo que se preocupa, si sigo borracho o no. Tardo unos segundos en contestar, alcanzo a escuchar que su mamá pregunta quién es y en cuanto Sofía le dice que soy yo, chasquea los labios porque la sesentona me odia tanto como yo la odio a ella, por eso cada que Sofía me dice que va a ir a desayunar o a comer con sus papás prefiero irme de borracho un día antes para poner de pretexto que me muero de la pinche cruda, que estoy malo del estómago.

– Voy a comer con el Palomino.

Me cuelga. Lo ha hecho una y mil veces durante nuestra relación. Sabe que volveré a marcar. En cuanto lo hago me dice que la señal del celular es muy mala y le repito que voy a ir a comer, que tengo mucha hambre; me pregunta si ya me comí el sandwich que me dejó en el refrigerador y le contesto que tengo ganas de unas pescadillas.

 -¡Y de bolas de cerveza, verdad?

 ¿Todavía se porta mal?, pregunta su madre, la alcanzo a escuchar; seguro que Sofía mueve la cabeza y le responde que sí. Vuelve a colgar. Pues que se vaya mucho a la mierda, en cuanto regrese encontraré la manera de encontentarla, así sea haciendo el pinche ridículo y cantando de Juan Gabriel o de José José.

 Marco el número del celular del Palomino. A estas horas del día seguro ya cobró su salario de la delegación, es aviador de un gobierno de izquierda y según trabaja los fines de semana, pero le paga a alguien para que le cheque, y él se presenta, puntual, los días de quincena, así que trae dinero y no se negará a ir al Salón Portales, aunque no le gusta tanto el pescado, ese cabrón prefiere los cortes estilo Sonora o los tacos de cochinita pibil de la Lagunilla.

 – ¡Mejor vamos al Touchme!

 

Es un table dance que se encuentra en la calle de López, cerca del Palacio de Bellas Artes, de los más baratos: la cubeta con diez chelas medianas cuesta 250 pesos. Las prostitutas más viejas del lugar cuentan que ahí llegó Jaime Sabines luego de dar su tan ovacionada lectura en el Palacio de Bellas Artes, que se fijó en una morena nalgona que había llegado meses atrás de Poza Rica; según dicen, el poeta chiapaneco salió borracho con la mujer, se quiso pelear con el cadenero porque no se sabía ninguno de sus poemas y se metieron al hotel El Encanto, ese que está al lado del Florida, una de las cantinas más viejas de la ciudad.

Ya estás. Y queda de pasar por mí en una hora, tiempo suficiente para comprar otra caguama, otra cajetilla de Delicados sin filtro y subirle más al volumen a “Vision of Gehenna” de Black Pyramid.

 No me importa nada y creo que la vida tiene que ser así. Hace algunos años aún creía en la idea idiota del progreso como persona, como ser humano. Ahora ya no. Muchos de los que me conocen me creen un fracasado. Y lo soy. Si eso significa ir en contra de la idea del progreso occidental que te inculcan culturalmente desde que naces, lo soy. Lo malo es que terminan por convencerte. Es cuando haces lo que te dicen. Pierdes la capacidad para reflexionar acerca de cada una de tus acciones. El ideal es conseguir el poder económico y social a toda costa. Porque te dicen que para eso es la vida. Y se lo repiten sus padres, susjefes en grises oficinas, sus dirigentes políticos. Tampoco me importa. Por eso me llevo tan bien con el Palomino: cada que nos vemos soltamos las riendas y sobrepasamos nuestros límites. Nos dejamos llevar por lo que siempre nos han señalado como prohibido.

Antes de salir intento escribirla una nota a Sofía, pero me cuesta mucho trabajo, la pluma Parker azul turquesa tiembla en mi mano, las letras me salen chuecas. Opto por mandarle un mensaje de texto al celular, pero me equivoco, y en el momento en que selecciono a quién enviar, elijo a mi madre, por lo que, preocupada, me llama para preguntar si todo está bien conmigo.

Al fin le escribo unas cuantas líneas: “regreso al rato, fui al salón Portales con el Palomino, te juro que me voy a portar bien, tienes razón, ya no debo beber tanto”… luego miento, me doy cuenta que lo hago en cuanto escribo una frase en la que ya no creo desde hace mucho: “te amo”.

