Elogio a las gorditas de chicharrón

Así como sucumben las modas, también las gorditas de chicharrón lo hicieron. Esa fue una de nuestras peores desgracias, por lo que bien podríamos señalar un antes y un después de las gorditas de chicharrón (A.D.CH)

POR Óscar Garduño Nájera

Así como sucumben las modas, también las gorditas de chicharrón lo hicieron. Esa fue una de nuestras peores desgracias, por lo que bien podríamos señalar un antes y un después de las gorditas de chicharrón (A.D.CH)

GorditasPuestos garnacheros (www.dondeir.com)

No recuerdo cuándo fue mi primer encuentro con ellas. Tampoco la primera mordida. De noche, alrededor de cualquier puesto, tenías que esperar por la tuya. Una vez que la señora, por lo regular obesa y demacrada, la sacaba del hirviente aceite y la ponía en el plato de plástico verde, luego de haber colocado un pedazo de papel estraza debajo, pensaba en los milagros del chicharrón, tan desprestigiado hoy en día por los que se alimentan con hojas de árboles. Dependía del punto que tuviese: la primera mordida era suave o crujiente, y si corrías con suerte la salsa, verde o roja, escurría por tus dedos, para que así mostraras, frente a los demás, la osadía erótica de chuparlos uno por uno. Había puestos de gorditas en cada esquina. Eso se acabó cuando llegó la regulación del comercio, las normas sanitarias, y lo que un gobierno corrupto que se dice de izquierda es capaz de hacer con tal de obtener recursos para regalar despensas o contratar a artistas famosos para que toquen gratis en el Ángel de la Independencia o en el Zócalo.

Así como sucumben las modas, también las gorditas de chicharrón lo hicieron. Esa fue una de nuestras peores desgracias, por lo que bien podríamos señalar un antes y un después de las gorditas de chicharrón (A.D.CH). El apocalipsis llegó cuando regresamos al mismo puesto de siempre y la señora obesa nos respondió: “también tengo de frijol y de requesón”. Y no es que me oponga a tales ingredientes, que además de nutritivos son más parte de nosotros que los cuadros de Frida Khalo o los murales de Siqueiros, pero eso, la diferencia, el romper una costumbre en los alimentos que teníamos, simplemente nos puso en la madre. Porque, vamos, uno encontraba el chicharrón prensado en una carnicería y ni por aquí se te pasaba probarlo; en cambio, cuando se insertaba en esa bolita de masa para luego agarrar la forma de un platillo volador que aterrizaba en aceite hirviendo se volvía en algo más que irresistible. Había llegado la hora: la decadencia de las gorditas de chicharrón estaba a la puerta.

Los buenos y gorditos comensales optaron por las quesadillas. La diferencia entre una gordita y una quesadilla es que esta última ofrece más opciones: queso, tinga, sesos, papa, rajas, y un largo etcétera que hasta el día de hoy ofrece más opciones, entre las que se cuentan la cochinita pibil, pollo en mole… En cambio, las gorditas se transformaron y para mal. No digo que uno no pueda llegar a un puesto y pedir una gordita con tinga, cierto, pero eso, la sola mezcla, el batidero que se hace, ya es una clara destrucción a los gustos culinarios callejeros. Y como en un país como el nuestro la pobreza aumenta día con día, las señoras obesas de los puestos, esas de mandiles de cuadritos de colores como manteles de mesas de pizzerías, son capaces de ofrecernos cualquier atrocidad con tal de que dejemos nuestros pesos en sus manos.

Hace poco me propuse convocar a una marcha para recuperar el sentido original de las gorditas de chicharrón. Mi plan consistía en cerrar avenida Reforma desde el Ángel de la Independencia hasta el Zócalo y convocar a las vendedoras de gorditas de chicharrón más honestas. Como en este país no se puede realizar una movilización política sin el apoyo de un partido, ya tenía algunas opciones y propuestas, y el pacto fue que no levantaran los puestos de gorditas de chicharrón hasta que concluyera la marcha. Una vez que ésta finalizara podrían mandar a los granaderos; incluso, acá entre nos, apoyé la noción de que madrearan a una que otra señora obesa, cuya grasa le ayudaría a soportar los golpes de los toletes, con tal de que me dejaran dar mi discurso en la plancha del Zócalo. Lo había redactado unos días antes en uno de mis puestos favoritos de gorditas de chicharrón. Alababa a los gorditos que se manchan los dedos de aceite para demostrarle a los demás su maestría en hedonismo; también proponía una ley que sólo permitiera a algunos puestos vender gorditas de otras cosas, un concierto masivo en el Foro Sol a favor de las gorditas de chicharrón y una solicitud extraordinaria para que a los diputados se les sirviera gorditas de chicharrón con salsa roja (por aquello de la sangre de los miles de desaparecidos) en lugar de emparedados de salmón. Fracasé, amigos míos, porque un día antes alguien me hizo llegar una espantosa fotografía en la que se mostraba gorditas de chicharrón envueltas y además importadas en un gran refrigerador de WalMart. Había perdido la batalla. Triste, regresé al mismo puesto y me pedí dos gorditas con su buena porción de salsa verde. Escribo estas líneas mientras se fríen no sólo ellas sino también mi conciencia de luchador social.