The acrobat (Picture 2)

Hacemos entonces de una cama nuestra única isla, guardamos silencio, porque todo es silencio, y mientras la luz del atardecer aterriza en la punta oscura de tus pezones, una lengua nos pide, desde abajo de la cama y de rodillas, le demos permiso de subir

POR Óscar Garduño Nájera

Hacemos entonces de una cama nuestra única isla, guardamos silencio, porque todo es silencio, y mientras la luz del atardecer aterriza en la punta oscura de tus pezones, una lengua nos pide, desde abajo de la cama y de rodillas, le demos permiso de subir

Acróbata_1Women with Stars. Jeremy Ackman (www.bandwmag.com)

Alguien nos habló de los sueños y de sus trastornos y encendió una fogata que hasta el día de hoy permanece en alguna zona oscura del mundo semejante a tu sexo somnoliento entre cordilleras de algodón. Alguien también nos hizo daño al separarnos. Algo similar ocurre con la memoria. Con la nuestra. Me gusta creer que es así. Si tienes la capacidad de conservar uno de tantos recuerdos, de morder las orillas donde ha estado de pie el tiempo, tienes también la capacidad para sobrevivir; es cuando ese tiempo que todos conocemos, y sobre el que todos navegamos, alza los brazos, mira un hermoso cielo azul, suspira, da unos pasos y se deja caer: un insondable abismo. Suena entonces “Lost Boys Calling”. Es una versión triste la de Eddie Van Halen y Roger Waters. También el descenso por el tiempo lo es. En la novela El horizonte (Anagrama 2010) Patrick Modiano afirma que cada encuentro es una herida, también que las palabras que se dicen en el primer encuentro permanecen en el aire a la espera de sorprendernos cuando menos lo esperamos. Algo así debe ser la construcción de los recuerdos. Cambia palabras por imágenes. Duchamp brinca en pantalones cortos. Esto no es un recuerdo.

Te persigo y llego hasta tu cintura, te abrazo y beso tu nuca, son mis dos manos ya parte de una floritura de la cual nos libramos al recurrir a las notas del canto de las sirenas de Ulises, también nosotros nos llamamos “nadie” y con el primer tormentoso suspiro que alcanza a fragmentarse para que el resto de lo inservible escurra por nuestras piernas, llegue hasta el mismo piso que sostiene nuestras desnudas sombras y haga de laguna, donde con un poco de paciencia se alcanzan a reflejar nuestros rostros, o lo que queda de ellos una vez que comenzamos a desaparecer, una vez que te vuelvo a perseguir mientras tus piernas se abren y admiro tus labios vaginales hinchados, nos damos mano a mano, labios a labios, la bienvenida tantas veces anhelada, y quedamos encima de océanos, flotando, en medio de la destrucción y el naufragio, ahí nos revolcamos y en realidad nada nos importa, ni siquiera los recuerdos.

Hacemos entonces de una cama nuestra única isla, guardamos silencio, porque todo es silencio, y mientras la luz del atardecer aterriza en la punta oscura de tus pezones, una lengua nos pide, desde abajo de la cama y de rodillas, le demos permiso de subir. Con tu sonrisa de piel morena aceptas y la lengua trepa, rasga, intenta escalar y repentinamente cae al suelo; lo intenta mucho más de prisa y al fin lo consigue: somos ahora dos miradas y esa lengua que sin ser mirada también nos mira fijamente.

 

Acróbata_2Suicide Room (coreyninmaskesi.tumblr.com)

Había un hombre con muchas fotografías. En su soledad, este hombre dedicaba tardes enteras a armar historias. A contárselas. Para eso le servían las fotografías. Recurría a ellas para explicarse aquel instante donde él no había estado presente. De alguna manera, tal ejercicio le era suficiente para sobrevivir. Siempre se puede conversar con una fotografía. Eso es lo que solía decir cuando le pedían explicaciones por su ejercicio. Tampoco era que tuviera que dar muchas. Era, a fin de cuentas, un hombre solitario.

El instante alcanza tu sexo y se hunde en él mientras piensas que la lengua corre el riesgo de caer con tantos movimientos. Las olas que llegan y se alejan entre las cortinas de tus tobillos, la luz que tiembla y la lengua que intenta agarrarse a uno de tus talones mientras mi mirada te acompaña, te hunde, nos cubre a los dos de las inclemencias del tiempo. Estamos en tu recámara y frente al espejo alcanzamos a ver nuestros rostros. ¿Quiénes somos? ¡Maldita idea esta de acostumbrarnos a nuestros rostros! ¿Quiénes somos? ¿Por qué todas las mañanas aparece ese mismo rostro en el mismo espejo? Lo que existe detrás de él nos está negado, hasta que cierres los ojos y consigas el ejercicio que hacían los reyes de oriente al leer en voz alta y con los ojos cerrados, si es en la oscuridad donde las letras se aparecen, encárgate de entrelazarlas con los mismos suspiros que alcanzan a desprenderse del espejo, donde de vez en cuando busco tu imagen para atraparla, para quedarme un instante con ella y abrazarla como si yo mismo fuese un hombre solitario que no tengo que dar ninguna explicación de las tantas y tantas fotografías que tengo.

Tardarás en tomar la decisión cuando al fin me haya marchado y con la cámara del celular enfocarás una fotografía de tu desnudez, porque entre dos tierras que se separan, entre las palomas con alas de abejas, no hay mejor lenguaje que la desnudez no sólo de tu sonrisa y de tus brazos, sino la desnudez de quien aún cree en un mundo que no es real. Por lo tanto espero a que caiga la noche y salgo de tu habitación, me largo, echo a andar por una de las calles con el invierno en los lomos y rozo en la bolsa de mi abrigo las tantas y tantas fotografías amarradas con tres ligas.