La pintura de Draya Madú

Una parte del ser de Draya Madú se refleja en torno a los colores que emplea. Esto es un viejo cuento: los colores son parte esencial en la obra de cualquier pintor. Es a través de éstos que alcanzamos a detectar cualquier tipo de significado

POR Óscar Garduño Nájera

Una parte del ser de Draya Madú se refleja en torno a los colores que emplea. Esto es un viejo cuento: los colores son parte esencial en la obra de cualquier pintor. Es a través de éstos que alcanzamos a detectar cualquier tipo de significado

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Una vez que llegas a Cozumel es lo que ocurre. Si se mira bien, y hay que hacerlo, no todos los días intentas dominar una bestia de un azul tan intenso y tan claro que se levanta y te gruñe cual cocodrilo de Carrington. Hace muchos años un hombre lo intentó e hizo del bravío oleaje un cementerio marino; otro montó sobre él sus más intrépidas aventuras y sólo consiguió llevar tinieblas al corazón.

Es inútil. Si ahora mismo consigo ponerme de pie podría señalar un punto allá, en un ignoto horizonte, justo donde los antiguos veían cómo se unían el cielo y la Tierra.

Es así como también ellas aletean. Si las gaviotas cortan con el filo de sus alas al atardecer es porque, en su desesperación, intentan huir, se creen acompañadas, cuando en realidad únicamente persiguen sus reflejos en la quietud del mar, de tal manera que su carrera es infinita: alcanzan su reflejo, y a la vez su falsa compañía, cuando cansadas descienden en picada hasta hundirse en un mar que las recibe con las canosas y enredadas olas abiertas tan sólo para arrojarlas, moribundas, a la arena de la playa, donde tristemente dejan estelas que la noche y el día se encargarán de borrar, tal y como el tiempo lo hará con nosotros.

Me emborracho e inicio el viaje: torpe, somnoliento, alguien me toma de la mano, me conduce a su casa, destapa una botella de whisky, me ofrece un buen trago, y en cuanto lo acepto (¡con mucho hielo, Draya, por favor!) enciendo el último cigarro de la cajetilla. Admiro. Sólo eso: admiro. A ratos bebo. A ratos fumo. Un lugar como éste exige cierto comportamiento. Sigo las normas.

Incluso bajo tales circunstancias me propongo hacer una radiografía de algunas muestras pictóricas de ella. De entrada, mando a la mierda cualquier teoría interpretativa de cualquier teórico en expresiones artísticas. Lo único decente que se puede hacer es alcanzar la capacidad de aquella sorpresa primigenia de algunas de las pinturas que me muestra Draya Madú. Necesito algo de tiempo para admirarme. Pienso en música: alguna de las Gymnopdies de Erik Satie, tan denostado por tanto cabrón vejete de la academia.

Antes de llegar a la pintura de Draya, me sirvo otro whisky y pienso ahora en el movimiento de alguna sonata para piano de un alcohólico Schubert. Bebo. Admiro a Draya. Su larga cabellera. Frente a mujeres así conviene callar, beber, fumar y obedecer a todo lo que ordenen. Regreso a Schubert. No es lo mejor. Eso le dije en una ocasión a un gran amigo mientras lo escuchábamos con los mismos whiskys de siempre. Franz Schubert no tiene, salvo Fantasía, alguna otra pieza magistral. Me miró con el vaso en las manos. ¿Y qué importa? Así lo disfrutamos. Me callé.

 

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Draya Madú pinta desde cualquier orilla del silencio. Porque la pintura nace, supongo, cuando las palabras ya no te alcanzan, descompuestas quedan en la primera carretera y entonces debes optar por otra vía. Trepada en una escalera estira el brazo. En el piso. De rodillas. Al parecer no hay impedimento alguno para que lo haga. A brochazos. A pinceladas. Pinta. Mero verbo con el que bien se podría describir como frente a un espejo ella misma. Una parte de su ser se refleja en torno a los colores que emplea. Esto es un viejo cuento: los colores son parte esencial en la obra de cualquier pintor. Es a través de éstos que alcanzamos a detectar cualquier tipo de significado. Yo no lo sé. Draya se encarga de ponerme al tanto mientras me sirve el tercer whisky.

Es de esas mujeres que cuando hablan de pintura saben del oficio. Me llama la atención La soledad abraza. Miento. No me llama la atención. No es la expresión correcta y se lo atribuyo en buena medida al whisky. Me aterra la angustia que refleja esa morena mujer. Piénsenlo ustedes: agazapada en un rincón de una habitación cualquiera. Como Homero, carece de una mirada real; no obstante, si uno se da a la tarea de revisar minuciosamente dará con un gesto de tristeza en un inclinado rostro que parece inclinarse aún más conforme lo recorremos. Lo peor es lo siguiente: la mujer se abraza a sí misma. Cuando llegas a un punto donde no hay remedio para lo que el mundo te tiene preparado es buena receta. Por extraño que parezca. Abrazarse a sí mismo. Suena tan injusto en los tiempos que corren.

