Una noche viva como astromelia

Llegué temprano a casa y me topé con una reunión entre museógrafas que mi roomie lidera. Compartimos un par de bocanadas del dedo de bruja que circulaba hacia la derecha. Pero no me sentí cómoda. Di la tercera bocanada mientras desandaba mis pasos. Volví a abrir la puerta para no desperdiciar la frescura de la noche.

POR Lila Simón

Mi mesa es la única con flores. Una botella de cerveza artesanal sirve de florero. Están puestas ahí de forma incidental. Como si alguien las hubiera olvidado; así como yo estaba en ese bar.

Astromelia

FOTO: Astromelia Shadows & Light: Alstroemeria (shadowsteve.blogspot.com)

  1. Flores secas en botellas de cerveza artesanal

A media cuadra vi la mesa del balcón vacía.

Terminé como inician muchas historias: sola, en la barra del bar, por culpa de un cable. Absoluto cliché. En una novela leí que la protagonista espera a sus clientes sentada en un Vips, abierto las 24 horas, sin saberse prostituta. También vi rumiando frustraciones y tragándolas con sorbos de alcohol al Mr. Bidrman, de Iñárritu, en una desolada barra.

No sabes del encanto de las barras hasta que te sientas en una y consumes el tiempo y la copa. La soledad se vuelve cool en ciertos lugares.

Llegué temprano a casa y me topé con una reunión entre museógrafas que mi roomie lidera. Compartimos un par de bocanadas del dedo de bruja que circulaba hacia la derecha. Pero no me sentí cómoda. Di la tercera bocanada mientras desandaba mis pasos. Volví a abrir la puerta para no desperdiciar la frescura de la noche.

El toque me relajó y me exigió alejarme del bullicio. Escapé de San Jerónimo y Regina. Con el boom del Centro, los congales se desbordan de oficinistas cuyo cuerpo sabe que es viernes… otro pinche viernes. ¿Cuál es la novedad para su cuerpo?

Caminé por Isabel la Católica. A media cuadra vi en el segundo piso, la mesa del balcón vacía. Entré y lo primero que distinguí fue que en la barra del bar, además de una amplia carta de vinos nacionales, había un montón de flores siemprevivas –eso no era un ramo, lo digo como florista. Fui directo a la mesa que desde abajo había visto.

El sommelier me llevó la carta: elixir de uvas mexicanas, chilenas y europeas, además de quesos, jamones y otras exquisiteces. Afuera, la gente haciendo su viernes jovial; adentro, yo, sola en el balcón que da a la calle que no se guarda nada, que todo escupe: ruidos, olores, colores a pesar de la oscuridad.

Mi mesa es la única con flores. Una botella de cerveza artesanal sirve de florero. Están puestas ahí de forma incidental. Como si alguien las hubiera olvidado; así como yo estaba en ese bar.

  1. Compartir el océano

¿Sabes qué pedir o te sugerimos algo?, gritó desde la barra. “Sugiéreme”, dije. Hubiera deseado sonreír. Además, mi labial era perfecto. Pero flirtear no se me dio nunca, como no se me da resolver la ecuación 2+2. Soy estúpida ante la obviedad.

Eligió bien. Con un emisario me envió una copa de Dominica, vino de Ensenada, que por su color rojo traslúcido me recordó a las astromelias de mi buró.

Intenté seguir en lo mío, pero apenas abrí el mail, la batería del aparato se agotó. “¿Puedes conectarme?”, le dije mostrando la punta del cable. Apenas acababa de preguntarle cuando supe que mi inconsciente me traicionó, yo no hubiera hecho esa pregunta.

Recargó ambas manos en la barra y sobre ellas todo el peso de su cuerpo parco. Un tiburón nadaba en su antebrazo. Su voz me pareció más tersa: “Tendremos que compartir barra”. Hasta ese entonces mi labial era perfecto.

No sé cuándo empezamos la segunda botella, porque tampoco supe en qué momento nos terminamos la primera. Entre ambas se quedó el brillo del labial, además del derroche de sonrisas y muecas que una usa al coquetear (aunque seas mala para ello), y mis ojos seguían nadando con el tiburón.

Notas de violetas me dijo que encontraría en el vino que es más rojo que las astromelias de mi buró. Pensé en las flores pequeñas porque son de mis preferidas, sobre todo cuando armo ramilletes.

Otra mordió el anzuelo. Revuelvo con la lengua el sorbo del vino para descubrir el jardín de violetas.

El tiburón me invitó a su océano.