En cuanto me subo a la Ford Lobo me doy cuenta que el Palomino ya viene medio entonado, trae un doce pack de cervezas de barril en el piso del asiento delantero, me dice: “atiéndase, maestro”, y en cuanto arranca saca una bachita de mota que todavía alcanzamos a conectar con la Jirafa antes de que me lo entambaran en el reclusorio norte por matar a un taquero en la colonia Doctores.

Corre la Ford Lobo negra por el eje Central y el Palomino sube más el volumen a “KKK Bitch” de Body Count. Siento la boca sequísima y enciendo un Delicado sin filtro; repentinamente, el Palomino da un frenazo al lado de un semáforo en rojo que casi se pasa. En ese momento los dos volteamos. Policías. Lo que menos queremos en estos momentos es que esos cerdos nos echen a perder la fiesta.

Nos acordamos de la Jirafa cuando cruzamos la colonia Doctores. Nadie supo por qué mató al taquero, si ya traían amarre, si le debía lana de algún negocio chueco. Quién sabe. Llegó y sin decir agua va, sacó una nueve milímetros y zaz. El cuerpo del taquero quedó frente a los costales con cebollas y los manojos de cilantro.

 – ¿Te acuerdas de la doña que nos dijo lo de Sabines? — me pregunta el Palomino antes de mentarle la madre al conductor de un taxi que se le mete —. Pues ahora nos va a presentar a la que era amante de Juan Rulfo cuando este le escribía cartitas de amor a su adorada Clarita, Clarita.

El interior de la Ford Lobo apesta a marihuana, alcohol y sexo. La ciudad por la que atravesamos parece la misma de siempre. Me pierdo un momento en la ventana: afuera, las personas caminan y creen que el tiempo no se les va a acabar. Recargo la cabeza en el asiento, suspiro, pienso durante un momento en lo qué he hecho de mi vida durante todos estos años. Vamos a ver: aún no consigo titularme de la carrera de Letras y Sofía ya quiere tener un hijo. ¿Y quién lo va a mantener si ella está por acabar su maestría y con lo de su beca y mi sueldo no alcanza?

 – ¿No oyes ladrar a los perros? — le pregunto al Palomino para burlarme de lo que me acaba de decir. Los dos soltamos una carcajada.

Cambio la música. Algo clásico: “Stand Together” de los Beastie Boys. Abro otra cerveza.

 – ¿Te acuerdas de la psico de Irma?

Irma Zifuentes, la primera pareja formal del Palomino. Se conocieron en la prepa, cuando al Palomino todavía le daba por estudiar. Delgada, medio loca. Como sabía que al Palomino y a mí nos gusta la literatura, nos presumía que cuando ella era niña su papá invitaba a su casa a Carlos Fuentes, Octavio Paz y José Revueltas. Un día bautizaron al sobrino de Irma y por fin conocimos al papá en la fiesta. Cuando el Palomino le preguntó al señor que a qué se dedicaba, nos contestó que tenía un puesto de fruta en un mercado de la colonia Pencil.

Borrachos, nos moríamos de la risa.

Un hombre deprimido Steve Gribben

Un hombre deprimido Steve Gribben

Meses más tarde Irma se metió a unos baños de la colonia Portales. El encargado nos dijo que iba borracha, pero que no le puso atención, que ya nada más decía puras incoherencias. Pasaron varias horas y, al ver que nadie respondía y que ya se acercaba la hora de cerrar, el encargado rompió el seguro de la puerta de un vapor individual. La encontraron desangrada, se había cortado las venas con el pedazo de un vidrio de una botella que antes había roto.

El Touchme es un asqueroso lugar que únicamente aguantas ebrio, drogado o ambas. Porque si se te ocurre llegar en tu juicio, lo primero que haces es preguntar dónde están los baños, correr y vomitar. Nosotros llegamos más que borrachos, por lo que pasamos la cadena que sostiene el Tony, un hombre mal encarado de más de dos metros de estatura, y descendemos por unas empinadas escaleras.

– ¿Quieren una mesa chingona? — pregunta quien se dice gerente de ese apestoso lugar.

