La máquina de escribir: una herramienta para el arte

Una antología visual repasa la relación, desde el siglo XIX hasta ahora, entre la revolucionaria herramienta y las mentes creativas. El primer ejemplo documentado de arte con máquina de escribir se remonta a 1898, poco más de 20 años después de la comercialización masiva del invento

POR Helena Celdrán

Una antología visual repasa la relación, desde el siglo XIX hasta ahora, entre la herramienta y las mentes creativas. El primer ejemplo documentado de arte con máquina de escribir se remonta a 1898, poco más de 20 años después de la comercialización masiva del invento

Máquinainci sözlük (inci.sozlukspot.com)

La primera máquina de escribir, comercializada en 1870, era danesa. El aparatoso invento no permitía ver el papel cuando se tecleaban las letras, las teclas estaban en una semiesfera y salían de ella como las púas de un erizo. No fue hasta 1874 cuando apareció el primer modelo comercialmente exitoso, manufacturado por la empresa estadounidense Remington, fabricante también de armas y de máquinas de coser.

A partir de entonces se hizo indispensable para el mundo industrializado, el comercio, la cultura y la sociedad: el instrumento suponía la automatización de la escritura y la universalización de un formato limpio y moderno. Poco después de la revolucionaria popularización de la máquina de escribir, aparecían ya en algunos manuales páginas de “elementos decorativos” que sugerían la posibilidad de adornar los textos con motivos geométricos y sencillos dibujos hechos con caracteres. Eran los últimos años del siglo XIX y el ingenio ya había despertado la inspiración de los pioneros del arte hecho con máquinas de escribir.

El libro Typewriter Art: A Modern Anthology (Arte mecanografiado: una antología moderna), publicado por la editorial británica Laurence King, traza en imágenes la historia del invento en relación con la creación artística. Su autor, Barrie Tullett –diseñador gráfico y profesor en la inglesa Escuela de Arte de Lincoln— se remonta a los primeros testimonios (del siglo XIX) y termina explorando las razones por las que un gran número de artistas actuales siguen escogiendo la máquina de escribir como motivo o inspiración en un mundo digital que la ha desterrado por completo.

 

La mariposa de Flora F.F. Stacey

Una mariposa enmarcada en una estética combinación de símbolos parece ser el ejemplo más temprano. La inglesa residente en Estados Unidos Flora F.F. Stacey creó la obra en 1898 y se hizo medianamente famosa: el periódico New York Times publicó un breve artículo sobre su arte y acompañó el texto de tres ilustraciones entre los que había también un pavo real. Los concursos de arte figurativo hecho exclusivamente con máquina de escribir se hicieron populares en aquellos años.

El tomo documenta el uso que en los años 20 la escuela de diseño alemana Bauhaus dio a la máquina como herramienta para “explorar composiciones y espacios tridimensionales”. Los estudiantes crearon sencillas formas arquitectónicas y perspectivas sólo con la disposición de las letras y los símbolos sobre el papel. Luego llegaron ejemplos vanguardistas, retratos tan depurados que recuerdan a la calidad gráfica de los primeros ordenadores… La poesía concreta –que unió la lírica con la apariencia gráfica del poema—, nacida en los años 50, abrazó con gusto los experimentos con el teclado.

Tullett demuestra la vigencia del aparentemente desfasado invento con una selección de trabajos asombrosos de artistas como Dirk Krecker, Leslie Nichols o Keira Rathbone. El autor los entrevista y les pregunta el porqué de la elección del ahora inusual mecanismo. “No soy un nostálgico de lo analógico ni un adicto al diseño. Estoy interesado en las posibilidades de una máquina”, explica Krecker. “Limitado es la palabra perfecta. Me encanta tener limitaciones porque alimentan mi creatividad… Que te digan que no puedes y silenciosamente hacerlo de todas formas”, añade Rathbone.

 

Tomado de: 20minutos.es. Junio 2, 2014.