El horror al desnudo: escritores en la guerra

De Vasili Grossman a Ernest Hemingway, incluyendo a Günter Grass y Primo Levi, una larga lista de escritores vivió en carne propia la Segunda Guerra Mundial. Su experiencia iluminó novelas, diarios y artículos que dan cuenta de las múltiples formas que toma el horror humano

POR Economía y Negocios

De Vasili Grossman a Ernest Hemingway, incluyendo a Günter Grass y Primo Levi, una larga lista de escritores vivió en carne propia la Segunda Guerra Mundial. Su experiencia iluminó novelas, diarios y artículos que dan cuenta de las múltiples formas que toma el horror humano

Guerra_1Simone de Beauvoir (queeraday.wordpress.com)

“La noticia me heló la sangre, era definitivo y no había esperanza, los alemanes estarían en París en dos días”, anotó Simone de Beauvoir dos semanas después de que efectivamente sucediera lo inevitable. Hacía memoria en su diario. La escritora francesa había sido parte del éxodo de la capital francesa, pero a los pocos días había regresado para encontrar una ciudad “extraordinariamente vacía”. Terminaba junio de 1940 y la ocupación nazi de Francia tomaba forma. Beauvoir se desesperaba sin cartas ni telegramas de su querido Jean Paul Sartre, por entonces detenido por los alemanes. “No esperamos nada concreto sino un nuevo motivo de espera. Todo está estacionado”, anotaba en su diario sentada en un café vacío.

Pero no todo estaba precisamente estacionado. A esas alturas, la Segunda Guerra Mundial estaba desencadenada. Al frente del Tercer Reich, Adolf Hitler avanzaba por Europa anexando países a punta de bombardeos implacables. Polonia, Bélgica, Holanda, también Francia había caído. El mundo empezaba a ser un campo de batalla. “Cuando voy por la calle me paso todo el tiempo mirando las ventanas y pensando cuál de ellas sería mejor para instalar un nido de ametralladoras”, escribía en su diario a fines del julio de 1940 el autor inglés George Orwell, inquieto ante los bombardeos sobre Londres.

Marcada por el Holocausto, pocos conflictos como la Segunda Guerra han tenido tantos y tan diversos narradores. Es posible que sean los escritores quienes hayan entregado la imagen más precisa de “la verdad despiadada de la guerra”, en palabras del autor ruso Vasili Grossman. De Primo Levi hasta Irène Némirovsky, incluyendo a Kurt Vonnegut, Norman Mailer y Günter Grass, entre otros, dieron su testimonio de su experiencia de los días más oscuros del siglo XX.

Posiblemente uno de sus grandes narradores fue Grossman, especialmente en su obra maestra, la novela Vida y destino. Pero además de ese libro, existen cientos de artículos y notas: Grossman acompañó por cuatro años al Ejército Rojo como periodista en múltiples batallas, entre 1941 y 1945. Según contó el historiador Antony Beevor en Un escritor en guerra, el libro que recogió los diarios del reportero, Grossman alcanzó un estatus parecido al de héroe de guerra cubriendo la larguísima batalla de Stalingrado.

“Stalingrado ha ardido. Tendría que escribir mucho para describirlo. Stalingrado ha sido incendiada. Stalingrado está en cenizas. Está muerta. La gente está en los sótanos. Todo ha ardido. Los muros calientes de los edificios son como los cuerpos de gente que hubiera muerto en el terrible calor y todavía no se ha enfriado”, escribió Grossman en agosto de 1942, en el inicio del asedio nazi a la ciudad soviética. Llevaba más de un año en el frente y podía decir con seguridad que el olor habitual era “una mezcla de depósitos de cadáveres y herrería”.

Mientras Grossman entrevistaba a generales, francotiradores y soldados rasos en Stalingrado, la escritora Irène Némirovsky moría en Auschwitz el 17 de agosto de 1942. Judía de origen ucraniano, su nombre brillaba en la escena literaria francesa hasta que llegaron los alemanes. Ante el acoso, se instaló junto a su familia en el pueblito de Issy-l’Évêque y hasta el día antes de que fuera detenida escribió un testimonio de la llegada de los nazis a Francia que solo fue publicado en 2004, la novela Suite francesa.

