Las flores que no le regalé a mi amiga

Mana, lo siento, pero mientras rejurabas que “ora sí es la última vez” y le buscabas un pedacito limpio a la servilleta, me concentré en el maquillaje batido y yo también me hice un juramento: no parecerme a ti

POR Lila Simón

Mana, lo siento, pero mientras rejurabas que “ora sí es la última vez” y le buscabas un pedacito limpio a la servilleta, me concentré en el maquillaje batido y yo también me hice un juramento: no parecerme a ti

AmarillasFlowers Bouquet Wallpapers (freedwallpaper.com)

La primera vez que recibí flores fue en mi cumpleaños número 12. Mayra tuvo el detalle de llegar a casa con un ramito de flores amarillas, convocada por mi madre para partir el pastel que ella misma había preparado. Aún recuerdo el suave y dulce pan deshaciéndose en mi paladar. También recuerdo las flores de Mayra: rosas amarillas. Ella también es inolvidable.

De ahí aprendí a regalar flores en los cumpleaños. Pero luego descubrí que para conservar mi extravagancia era mejor regalar flores únicamente a hombres. Amigos, amantes, ex amantes e incluso jefes han recibido mis flores.

Sólo una vez lo intenté con una amiga. Pero el mensajero me llamó para escupir un inexplicable “que no las quiere, ¿qué hago con ellas?” Y para no pagar doble viaje se las terminé donando a él para su madrecita.

Ella no aceptó mis flores… Seré franca, he perdido más amigas de las que he ganado, y con la misma franqueza diré que me duele, y mucho, pero me conformo pensando que se quedan las que estoicas tiran verdades y así mismo aguantan escucharlas. A ellas, a las aguantadoras, les llamo manas.

No siempre he sido buena “mana”, juzgue usted, comparto la carta que le envié semanas antes de que rechazara mis flores.

 

Cariña mía:

Te escribo porque decírtelo a la cara nomás no puedo.

Lo intenté, pero no tuve forma, tu llanto te ensordecía y yo, mirándote ahí deshecha, no pude aclararte que la mera verdad ya me cansé de escuchar tu historia, porque siempre es la misma.

Mana, lo siento, pero mientras rejurabas que “ora sí es la última vez” y le buscabas un pedacito limpio a la servilleta, me concentré en el maquillaje batido y yo también me hice un juramento: no parecerme a ti.

Te pedí que me hablaras quedito cuando se acercó la mesera, pero ni te importó, y nomás me hundí en el asiento del Vips, ¿te acuerdas?

Te pregunté si le lloraste a aquel cabrón cuando le pediste las llaves de tu casa, y es que si te vio llorar como lloraste conmigo, con los mocos escurriendo, revolviéndose con la saliva que salpicabas de los labios deformados color carmín marchito, yo, yo que soy tu amiga, te daba las llaves aunque no me las pidieras.

Mana, no es que no te quiera, ¡si eres como mi hermana!, pero conozco lo que sigue: te va a llamar; te va a decir que te extraña, que quiere verte, que lleva mucho sin coger, que no ha tocado a su esposa… Entonces, se van a ir al leonero, ése que está entre su taller y tu oficina; subirás primero las escaleras; él te verá por detrás y dirá que de todas las secretarias tú eres a la que mejor se le entalla la falda, que ya quiere morderte las nalgas. Tú, mana, le vas a sonreír con tu boca color cerezo fresco.

Cuando entren al cuartito ése, no te va importar que el aromatizante no disimule el tufo de humedad. Luego, luego él solito se va a encuerar, no te ayudará a quitarte la falda ni te desabotonará la blusa, ni va a notar que estás estrenando brasier y tanga.

¡Ay, mana! De seguro quedarás debajo de él y no saldrás de ahí hasta que te tome del cabello y te dirija… pero te quitas el carmín de los labios, no vaya siendo que lo manches y la que se le arma con su señora, de la que por cierto, recibirá una llamada que no contesta pero que le merma las ganas.

Otra vez no se ducharán juntos, tampoco dormirán para reponerse, menos platicarán de cuándo se va a vivir contigo. No hay tiempo, cariña. Cuando estés a medio vestir frente al tocador, te va a decir apurado: “Ya mujer, en el camino te pintas los labios”.

Mana, todo eso lo sé porque es lo mismo que me contaste las tres últimas veces que te enojaste con él.

Ay, amiga, sé que me estas odiando, pero de verdad que yo te quiero y me gusta verte con los labios pintados, bien rojos y delineados. Mana, discúlpame, ahora soy yo la que ya no tiene más tiempo.

 

Fin de la carta.

Acá, entre manas, extraño a Mayra.