The acrobat (Picture 1)

En la fotografía sonríes y no alcanzas a darte cuenta de lo triste y acongojada que puede ser una sonrisa cuando se trata del adiós. Si lo hicieras tendrías que escapar de ti misma, salirte, como se hace cuando llegas frente a un espejo de cuerpo completo y observas que hay sonrisas que valen la pena en el sinsentido de la humanidad

POR Óscar Garduño Nájera

En la fotografía sonríes y no alcanzas a darte cuenta de lo triste y acongojada que puede ser una sonrisa cuando se trata del adiós. Si lo hicieras tendrías que escapar de ti misma, salirte, como se hace cuando llegas frente a un espejo de cuerpo completo y observas que hay sonrisas que valen la pena en el sinsentido de la humanidad

Foto_1Photo Essay, Photography & Storytelling. Wounded Woman Story (www.reinfriedmarass.com)

Lo hice en silencio. Así entré en tu casa. Era de noche y todos dormían. Padezco de insomnio a pesar de las pastillas, y cuando no puedo dormir me distraigo de esa manera. O alguien más lo hace por mí. Porque me gusta pensar que cuando estoy despierto es otro el que también lo está. Lo mismo cuando duermo. Si tú lo haces es distinto. Tú duermes y yo consigo existir: respiro de donde tú lo haces. Es complicado, lo sé. El compositor alemán Robert Schumann lo descubrió una mañana al despertar, comprendió lo del ángel, se le aparecía por la madrugada, sentado en una de las dos almohadas, lo despertaba con un ligero soplo en el rostro y le dictaba algunas de sus composiciones. Al despertar, él las transcribía, las perfeccionaba, aunque en realidad a pocos se atrevió a confesar lo de la aparición del ángel, ya de por sí lo daban por loco.

Caminé despacio, temeroso, en cualquier momento alguien podría despertar y entonces mi sueño también lo iba a hacer. Llegué a la cama. Tú dormías. Fue entonces cuando pensé en los aviones gordos de alas de abeja. En los aeropuertos. En tu país. En nuestra despedida, esa que hiciste cuando prometiste regresar para encontrarnos en medio de un abrazo. Fue cuando me convertí en lo que soy.

Pongo una de mis manos en tu frente y todo lo que soy tiembla. Ignoro quién es la mujer que veo. Me explico: no sé si eres tú la que duerme frente a mí con los labios entreabiertos como si con un suspiro te pudiese arañar o si es esa fotografía que sacaste del bolso en el aeropuerto y pusiste en mis manos luego de pedirme que no me olvidara de ti, que te escribiera de vez en cuando y te mantuviera al tanto de mis medicamentos, de mi enfermedad. En cuanto sostuve esa fotografía en mis manos comenzó todo. Por eso ahora estoy aquí. Y cada vez temo más que otro hombre despierte y no sea más que un recuerdo en tu memoria.

Intento con la fotografía y te cuento de ella en el silencio que tú pueblas con tu lenta respiración. Extraño tus labios y los tantos y tantos besos que ocultaste bajo el tapete de WELCOME, esos tantos y tantos besos que cobrarán vida cualquier tarde de invierno e inquietos te brincarán del pecho a los labios, harán un poco de equilibrio, caminarán sobre la cuerda floja de unas tensas comisuras y cuando el maestro de ceremonias lo anuncie saltarán al abismo de cualquier banqueta, se echarán a correr entre extraños, desesperados cruzarán cualquier avenida hasta que las llantas de un automóvil den con ellos, ahí quedarán esos últimos besos tuyos y tú sin enterarte que los traías dentro, que ahí estaba la explicación para esas extrañas palpitaciones en el pecho. Alguien dará con ellos, tal vez los recoja, ya se sabe: respiración de boca a boca, tal vez se los ponga él mismo, tan abandonado se sentirá que te exigirá una fotografía para escribir acerca de ella.

Por eso en la fotografía sonríes y no alcanzas a darte cuenta de lo triste y acongojada que puede ser una sonrisa cuando se trata del adiós. Si lo hicieras tendrías que escapar de ti misma, salirte, como se hace cuando llegas frente a un espejo de cuerpo completo y observas que hay sonrisas que valen la pena en el sinsentido de la humanidad.

 

Foto_2Photography of Alex Baker (studiojoslizen.wordpress.com)

Fuera de la fotografía hace frío, los días por acá son de esos soplos que no se quieren para el alma, y cuando corro en la bicicleta el aire gélido se estrella contra mi rostro y deja sus estelas como bien se quedan tus recuerdos en mi memoria. Hay recuerdos que sirven para cubrirse y yo lo hago antes de que esa otra persona despierte. Lo hará en cualquier momento. Debo apresurarme si lo que quiero es llevarme algo tuyo.

Cuando te recoges el cabello como lo traes en la fotografía, supongo que son varias olas de un mar bravío las que rozan tu espalda, las que sacuden tus caderas, las que llegan hasta tus nalgas y hacen en tu sexo un nido para trepar nuevamente por el mismo camino y volver a empujar tu cabello para que éste quede firme y atado. Cuando tomé la fotografía entre mis dedos mojé la yema de mis dedos con esas olas, ignorante como era de su efecto decidí chuparlos, hasta que el otro hombre, ese que sueña por mí en otro espacio distinto al nuestro, me condenó por atreverme a lo que he hecho desde entonces. Es tarde ya. Alcanzo a escuchar cómo un párpado toca el himno para despertar. Otro hombre despierta. Desaparezco. Cuando amanece alcanzas a escuchar mi voz.