“Por la carretera de París discurría un lento e incesante río de coches, camiones, carros y bicicletas, al que se sumaban las caballerías de los campesinos, que abandonaban sus granjas y partían hacia el sur arrastrando tras sí a sus hijos y sus animales con su colchón atado al techo; formaban frágiles andamiajes y parecían avanzar sin ayuda del motor”, escribe Némirovsky, contando el éxodo de los parisinos ante el arribo de Hitler. Sigue la suerte de varias familias, ricas y pobres, en esas horas sin suerte. “No sabían por qué huían: Francia entera estaba en llamas, el peligro acechaba en todas partes”, añadió.

 

El infierno

Guerra_2No quiero que nadie me excuse: fui de la S.S. nazi: Günter Grass (www.las2orillas.co)

Mientras Némirovsky intentaba pasar inadvertida, en Danzig un quinceañero alemán se ofrecía como voluntario a las tropas nazis. Günter Grass era un patriota, como contó en sus memorias Pelando la cebolla. “Creer en él (Hitler) no cansaba, era facilísimo. Su mirada firme llegaba a todos. Su gris de campaña renunciaba a cualquier chatarra de condecoraciones. Ahí estaba, donde quiera que se mirase, cargando solo con la Cruz de Hierro de la Primera Guerra Mundial. Su voz venía desde lo alto. Sobrevivía a todo atentado. ¿No lo protegía algo incomprensible, la Providencia?”, escribió.

En Italia, en tanto, un joven químico intentaba resistirse a Mussolini. Antes de llegar a unirse a la resistencia antifascista, Primo Levi fue detenido, en diciembre de 1943. Tenía 24 años. Dos meses después salía desde de un campo de detención en Fossoli hacia Auschwitz: fueron 15 días de viaje en un tren de carga de 12 vagones sin ventanas, entre los que se distribuyeron 650 personas. Nunca dejaron de tener frío y sed. Al llegar a destino, fueron despojados de todas sus pertenencias, incluida la ropa; les cortaron el pelo, los lavaron a la fuerza, los encerraron en una barraca. Luego viene el infierno que conocemos y que Levi relató en el libro Si esto es un hombre.

Al llegar a Auschwitz, cuenta en el libro, rápidamente supo dónde estaba: “Entonces por primera vez nos damos cuenta de que nuestra lengua no tiene palabras para expresar esta ofensa, la destrucción de un hombre”, escribe Levi. “En un instante se nos ha revelado la realidad: hemos llegado al fondo. Más bajo no puede llegarse: una condición humana más miserable no existe, y no puede imaginarse. No tenemos nada nuestro: nos han quitado las ropas, los zapatos, hasta los cabellos; si hablamos no nos escucharán, y si nos escuchasen no nos entenderían. Nos quitarán hasta el nombre”, agrega.

Grossman, siempre junto al Ejército Rojo, descubrió el peso del antisemitismo al llegar a Ucrania a mediados del 43. Publicó un artículo aterrador en una revista yiddish, donde anotó: “No quedan judíos en Ucrania. En ningún sitio; ni en Polltava, ni en Jarkov, ni en Kremenchug, ni en Borispol, ni en Iagotin. Todo ha quedado en silencio. Todo un pueblo ha sido brutalmente exterminado”. Al año siguiente, Grossman descubrió el verdadero horror al llegar a Treblinka. Ahí operaba el primer campo de exterminio nazi en ser detectado. El periodista reconstruyó cómo operaba en El infierno de Treblinka, texto que sería citado en el Tribunal de Nuremberg. Según contabilizó, ahí murieron alrededor de 800 mil personas. Llegaban en trenes desde distintas partes del mundo, supuestamente a trabajar, pero terminaban en las cámaras de gas.

“Un terrible olor a putrefacción se cierne sobre todo el campo, un olor que ni el fuego ni el sol, la lluvia, la nieve o el viento pueden disipar (…) Y uno siente como si el corazón se le fuera a parar de tanta tristeza, tanta congoja, que ningún ser humano podría quizás aguantar”, escribe Grossman. “Alguien puede preguntar: ‘¿Y por qué escribir sobre esto, por qué recordarlo?’ Es el deber del escritor contar esta terrible verdad y el deber civil del lector es conocerla. Quien mirara hacia el otro lado, quien cerrara los ojos sin querer saber nada insultaría la memoria de los muertos”, agrega.

