Robert Le Diable, de Giacomo Meyerbeer

El éxito de Robert Le Diable fue de los que hacen época: delineó la ópera francesa durante el periodo romántico y supuso el comienzo de la impresionante etapa francesa del compositor, transformándolo en el niño mimado del público parisino, que se rindió a sus pies y le tributó una noche de gloria tras otra

POR Fernando Montoya

El éxito de Robert Le Diable fue de los que hacen época: delineó la ópera francesa durante el periodo romántico y supuso el comienzo de la impresionante etapa francesa del compositor, transformándolo en el niño mimado del público parisino, que se rindió a sus pies y le tributó una noche de gloria tras otra

Diablo_1Robert le Diable by Meyerbeer (commons.wikimedia.org)

Giacomo Meyerbeer es denominado el rey de la escena francesa durante las décadas centrales del siglo XIX, y su obra Robert Le Diable (1831) se considera, en líneas generales, como el pistoletazo mayor. Para esos años, nuestro autor llevaba una docena de óperas a sus espaldas, la mayoría en estilo belcantista, pues si bien era alemán, a sus 24 años (en 1815) ya estaba en Italia modificando su germánico nombre Jakob Liebmann Beer Wulf por el latino Giacomo Meyerbeer, y naturalmente también había cambiado el estilo de sus primeras óperas alemanas por el estilo imperante, del que Rossini era el máximo exponente, o al menos, el que más éxito tenía.

En 1824 Meyerbeer había compuesto Il crociatto in Egitto, que para muchos es su mejor obra y con ella consolidó la fama que había logrado con las anteriores. Que provocó los celos de Rossini parece seguro (ganándose así la primera de una larga serie de enemistades); también se dice que esos celos profesionales fueron una de las causas que llevó al Cisne de Pésaro a su temprano retiro, pero de eso son sólo leyendas.

De pronto, todo cambió. Meyerbeer se fue del país que lo aclamaba y se instaló en París. Influenciado por el éxito de Der Freischütz (El cazador furtivo) de Von Weber, decidió componer una ópera en la que el Diablo fuese el personaje central. Durante la primavera de 1827 trabajó sobre una ópera cómica en tres actos para el Teatro Feydeau, pero el éxito de La muette de Portici de Auber fue uno de los factores que le movió a cambiar la versión a cinco actos, así como a dar más preponderancia a los coros. Algunos de estos elementos ya estaban sugeridos en Il Crociato, pero fue Louis Veron, el director de la Opera, quien animó a Meyerbeer a dar el paso y presentar una gran ópera en cinco actos.

Robert Le Diable subió a escena por primera vez el 21 de noviembre de 1831, en la Opera de Paris. Fueron sus primeros intérpretes Adolphe Nourrit (Robert), Laure Cinti-Damoreau (Isabelle), Nicolas Prosper Levasseur (Bertram) y Julie Dorus-Gras (Alice).

El éxito fue de los que hacen época: delineó la ópera francesa durante el periodo romántico y supuso el comienzo de la impresionante etapa francesa del compositor, transformándolo en el niño mimado del público parisino, que se rindió a sus pies y le tributó una noche de gloria tras otra. Ya en abril de 1834 había alcanzado en París las 100 representaciones, se llevó a toda Europa y a Estados Unidos en apenas cinco años, e incluso se estrenó en lugares como Calcuta (1836), Batavia (1850) y Manila (1874). A los pocos meses de su estreno en París, ya había sido traducida al inglés y al alemán, y en 1838 lo fue al italiano.

Incluso el célebre pintor impresionista Edgar Degas, a solicitud de la cantante Elie Faure, decidió realizar dos lienzos con temas de la obra de Meyerbeer. Uno de ellos refleja el momento en cual las monjas, resucitadas por Bertram, bailan furiosamente en el ruinoso claustro de Santa Rosalía, a la luz de la luna.

 

¿Existió Robert le Diable?

Diablo_2Meyerbeer’s Robert le diable keeps opera singers on call (www.telegraph.co.uk)

Existió.

Se trata de Roberto I, duque de Normandía (1004–1035). Hijo de Ricardo I, apodado Sin Miedo, en 1028 sucedió en el ducado a su hermano mayor, Ricardo III, de cuya prematura y misteriosa muerte fue acusado Roberto en varias ocasiones. Por su magnificencia mereció el sobrenombre de Magnífico, y sus súbditos le dieron el de Diablo por su valor e intrepidez en los hechos de armas en Francia y Flandes. En 1034 decidió peregrinar a Jerusalén, dejando a cargo del ducado a su hijo, nada menos que Guillermo el Conquistador, pero no regresó del viaje: en el camino de vuelta, una aguda enfermedad acabó con su vida y murió en Nicea.