Estoy un poco mareado. Draya pone algo de música: “Nice Dream”. Radiohead. Me comenta algo respecto a sus inicios en la pintura. La escucho. Su voz se mezcla con los versos. Regresamos los dos al cuadro. Le pido que me sirva un whisky más. La botella de Jack Daniel’s y los hielos aún aguantan. Aguantamos los dos. Cae la tarde sobre la banqueta. Aparecen las primeras sombras, ésas que sacan la lengua para que la noche las use de trapecio.

El cabello desaliñado de la mujer del cuadro no es sino mera extensión de lo que ocurre con su rostro. Hay que inventar un diccionario donde las definiciones se proporcionen haciendo uso de imágenes. Angustia. Dos puntos. La soledad abraza. La pintura, se entiende. Aquí hay mucho de simbólico. Si me apuran, diré que en un país como el nuestro con miles de feminicidios sin resolver y con una creciente violencia hacia la mujer lo anterior nos llevaría a entender un poco más nuestra historia.

Los que saben de esto aceptan de entrada que mucha de la interpretación que se da a una obra artística tiene que ver exclusivamente con la que de ella nos proporcione la autora, de tal manera que si la creadora permanece en silencio ya nos jodimos; otros, en cambio, son más abiertos: si eres capaz de sorprenderte frente a cualquier obra artística, también eres capaz de contarte la historia que hay detrás de ella. Y si ésta no concuerda con la de la creadora es mucho mejor, porque ésa es una de las ventajas de las expresiones artísticas: aceptan cualquier interpretación que les quieras dar, incluso cuando los teóricos más idiotas renieguen de ello. Así las distintas propuestas de Draya Madú.

 

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Estoy borracho. Cumplí uno de mis propósitos: siempre quise estar bajo tales efectos frente a una obra de arte, frente a una expresión artística. Draya me sirve otro whisky. En un primer plano observamos parte de una mujer. Eso, de entrada, ya debería ser todo un misterio. Si agregamos que su larga cabellera parece unirse en lo que resulta una especie de muro que alcanza a separar nuestro primer plano para así conformar un segundo plano con otra mujer que se encuentra recargada en la pared damos con muchas claves. No sé a ustedes, pero a mí los gestos de la primera mujer me resultan apabullantes. Su expresión carece de vida. No así el rojo intenso del carmín en sus labios. Observen detenidamente. Sí, en la obra de Draya Madú el surrealismo rompe la cerradura de la casa, entra de puntitas, cuelga cada una de las pinturas de Draya en el tendedero del patio de atrás, corre al mar, rescata cientos de gaviotas y las trae de vuelta.

Lo que podría resultar aterrador a mí me resulta más bien tierno: dos bracitos que abren cual cortinas el cuello de la mujer. Imaginen ustedes por un momento lo que ocurriría si las llegan a abrir por completo. Aterrizarían en las flores, y ese precisamente sería un milagro. A mí al menos me recordó algunos bocetos de Remedios Varo o Leonora Carrington. No pierdan de vista que escribo con Erik Satie y Tom York al lado, que vamos sobre no sé cuántos whiskys, y que ellos, gustosos, componen la música adecuada para adentrarnos en las tantas y tantas pinturas de Draya Madú. Satie me dice que prosigamos. Tiene usted razón, maestro. Tom York fuma marihuana.

Es una mujer de espaldas lo que está al fondo. Desnuda. Con los colores primarios de algún de los cuadros de Gauguin: aquel viejo loco que cogía con niñas hasta morir pletórico de alucinaciones y viajes al fin del camino del hombre. Pongan ustedes que se escapa de alguno de ellos. Por ejemplo, en las nalgas de la mujer admiro dos testículos que alcanzan a colgarse sin llegar a las rodillas. Una de las características plásticas de Draya Madú es una hermosa inconsistencia para equilibrar la perfección con la belleza, y eso para mí más que ser un defecto es una alta virtud, tan acostumbrados como estamos a la armonía odiosa en ocasiones de los griegos y sus enseñanzas.

Antes que nada, cualquier expresión artística se manifiesta como un generoso acto de fe. Por lo tanto o crees y mantienes la confianza en tu talento y tu trabajo o mejor te dedicas a vender tacos de suadero afuera del metro Nativitas (sobra decir que hay unos muy buenos). Sin que te lamentes. Sin hacerle al chillón. De esos hay muchos. No se vale acumular inteligencia y lecturas a lo idiota. No se vale acumular técnicas artísticas para luego quedarte sentado y esperar a que pase la nube frente a la ventana para inspirarte. Para la información está el Internet. En una que otra ocasión esa inteligencia y esas lecturas te van a servir para presumir y quedar como un imbécil pedante. Acumular conocimiento, así como técnicas artísticas, es una manera de ser el más inútil de los seres humanos: la podredumbre total; otros, en cambio, encontraron la respuesta tras acumular lecturas y conocimiento. Si no me creen, pregúntenle a Walter Benjamin: toquen a la puerta de su casa, seguro que los atiende y les convida un poco de morfina. Me despido. Draya me dice adiós. Me pierdo.

 

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Facebook: Draya Madú Art

Web: www.drayamadu.com