Una mesa de las que están cerca de la pista de baile.

– Pídete la primera cubeta de chelas; voy al baño.

No es que en este lugar des con las mujeres más buenas de la zona, claro que no, pero entre la borrachera  y la hierba que uno trae dentro, más las luces neón que apenas si alcanzan a iluminar una oscura pista, ves a las mujeres como reinas de cualquier festival de belleza delegacional.

 – ¿Qué les vamos a servir a mis dos reyes? — pregunta atrás de mí la Mariana Miller, una de las prostitutas de más edad del lugar, y también una de las primeras prostitutas de la ciudad. Su zona de trabajo era por la Arena México. Según ella, sus primeros clientes eran luchadores famosos que al salir de darse en la madre “contrataban” sus servicios.

Deja la cubeta metálica con las diez cervezas, me destapa una con un destapador que saca de su sostén y me pregunta que si se me apetece como botanita unos grasosos chicharrones enchilados. No estaría mal, le contesto, y en eso llega el Palomino, quien tras sentarse a mi lado pregunta a cómo anda el boleto para los tables personales. Alcanzamos a distinguir la sonrisa maliciosa de la Miller, enseña dos dientes dorados.

– ¡Hoy andan de pura suerte, mis reyes!, los boletos están al dos por uno, namás hay que esperar a que anuncien la promoción.

El Palomino dice que sí, da un trago a su Victoria y aplaude a Beatriz, quien en esos momentos termina su baile y baja de la pista.

– Queremos conocer a la cowboy Rulfo.

– Pero le dices que no nos mate — digo y los dos nos reímos.

– No tarda en llegar. En veinte minutos tiene que subir a la pista — nos dice la Miller y nos vuelve a enseñar sus dos dorados dientes.

La música tecno opaca el sonido de nuestras voces, nos vence, por lo que preferimos callar y concentrarnos en la pista, donde suben las mujeres, luego de que el del audio las presenta, para hacer la rutina de su baile columpiándose en dos tubos, uno en cada esquina de la pista, con series de luces enrolladas que prenden y apagan según el ritmo de la música.

Mientras anuncian a Thalía, me doy cuenta que pronto tendré problemas serios con Sofía, seguramente nos vamos a separar y creo que es lo mejor. Desde que iniciamos nuestra relación teníamos intereses distintos, y eso, a la larga, fue un impedimento para ser esa pareja que iba a causar envidia a las demás. No sé qué voy a hacer. Tal vez regresar a casa de mis padres y soportar los insultos de un frustrado padre que pronto tendrá que usar silla de ruedas debido a un accidente con su cadera. La vida en ocasiones se complica.

Llega hasta la mesa una mujer alta, morena, delgada. Trae puesta una tanga y un sostén verdes flourescentes. El Palomino le pide a la Miller la segunda cubeta de Victorias y yo no le quito la vista de encima a la morena. El del sonido la presenta como la sensual y exótica Clara y sube a la pista, donde empieza a bailar con una pinche canción de Ricky Martin. La miro. Contonea su cuerpo mientras avanza hacia el centro de la pista. Repentinamente se deja caer, estira unos delgados brazos y me doy cuenta que en el izquierdo trae el tatuaje mal hecho de un dragón tipo japonés; se coloca de espaldas a nosotros, abre las piernas, gira sobre su propio eje, deja su sexo frente a nosotros apenas cubierto por la tanga verde flourescente. La miro. Y ella sabe que lo hago. También lo hace el Palomino. Ni siquiera hemos bebido de nuestras cervezas. Lentamente se desprende de su sostén. Lo hace mientras está el coro de la pinche canción. Unas tetas pequeñas pero firmes de grandes pezones oscuros. Al menos así me lo parecen entre las luces amarillas y anaranjadas. Está por quitarse la tanga, pero no, únicamente la estira, juega con ella, provoca.

– ¿Me invitas una copa, papi? — me dice en cuanto baja de la pista y pasa a mi lado.

Volteo a ver al Palomino: espero que me auxilie con algo de dinero, sabe que en cuanto depositen lo de la beca de Sofía le pago porque mi quincena apenas si alcanza para pagar la parte que me toca de los gastos del departamento.