Juan de la Puente, en su obra Historia maravillosa de Roberto el Diablo. Hijo del Duque de Normandía, escrita en 1683, hace mención, entre leyenda e historia, de la personalidad del famoso Duque:

Y así fue que por la voluntad de Dios concibió un hijo que fue muy perverso

y en todas maldades diestro…

Algunas veces se juntaban muchos niños para pelear con él, mas ni porque fuesen muchos

ni pocos no dejaba de los acometer, o con piedras o con palos, y algunas veces le descalabraban,

mas siempre había muchos de ellos heridos y maltratados. Y cuando lo veían venir decían todos:

“Aquí llega Roberto el Diablo”, el cual nombre le quedó gran tiempo.

… y entraba en las aldeas y forzaba las mujeres y mataba los maridos y corrompía las doncellas, no

mirando si eran madre o hija, o si eran hermanas… así seguía su voluntad, apartándose de toda razón, y sus obras eran de diablo más que de

hombre.

 

La leyenda y el libreto

Posiblemente influenciados por el demoníaco sobrenombre, los trovadores de épocas posteriores tejieron una leyenda adornándola con elementos sobrenaturales y religiosos y describiéndolo como un personaje maldito. De acuerdo con tal leyenda, Robert es el hijo del mismísimo Diablo, a quien su madre acude para tener un hijo, en vista de que no lo consigue con ayuda divina. Su alumbramiento desató nevadas, huracanes, truenos y hasta un tenebroso fuego que arrasó poblados. Desde el principio, el niño muestra sus instintos viciosos, lo que le impulsa, cuando alcanza la edad adulta, a una carrera de crímenes monstruosos. Pero el horror que inspira a todo el mundo le hace reflexionar y, después de descubrir el terrible secreto de su nacimiento, se dirige a Roma a confesarse ante el Papa. Se somete a rigurosa penitencia y vive en la corte del Emperador de Roma haciéndose pasar por loco. Por tres veces salva a la ciudad del asalto de los sarracenos, pero, rechazando toda recompensa, termina su vida como un ermitaño piadoso. Según otra versión, se casa con la hija del emperador, cuyo amor ha ganado a pesar de su humilde disfraz, y le sucede en el trono.

 

Vamos con la ópera

Diablo_3John Reylea as Bertram in Robert le diable/ ROH / Bill Cooper (www.flickr.com)

Ocho siglos de deformaciones de la historia real, a manos de trovadores, cuentistas, dramaturgos y libretistas, dieron como resultado un argumento en el que no queda nada verídico, salvo el nombre del protagonista.

La obertura nos introduce, con sus tenebrosos (o solemnes, según se mire) acordes, en una atmósfera misteriosa.

 

Acto I

Roberto, Duque de Normandía, ha sido desterrado a causa de su vida desenfrenada a Sicilia, donde tampoco es muy querido. Un caballero desconocido de nombre Bertram se ha unido a él, compasivo. Roberto ama a la princesa Isabelle, hija del Rey de Sicilia; es correspondido y quiere pedir su mano en el torneo. La joven campesina normanda Alice, hermana de Roberto, le entrega el testamento de la madre. Roberto toma la determinación de leerlo sólo cuando él considere que se ha hecho digno de él. Bertram induce a Roberto a jugar a los dados; aquél pierde todo su dinero e incluso sus armas.

Acto II

Isabelle dota a Roberto con nuevas armas para que pueda luchar por su mano en el torneo, pero Bertram se lo impide. Con el desafío a un duelo de un supuesto rival, el príncipe de Granada atrae a Roberto hasta el bosque. A la hora fijada para el torneo Roberto no aparece, en su lugar aparece el fantasma de un príncipe de Granada, dispuesto por Bertram en el mundo, que consigue la mano de Isabelle.

Acto III

A Bertram lo acosan los demonios: si antes de medianoche no ha conseguido el alma de Roberto para el infierno, él mismo caerá en la perdición y estará apartado de Roberto para la eternidad. Éste sigue creyendo en la fidelidad del amigo Bertram y ni siquiera sospecha que es su padre y, además, un demonio. Bertram tienta a Roberto a ganarse un arma maravillosa con la que podrá derrotar al caballero de Granada. Bertram resucita a unas monjas, en otros tiempos pecadoras, que seducen a Roberto y organizan una bacanal para conseguir la rama de Santa Rosalía.

Acto IV

Roberto, mediante la rama mágica, sume a la corte de Isabelle en un sueño. Sólo a ella le permite despertarse y quiere acercarse a ella a la fuerza. Entonces ella suplica misericordia de los cielos para ella y su amado. Roberto renuncia al poder del mal y rompe la rama. La casa real despierta y Roberto tiene que huir de la cólera del caballero.

Acto V

Roberto se refugia en una iglesia. Bertram le confiesa que es su padre y le pide llevar su alma al infierno para no separarse jamás. Cuando Roberto ya está preparado para ello, llega Alice y le entrega el testamento de su madre, en la que ésta previene a su hijo de Bertram. Como representante terrenal de la madre, Alice lucha con Bertram por el alma de Roberto. Cuando el reloj toca medianoche, Bertram se dirige al infierno sin Roberto. Isabelle lo lleva al altar.