 

La caída de Alemania

Guerra_3True crime (op-5.no)

En el frente Pacífico de la guerra Estados Unidos y Japón se peleaban cada pequeña isla. Entre los soldados estadounidenses que llegaron allá estaba un joven y aún inédito Norman Mailer. A los 21 años estuvo en una base en Filipinas y patrulló la isla de Leyte. No disparó una sola vez pero regresó con una novela que lo lanzó a la fama, Los desnudos y los muertos. Ambientada en el ficticio islote Anopopei, contiene fuertes escenas de combate, pero sobre todo es una crónica de la dura vida de los soldados.

“La fatiga los había agotado, penetraba en los rincones más frágiles de sus cuerpos e infundía una profunda apatía en sus músculos”, escribe Mailer. “Habían probado tantas veces la bilis amarga y ácida del agotamiento, habían forzado sus agotadas piernas en tantas colinas, que ya sentían la anestesia de la extenuación. Seguían moviéndose, maquinalmente, pesada, torpemente, tambaleándose, trastabillando. El peso de las mochilas era abrumador, pero habían llegado a considerarlo parte de sus cuerpos, un bloque de piedra incrustado en sus espaldas”, agrega.

Mientras Mailer tomaba apuntes en Filipinas, uno de sus maestros avanzaba feliz por Francia: el veterano Ernest Hemingway desembarcó en Normandía el Día D, poco después del cese del fuego y avanzó con soldados estadounidenses hasta la liberación de París. Celebró en el Hotel Ritz. Durante el camino, le escribió a su futura esposa, Mary Welsh, hablándole de la “vida muy alegre y divertida, llena de muertos, botines de alemanes, un sinfín de tiros, un sinfín de peleas, setos, pequeñas colinas, caminos polvorientos, paisajes verdes, campos de trigo, vacas muertas, caballos muertos, tanques, cañones de 88 mm, Kraftwagen, y chicos americanos muertos”.

La guerra se acercaba a su fin. Alemania decaía. En febrero de 1945 los Aliados destruyeron Dresde con un poderoso bombardeo. Ahí estaba el futuro escritor estadounidense Kurt Vonnegut, de 22 años. Tuvo suerte. Era prisionero de los nazis y soportó el asedio en un matadero de animales, uno de los pocos edificios de la ciudad que se mantuvieron en pie. Vonnegut usó esa experiencia para su más célebre novela, Matadero cinco. No se explaya en el asedio, porque “no hay nada inteligente que decir de una batalla”, pero lo describe así: “Dresde se había convertido en una gran llama, una llama única que consumía todo lo combustible. No pudieron salir del refugio hasta la media mañana del día siguiente. Cuando los americanos y sus guardas aparecieron, el cielo estaba negro de humo. El sol era un pequeño punto malhumorado. Dresde parecía un paraje lunar. No quedaba nada, excepto lo mineral”, anota Vonnegut.

Por entonces, Günter Grass terminaba su entrenamiento como artillero de tanque de las Waffen SS. La marca de esas letras lo avergonzaría en secreto hasta su muerte, pero en ese momento sólo quería salvarse. “El miedo era un equipaje que no me podía quitar de encima”, recordó en Pelando la cebolla, donde relata que en febrero del 45 llegó al frente en las orillas de río Neisse, en la frontera con Polonia. En su primera vez en la línea de batalla arrancó: “A mi alrededor, el bosque joven despedazado. Por todos lados había cuerpos, aislados o encima de otros, muertos, vivos aún retorcidos, ensartados por ramas, acribillados por metrallas. Yo estaba mudo, con los pantalones meados”.

Lo que vino para Grass siempre fue igual: llegar al frente, arrancar. Una herida en abril lo hizo desertar definitivamente y antes de recuperarse, a fin de mes, Hitler moría en Berlín y todo terminaba. Ahí fue la última gran batalla de la Segunda Guerra Mundial y estaba Grossman. El reportero recorrió la ciudad en ruinas, entrevistó a sus habitantes y también llegó al despacho donde se había suicidado el Führer. Escribió: “Dos de mayo, día de la capitulación de Berlín. Una monstruosa concentración de impresiones. Fuego, incendios, humo, humo. Enormes multitudes de prisioneros (alemanes). Sus rostros son dramáticos. Este día cubierto, frío y lluvioso es indudablemente el día de la ruina de Alemania. Entre el humo, las ruinas, las llamas, entre cientos de cadáveres en las calles”.

 

Abril 26, 2015.