– ¡Nada más una!, luego te la quieres seguir…

Clara se sienta en mis piernas una vez que el Palomino le paga el boleto a la Miller. No desaprovecho el tiempo, así que toco sus nalgas, más bien flácidas. Intento hacer a un lado su sostén pero me detiene, dice que despacito, hay tiempo, y yo sé que en ese tipo de lugares lo que menos hay es tiempo, se terminará pronto la copita de anís que pidió, se irá de la mesa a menos que le pague otra, y cada una cuesta 200 pesos, casi otra cubeta de chelas.

Me pesa la cabeza, me mareo, las luces lastiman mi vista, no sé lo que ocurre y pienso que Clara le puso algo a mi cerveza, no es la primera vez que me ocurre, intento revisar y la cerveza se me cae, el Palomino me dice claro, cabrón, como a ti no te cuestan. Clara pregunta si me siento bien, sí, respondo, es que acabamos de fumar marijane y como que me cruce. Luego la confundo con Sofía:

– Sí, sí, amor, vamos a tener al bebé, hay que planearlo bien, porque te quiero, ¿lo sabes?

Y escucho como se ríen la Miller, el Palomino, Clara… me caigo.

– ¡Aquí está, mi rey!, la famosisíma cowboy Rulfo — le dice la Miller al Palomino, mientras acaricia con su arrugada mano mi cabeza, como si yo fuese un perro —. ¿Ya despertó el angelito?, mira que aquí no se viene a dormir, eh…

Como entre neblina alcanzo a ver a la cowboy Rulfo: una señora de unos cincuenta años con minifalda y blusa de licra, el cabello chino hasta los hombros, las facciones de un rostro más bien triste bajo capas y capas de maquillaje, me sonríe, enseña unos dientes perfectos pero amarillentos y manchados de bilé.

– Ahorita regreso — le digo al Palomino, que ya saluda de beso a la cowboy Rulfo.

Con dificultad subo las escaleras, a ratos me recargo en la pared y los que entran me ven como una mierda de hombre, subo, un paso más y ya está. Llego con el cadenero.

– ¿Dónde puedo fumarme una colita de rata de marihuana? — le pregunto, apenas si puedo articular las palabras, tengo la lengua adormecida.

– Aquí tan cerca, no, las patrullas pasan a cada rato, y si te agarran ni se te ocurra decir que saliste de este lugar, porque ya van tres veces que lo cierran — alza la cadena a un viejo con un ridículo bombín —. Mejor a la vuelta: hay una farmacia del ahorro que ya cerró.

Llego a la sucia cortina de la farmacia y me siento en el piso, respiro, trato de volver a la calma, estoy cansado, huele a orines y una rata gorda pasa veloz frente a mí para luego perderse en la coladera. Enciendo la colita, le doy el primer jale y parece que la vida regresa quién sabe de dónde. Escucho la voz apagada de un hombre, volteo, de pie, un borracho de traje me dice que si le convido de la hierba.

– Ya vas, pégale — le contesto y se la dejo.

Otra vez me tambaleo al regresar y tengo que detenerme antes, el cadenero me pregunta si todo salió bien y le digo que sí, sin broncas, miro pasar a los coches, a la gente, las lámparas de la calle, cuya luz me parece intensa, lástima. Suena mi celular, es Sofía, no contesto, pienso en ella, en lo solos que nos vamos a quedar una vez que decidamos romper con nuestra relación, no va a ser tan fácil, con ella compartí buena parte de mi vida.

– ¿Así que por acá estuvo el gran poeta chiapaneco? — le pregunto al guarura y arrastro las palabras. Me mira como si yo fuese un extraterrestre —. El amor es el silencio más fino… ¿sabes lo qué es el amor?, una rosa marchita en el hocico de cualquier cerdo.

Siento que me desvanezco, el guarura me sostiene, parezco un niño en sus brazos, me pide que entre, ¡cuidado con las escaleras!

Con trabajos alcanzo a sentarme al lado de la cowboy Rulfo, a quien el Palomino ya besa de a lengüita. Espero. El del sonido presenta a la siguiente bailarina: Doris, una mujer gorda que orgullosa muestra en su abdomen gelatinoso la cicatriz de su césarea.

