HISTORIAS DE LA MAFIA NIÑA

La historia transcurre en un pueblo del altiplano mexicano, habitado por familias indígenas e italianas, donde la mezcla racial, aun en los años 60, era todavía inconcebible. Por supuesto, los nombres de los personajes se han cambiado para evitar vendettas o dolores que causan los recuerdos

Mis primas las tarántulas

POR José Luis Durán King

La historia transcurre en un pueblo del altiplano mexicano, habitado por familias indígenas e italianas, donde la mezcla racial, aun en los años 60, era todavía inconcebible. Por supuesto, los nombres de los personajes se han cambiado para evitar vendettas o dolores que causan los recuerdos

TarántulaTarántula Jardín de San Martín Texmelucán/ mexicoenfotos.com

Mi padre las llamaba “Mis primas las tarántulas”. Eran Nicolasa, Alejandra y Tomasa. Siempre vestidas de negro, como solteronas, aunque sus amoríos eran conocidos por todo aquel pueblo del altiplano donde pasé una pequeña parte de mi infancia.

Pocas veces fueron a nuestra casa, pero cuando lo hicieron el ambiente familiar cambiaba abruptamente. La voz de las tres era estridente, grave, siempre acompañada de maldiciones, groserías y frases de sazón religiosa como “Dios mío”, “Dios no lo quiera”, Virgen purísima”.

Eran creyentes, aunque sólo una vez fueron a la iglesia local, y lo hicieron para que la gente del pueblo no las olvidara jamás.

Las tres eran hijas de padre indígena y madre italiana, en tercera o cuarta generación. Nicolasa era la más bonita, aunque también la más cabrona. Tenía una cabellera larga, negra, de pelo grueso y abundante, siempre escondido en un rebozo de cuadros gris, negro y blanco. Su piel era morena, mordida por el sol, en la que sobresalían sus ojos verdes, un poco rasgados.

Mi padre las adoraba. En algunas ocasiones las visitamos en su casa. Me daba la impresión de que pasaban gran parte de su tiempo en la cocina de humo, haciendo tortillas o calentando frijoles en ollas de barro.

No bien veían a mi padre parado en el descanso de la puerta, el pulque aparecía como por arte de magia. Ahí pasaban las horas, hasta que la garrafa quedaba vacía y mi padre se despedía con los ojos vidriosos y el equilibrio tambaleante.

A mi madre también le simpatizaban las “Tarántulas”, como ella simplemente les decía, ahorrándose el “Mis primas…” Ellas se referían a mi progenitora como “La Güerita”. La querían, aunque no se explicaban por qué había elegido como esposo a un “cabrón” como mi padre. Yo también en varias ocasiones me he preguntado lo mismo…

En las afueras del pueblo había una hacienda, la de los Osorno Caffaratti. Una de mis tías, Chola, tenía tres hijos con el dueño de esa propiedad. Era la casa chica del Don, quien dio apellido a mis primos y de vez en cuando algo de dinero para su manutención.

El hijo del Don, César, “bajaba” al pueblo cuando tenía ganas de robarse, “para una noche”, a alguna de las “indias” de la comunidad. “Traigo antojo de un taco de frijoles”, les decía a sus amigos, siempre alcoholizados como él.

Fue así como César conoció a Nicolasa. Y sí, se la robo, sólo que en esa ocasión el amorío no fue de una noche. De hecho, la relación se prolongó por un par de años. César estaba encoñado por la Nicolasa, no lo podía ocultar ni con su padre, quien le exigió que no fuera a hacer pendejadas y tomar como esposa “a esa india”.

César atendió las exigencias de su padre y las visitas a Nicolasa se espaciaron hasta que terminaron sin mayores explicaciones para mi tía, quien resistió con ese estoicismo silencioso que tienen los indios mexicanos ante las tragedias.

Con esa misma indiferencia aparente, Nicolasa recibió la noticia de que César se casaría con la hija de un tendajero de origen español, avecindado en un pueblo llamado San Martín.

Pocas veces vi a mi padre apesadumbrado ante alguna situación como la que expresó ante el dolor sordo de Nicolasa. La visitó, esta vez sin pulque de por medio. Recuerdo a mi tía limpiándose algunas lágrimas con su rebozo, apretando los puños, impotente.

La boda se celebró en la iglesia de nuestro pueblo. El hacendado y el comerciante echaron la casa por la ventana. El templo parecía estar sepultado por flores blancas. El cura celebró el ritual sin contratiempos.

Los esposos salieron tomados del brazo, caminando por un sendero estrecho cubierto de pétalos, el arroz les caía en abundancia. Los invitados aplaudían, aprobando con sonrisas esa unión entre dos familias criollas, blancas.

Pero no hay felicidad garantizada, y César había dejado uno de sus asuntos sin concluir. Cuando los esposos estaban a punto de subir a una carreta engalanada con tela y flores blancas, “Mis primas las tarántulas”, se plantaron ante los felices consortes.

César estaba pálido y su mujer lo volteaba a ver extrañado, pidiendo, con la mirada, una explicación, que llegó, pero por parte de Nicolasa.

—Qué tal, César, vengo a felicitarte por tu boda, aunque no me invitaste –dijo mi tía, mirando de forma retadora primero al hombre y después a la mujer de vestido blanco.

—No vayas a hacer una tontería, Nicolasa, vienes ebria –respondió molesto César.

—¿A qué tonterías te refieres, César, a las que cometíamos todas las noches en mi casa, cabrón? Maldito seas, maldito sea tu matrimonio –gritó Nicolasa, quien temblaba de furia.

Nicolasa se colocó en medio de sus hermanas, quedando frente a la esposa. Rápidamente sacó de entre su rebozó una charrasca, con la que marcó en forma de cruz el rostro de la mujer, cuya sangre manchó el vestido blanco de boda.

La primera reacción de la gente fue apartarse de los esposos, después se arremolinó para estar más cerca del cataclismo, tenían una historia más para contar a sus futuros nietos.

Las hermanas se alejaron, caminando tranquilamente, como si esperaran a que alguien las detuviera. No sucedió. “Mis primas las tarántulas” se perdieron en el tiempo.

Hace aproximadamente diez años, mi madre se mudó a la ciudad de Tlaxcala. Reanudó los vínculos con la familia de mi padre. En una comida a la que fue invitada en la casa de la tía Chola, una pareja de viejos la miraba insistentemente. Hasta que la mujer, regordeta, con el cabello canoso y unos anteojos de fondo de botella, le preguntó: “¡Ya no te acuerdas de mí, verdad, Güerita?”

Mi madre observó con curiosidad a la mujer, y finalmente tuvo que aceptar que no la recordaba.

—Soy Nicolasa, la prima de tu Manolo, ¿tanto he cambiado? –añadió la señora.

Mi madre se acercó a Nicolasa y le dio un beso a la mujer en la mejilla en señal de saludo.

—Me imagino que tampoco lo recuerdas a él, ¿verdad? Es César Osorno, llevamos muchos años juntos, aunque nunca nos casamos, porque él ya estuvo casado –dijo Nicolasa, mostrando una sonrisa, como la que, me imagino, dibujan las tarántulas cuando han capturado alguna presa.