Metales pesados

Son cinco los cuentos que conforman Metales pesados. Tryno Maldonado apuesta por estructuras y personajes complejos que en algún momento funcionan. ¿Por qué en algún momento? Porque el cuento es uno de los géneros más difíciles

POR Óscar Garduño Nájera

Son cinco los cuentos que conforman Metales pesados. Tryno Maldonado apuesta por estructuras y personajes complejos que en algún momento funcionan. ¿Por qué en algún momento? Porque el cuento es uno de los géneros más difíciles

Tryno_1Retratos. I on Behance (www.behance.net)

Tryno Maldonado no es de lo mejor de su generación: esos jóvenes rebeldes, rockeros, copetudos, fumadores de crack y bebedores de mezcal o cervezas artesanales, que reniegan de sus antepasados literarios o de corriente literaria alguna hasta que necesitan sentirse apapachados en el gran espectáculo en el que se ha convertido nuestra literatura mexicana, tal y como lo hace este autor zacatecano cuando se deja acariciar por las delicias de la popularidad si la revista Gatopardo lo incluye en una lista de los mejores escritores jóvenes (y ni tanto con sus 37 añotes) de América Latina, lista que no sólo es ridícula sino que se elabora con toda la intención de hacer destacar a autores que, a falta de talento literario, se valen de otros medios para conseguirlo: revistas de moda, grupos de avant garde, o lo que sea que toquen, y hasta editor de Almadía, esa editorial que destaca por el bonito diseño de sus libros, por sus lindas portadas con colores chillantes de mírame a huevo en las mesas de novedades de las librerías, pero no por su catálogo de autores. ¿Ejemplos? Ahí tienen a un anquilosado Guillermo Fadanelli, profeta de una generación que hace muchos años lo dejó atrás y cuya última novela no sólo es mala sino lo que le sigue.

Su segundo libro de cuentos de Tryno Maldonado, Metales pesados (Alfaguara 2014), no sólo carece de la consistencia narrativa necesaria para un buen libro de cuentos sino que además resulta tedioso, soporífero, remedio eficaz para combatir el insomnio, si es que no consiguió vencerlo con su primera novela, Temporada de caza para el león negro (Anagrama 2009), con la que quedó como finalista en el Premio Herralde. Y lo es porque tras de una presuntuosa prosa, el autor zacatecano no tiene más que ofrecer. Son cinco los cuentos que conforman el libro y ninguno de ellos alcanza a sostenerse. De largo aliento, Tryno apuesta por estructuras y personajes complejos que en algún momento funcionan, pero que terminan por caerse debido a la extensión de los cuentos. Y es que el cuento por eso es uno de los géneros más difíciles: porque das un paso en falso y no te caes sino que te vas al fondo, a la mismísima mierda, y cuando no sopesas la construcción narrativa con la extensión y con las características psicológicas de tus personajes no logras la redondez de ese bolillo sino una mera plasta que intenta ser cuento, pero que se quedó ahí, en eso, en un mal intento.

De tal manera que si a ustedes se les ocurre comprar Metales pesados, ahora que seguramente ya bajó de precio en las librerías, no olviden adquirir también un corrector de ésos que se llegaron a utilizar cuando uno metía la pata en la máquina de escribir, así podrán entretenerse pintando de blanco las oraciones y los párrafos completos que están de más (receta que sugiero también con cualquier libro de José Saramago) y conseguir como resultado un libro que bien pueden recomendar a una amiga o regalar a su novio.

 

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Pero el error se comete una y otra vez. Hay lectores que, ingenuos, hacen caso de las cuartas de forros de los libros, lo cual es un grave error, ya que éstas parecen siempre las mismas; el uso de los adjetivos respecto a la prosa de tal o cual autor no pasa de ser “magnifica”, “excelsa”, “excelente”, y si a eso le agrega que alguien con mayor popularidad y con una mejor obra se preste a decir que “Tryno sabe contar historias”, como lo hace Álvaro Enrigue, autor de Muerte súbita, novela que no tiene nada de desperdicio, el libro puede obtener un buen margen de ganancias, provocar una que otra entrevista en algún periódico, revista de moda o canal de televisión, pero hasta ahí: la auténtica vergüenza es la del escritor que llega a casa y se da cuenta que su obra aún no alcanza lo que en un principio se propuso, y entonces hay que aceptar una derrota más.