– Entonces qué, ¿anduviste o no con Rulfo?

Hace mucho que no veía al Palomino en tan malas condiciones, seguro se metió unas anfetas o cualquier otra madre, está acostumbrado a los viajes pesados.

– ¿Me ves tan de tiro tan vieja, mi rey?

La cowboy Rulfo me agarra la mano, la acaricia, la quiere llevar a sus piernas abiertas, pero el Palomino se la detiene.

– ¿Saben?, hay una historia que me gusta de Rulfo, se la dejaron leer a mi hija en la secundaria, no recuerdo el nombre… a ver, mis reyes, díganme nombres de sus cuentos, ¿es cierto que fue un escritor famoso?

JuanNiciezaLavilla1977- Juan Nicieza Lavilla,1977

Me pierdo y lo que sigue a continuación aún no lo tengo claro. Imágenes borrosas, se cortan, me miro cómo babeo recargado en la ventana de la Ford Lobo, corre de prisa sobre Tlalpan, el pensamiento que tengo es que nos vamos a dar en la madre, casi roza el muro de contención de cemento, luego borrón otra vez, el Palomino alcanza a estacionarse frente a un Oxxo, casi se lleva de frente a la señora de un puesto de elotes, se baja, compra un veinticuatro de cervezas, me pasa una, apenas si la alcanzo a sostener y mejor la meto entre mis piernas, ya no me entra, estoy asqueado de tanta pinchi cerveza, luego borrón otra vez, un mesero nos sirve dos cubas de Bacardi blanco, estamos en el Siete de corazones, un table cerca del metro Portales, alzo la vista, la cowboy Rulfo está con nosotros, se burla de las mujeres que bailan, el Palomino la abraza, eres mi vieja, ¿a poco no?, es lo que dice, borrón otra vez, nos dan las cinco de la mañana en un lugar de caldos de gallina y cervezas, estoy en la mesa, me arden los ojos, tengo punzadas en la cabeza y la boca más seca que antes; también tiemblo, hace frío, intento comer del grasoso caldo de gallina, pero se me pasa la mano con el chile guajillo y me queda muy picoso, pienso en Sofía, ¿dónde está mi celular?, al parecer no he dejado de pensar en ella, lo encuentro, tengo diez llamadas, seguro ahora sí me corre de la casa, es más: le ahorraré el trabajo, no pienso llegar, no lo voy a hacer, que se quede con todo, miro a la cowboy Rulfo, vieja cabrona, está completa, como si recién despertara, me mira como quien ve una cucaracha gigante (obvia la asociación con Kafka), pregunta cómo me siento, pienso que es la más imbécil de las preguntas y en lugar de contestarle le pregunto por el Palomino, en la camioneta, dice, le agarro la vomitadera y dijo que se iba a dormir un rato, que lo aguantemos, él paga la cuenta, borrón, borrón.

Oye, interrumpo luego de ordenar una Victoria a un mesero de baja estatura y con una pierna más corta que la otra, y qué se siente haberse acostado con un escritor que luego se hizo tan famoso. Tarda en contestar, bosteza, saca un espejito redondo de su bolsa y se mira los ojos, se me corrió el maquillaje, dice, chasquea los labios, se levanta, mejor me voy, tengo que llegar a mi casa, si no Juanito se me despierta, ¿Juanito?, ¿quién chingaos es Juanito?, el nombre de mijo, está en primero de secundaria; a la otra se lo llevó su papá.

Vulevo a pensar en Sofía, en cómo le voy a decir que no quiero seguir más con ella, la cowboy Rulfo sale a la calle, camina, despacio, poco a poco se pierde, poco a poco se hunde entre los edificios, como un zombi, le alcanzo a gritar que se espere, despierto al Palomino y la llevamos a su casa, igual nos lanzamos a Cuernavaca a seguirla, o al Ajusco, pero nada, va como idiota, y la luz de ese sol que ya empieza a salir cobija su figura, lo que queda de su sombra, sus tantos y tantos secretos, si es que aún puede cargarlos, si es que no se dan a la tarea de morir cada noche, borrón, borrón, borrón