Cuando sube la temperatura por matar

Una correspondencia epistolar entre un aspirante a escritor y un asesino serial cayó en manos de la policía, un hecho circunstancial que derivó en la condena a muerte de David Alan Gore, un hombre que sentía una fascinación especial por las adolescentes

POR José Luis Durán King

Una correspondencia epistolar entre un aspirante a escritor y un asesino serial cayó en manos de la policía, un hecho circunstancial que derivó en la condena a muerte de David Alan Gore, un hombre que sentía una fascinación especial por las adolescentes

Gore FOTO: Gore David Alan Gore seen throughout the years in Indian River County (www.tcpalm.com)

Sondra London, la groupie más prominente de los homicidas seriales, conoció el mal de forma muy cercana, pues tuvo como novios en diferentes periodos a dos grandes asesinos estadounidenses: Gerard John Schaefer, sospechoso de acabar con la vida de más de 30 mujeres, y Danny Rolling, quien mató al menos a ocho personas en Florida y Louisiana. Ambos, tras culminar su periodo lectivo en prisión, fueron ejecutados.

En las sombras, Schaefer fue entrevistado por London, quien deseaba publicar un libro acerca de los delitos cometidos por su antiguo novio. En el transcurso de las conversaciones, el hombre se sinceró con su interlocutora y proporcionó pelos y señales de los crímenes que había cometido. El material grabado fue considerado evidencia por las autoridades de Florida y a la postre sirvió para colocar en el itinerario de las ejecuciones a Schaefer.

Un episodio similar al referido anteriormente lo vivió David Alan Gore, quien fue ejecutado el 12 de abril de 2012 en la Prisión Estatal de Florida por una serie de seis homicidios cometidos entre 1981 y 1983.

En 2007, Gore entabló una correspondencia epistolar con un hombre llamado Tony Ciaglia, que tenía en mente escribir un libro acerca de homicidas seriales. A Gore le entusiasmó el proyecto y de inmediato puso manos a la obra. Casi 200 cuartillas fueron redactadas a mano y enviadas a Ciaglia en un periodo de varios años.

En una de las cartas, Gore describe paso a paso la forma en la que él y su primo, Fred Waterfield, raptaron en febrero de 1981 a Ying Hua Ling, de 17 años. Después de ser maniatada, el par de delincuentes condujo hasta la casa de Ying, de donde también fue sustraída a la fuerza la madre de la adolescente. Ambas fueron llevadas a un paraje solitario de Vero Beach, Florida. La mujer fue atada a un árbol, para que desde ahí observara cómo los hombres violaban a su hija.

Al final de la jornada, ambas mujeres fueron asesinadas y desmembradas. Las partes corporales, Gore y Waterfield las ocultaron en tanques metálicos.

“¿Puedes creerlo?”, escribió Gore a su remitente, “recolecté el cabello [de las mujeres]. Me llevó dos días hacerlo. Fue una experiencia perfecta”.

En cuanto a la experiencia de matar, Gore la describe como una “urgencia”. Explicó en la misma misiva: “Empiezas a ponerte cachondo y eso sigue creciendo, hasta que tienes que buscar algún alivio”. Continúa: “Generalmente comienza de forma lenta, y avanza, y debes hacer lo necesario para satisfacerla. Y créeme, constantemente piensas en que te capturarán, pero la calentura vale el riesgo”.

El 26 de julio de 1983, Gore y Waterfield raptaron a un par de adolescentes que pedían aventón. Las menores fueron llevadas a la casa de Gore, donde fueron violadas. Una de ellas logró zafar sus pies de las ataduras y corrió fuera de la casa. Gore, completamente desnudo, alcanzó a la joven y la asesinó de dos balazos en la cabeza. Un niño que paseaba en su bicicleta vio toda la acción, corrió hasta su casa, platicó lo sucedido a su mamá, y está solicitó la presencia de la policía, la cual puso fin a la temporada de caza de Gore y compañía.

Waterfield fue condenado a cadena perpetua, mientras que Gore vivía de los impuestos ciudadanos en el corredor de la muerte de la Prisión Estatal de Florida hasta que se le ocurrió comenzar su relación epistolar con Ciaglia. De alguna forma, las cartas cayeron en manos de un periodista, quien las enseñó al gobernador de Florida, Rick Scott, que no tuvo empachó en ordenar que se reactivara el proceso de ejecución de un homicida que en sus misivas jamás expresó una palabra de remordimiento por sus víctimas.