La fama es de los muertos… y de John Kennedy Toole

En 1976, el editor Walker Percy cogió el manuscrito La conjura de los necios, de John Kennedy Toole. El representante editorial comenzó a leer las hojas con escepticismo. Sólo que la narración lo atrapó. A quién darle el dictamen si para entonces el escritor ya se había marchado para siempre, decepcionado ante la imposibilidad de colocar su obra

POR Óscar Garduño Nájera

Para Magali Cadena Amador

En 1976, el editor Walker Percy cogió el manuscrito La conjura de los necios, de John Kennedy Toole. El representante editorial comenzó a leer las hojas con escepticismo. Sólo que la narración lo atrapó. A quién darle el dictamen si para entonces el escritor ya se había marchado para siempre, decepcionado ante la imposibilidad de colocar su obra

TooleA Confederacy of Dunces: The Fascinating Story of How… (www.book-lover.com)

Lo primero que pienso es en la manguera. Antes incluso que en su breve obra literaria tan semejante a la de Juan Rulfo y tan distante a la vez. Porque de algún sitio la tuvo que haber tomado. Él que para nada era estúpido. Pongamos que estaba en el garage de su casa desde hace meses. Apliquemos un buen y cinematográfico flashback y veamos la manguera en algún supermercado. Cuánto tiempo pasó en el exhibidor hasta que llegó él o su madre y la tomaron es algo que ya jamás sabremos. Menos lo que compraron junto con ella. Se trata de ese tipo de datos que en cualquier historia se consideran inútiles. Me queda claro que no la compró para el uso que al final le daría. No vas al súper y dices: “Ya está, compraré esto para darme todo un manjar de monóxido de carbono”.

Piensen en una modesta casa de un barrio clasemediero de Estados Unidos. Estamos a inicios de los años 60. Un jardín de ésos, donde se colocan sillas de mimbre para asolearse en verano o para sentarse a comer hamburguesas en una de las tantas parrilladas de las que gustan los estadounidenses.

Alguien lo tiene que cuidar, y como él vive nada más con su madre, es el responsable de regar el pasto todos los sábados. Lo que piensa mientras lo hace, eso de regar, tampoco lo sabremos, pero a mí me gusta pensar que es en la mierda del perro de la vecina. Aquel chihuahueño que, a pesar de su tamaño, caga como gente grande. Uno que otro coraje. Hasta que se acuerda que tiene que escribir. Lo hace luego de echar al bote de basura la mierda ya para entonces medio húmeda. Aquí enrolla la manguera. Sale del garage.

En algún momento de la novela La conjura de los necios, Ignatius piensa en acabar con todos. De escenas similares se compone una historia que no hace sino describir ese Nueva Orleans donde para entonces confluyen distintas culturas y personajes por demás caricaturescos, por lo que si Ignatius es el único anormal al comienzo, termina por ser el más normal entre un espacio narrativamente cerrado, lo por otra parte le permite a su autor delimitar las fronteras de su historia. Lleva más de 200 cuartillas, y aunque tiene claro por dónde va la novela, la cuida tanto, digamos que la toma con pinzas, que teme que de un momento a otro le explote en las manos. Las escenas cliché en ocasiones ayudan, así que aquí lo vemos sentado frente a una vieja Remington, regalo de su madre en uno de sus tantos cumpleaños.

Quién sabe qué es lo que hace cuando al fin termina, pero estamos seguros que lo primero es sentir esa especie de felicidad imbécil y sin sentido que consume a un autor cuando termina con su obra. Y no es para menos. Sin saberlo, en ese momento, con ese manuscrito que ya tiene entre las manos, marcará la historia de la literatura estadounidense.

Él sabe que no se escribe si no es para publicar, por lo que se da a la tarea de contactar a una de las editoriales más importantes del momento, misma que rechaza el manuscrito meses más tarde. John Kennedy Toole no se da por vencido y contacta a otra editorial. Lo mismo. En esos momentos no hay tiempo para leer la obra de un “don nadie”, y de hecho la duda que me queda hasta hoy es esa: si realmente se leyó el manuscrito o si, por el contrario, se desechó así como lo recibían. Meras especulaciones.

Circunstancias así sólo las podría narrar un psiquiatra. No lo sé. El hecho es que ya está dentro del automóvil. Antes, desenrolló con parsimonia la manguera, la estiró, conectó con todo el cuidado del mundo uno de sus extremos al tubo de escape del vehículo y el otro a una de las ventanillas cerradas. Me gusta pensar que antes de arrancar dijo unas palabras. Algo así como “que se joda el mundo” o “que se jodan mis dos novelas”. Es un buen día para un banquete de monóxido de carbono. Y Toole lo sabe. Es 26 de marzo de 1969. Arranca.

 

Toole_2Facsimile Magazine, January 2012. Thelma Toole, madre de John Kennedy Toole (facsimilemagazine.com)

Se pueden enumerar todas las cualidades literarias de Walker Percy, pero de ellas la que más destaca es que en realidad se trata de un auténtico mamón que lo mismo habla de los presocráticos que de su último ensayo publicado en alguna revista importante, por lo que cuando recibe en 1976 el manuscrito de La conjura de los necios, por insistencia de una madre desesperada, Thelma Ducoing, que cumple a la perfección el papel de Sara García en nuestro casting, Percy comienza la lectura más bien con hueva, y lo que encuentra es una novela que consigue atraparlo. Pero Kennedy ya no está entre ellos para escuchar el dictamen del gran literato, y si de maldiciones se trata, la suya comienza aquí.

Es en 1980 cuando La conjura de los necios se publica por la Universidad de Louisiana. Una vez más, quien insiste ahora para su publicación es Walker Percy. En 1981 la obra recibe el Pulitzer. Son de esos momentos en que uno aprovecha para lanzar maldiciones contra la manguera. También contra el monóxido de carbono. Pero si de algo está hecha la literatura es de leyendas, y esta no es la excepción: Toole se vuelve tan popular que Walker Percy pregunta a la madre si no hay por ahí, en casa, algo más de sus escritos. Una vez que los cajones de su escritorio quedan en el suelo, Thelma da con unas cuantas hojas, se trata de una noveleta, La Biblia de neón, la cual Kennedy escribe a los 16 años y luego, en ese ejercicio de autocrítica que significa la escritura, la odió; no obstante, no llega al punto de deshacerse de ella, e incluso se filma una película dirigida por Terence Davies en 1995 basada en ésta. Así las cosas. La fama en ocasiones es para los muertos: Kennedy aquí asiente y mueve la cabeza.