Las plañideras

Don Antero se dedicó a hacer dinero. Lo hizo, a través de un pacto de caballeros con la Honorable Sociedad, un grupo de hombres cuyos padres llegaron del sur de Italia al pueblo gracias a que Don Porfirio abrió las puertas a varias naciones de Europa con la intención de modernizar el país

POR José Luis Durán King

Don Antero se dedicó a hacer dinero. Lo hizo, a través de un pacto de caballeros con la Honorable Sociedad, un grupo de hombres cuyos padres llegaron del sur de Italia al pueblo gracias a que Don Porfirio abrió las puertas a varias naciones de Europa con la intención de modernizar el país

Plañideras(masallademerida.blogspot.com)

Yo tenía unos siete u ocho años… En la calle que daba al panteón del pueblo había una casa vieja, con patio de tierra, abrevadero para animales de carga y dos enormes moreras que cada determinado mes del año adornaban con sus frutos rojo oscuro la pared de adobe en que reposaban.

Ahí vivía don Antero, un hombre enorme, de facciones indias, enormes manos, pies como de Yeti, agrietados por las labores del campo que él no ocultaba, más bien lucía con dos huaraches de suela de llanta, gastadísimos.

Pese a su aspecto, don Antero era uno de los padrones de la región. Llevaba muchos años de viudo, tenía una hija llamada Micaela, madura, “una quedada”, como la llamaban en la casa de mi abuela.

A don Antero nunca le quitó el sueño la posibilidad de volverse a casar. Prefirió dedicarse a hacer dinero, sin importar que para lograr su propósito vendiera su alma al Diablo. De hecho, lo hizo, a través de un pacto de caballeros con la Honorable Sociedad, un grupo de hombres cuyos padres llegaron del sur de Italia al pueblo gracias a que Don Porfirio abrió las puertas a varias naciones de Europa con la intención de modernizar el país.

Al pueblo arribaron, en esa época, una mayoría de tanos del norte, aunque fue la minoría sureña la que poco a poco se hizo de los negocios más importantes del lugar, incluyendo algunos lupanares y casas de préstamos, con intereses draconianos.

Para amenizar las cantinas y puteros, apretujados en un camino de tierra transitado casi exclusivamente por hombres en busca de diversión, los sureños “importaban” muchachas de Tlaxcala, que llegaban al pueblo en remesas, casi siempre en contra de su voluntad. Se las robaban, en pocas palabras, y no era extraño que los cuerpos de algunas de ellas terminaran tirados en alguna milpa, vaciados por los legrados, golpeadas o acuchilladas.

De don Antero se decía que “tenía las manos metidas” en casi todos los negocios ilegales de la región, desde el adulteramiento de bebidas espirituosas, pasando por la especulación con los productos lácteos que se elaboraban en el pueblo, hasta, por supuesto, la trata de personas.

Durante los años 50 su fortuna creció, y de forma desmedida. Fue un rico terrateniente, aunque sus tierras no fueron cultivadas; se compró un auto de agencia que a la semana daba la impresión de viejo. Lo irónico es que el hombre no sabía manejar, por lo que su vehículo quedó arrumbado por años dentro de la zona de los establos. Sin embargo, todo iba a pedir de bocas, hasta que una noche…

Hay personas a las que la historia es una cuestión molesta de fechas y no de enseñanzas. Don Antero se llenó de soberbia, se envileció, creyó que por ser poderoso en el pueblo era poderoso en el mundo.

Una noche, el motor de un auto se escuchó por la calle que conduce al panteón del pueblo. Se estacionó frente a la casa de don Antero. Bajaron dos hombres, entraron a la casa del viejo, para marcharse más o menos una hora después, tal como llegaron: con total discreción.

¿Qué hablaron? Creo que la naturaleza de esa conversación se ha ido con los protagonistas de esta historia. Lo que es cierto es que se comenzó a rumorar que don Antero se marcharía del pueblo, que alguien muy poderoso “se la había sentenciado”, que huiría “cualquier madrugada de éstas” en completo sigilo.

Un mañana de lunes, cuando mi padre, mi hermano y yo caminábamos hacia la carretera donde pasaba el camión que nos acercaría a mí y mi hermano al internado, tres mujeres de luto se apostaron frente a la casa de don Antero. Rociaron un ramo de rosas rojas al parecer con agua bendita, salpicaron la puerta de entrada con el manojo y de repente estallaron en gritos de dolor, en un aparente llanto incontrolable, pero sin lágrimas.

Las tres enlutadas se encogían de dolor, rezaban por el descanso del muerto, encendieron unas veladoras, las colocaron en el suelo junto al ramo de rosas, y se marcharon gritando su dolor.

La escena la vimos desde la parada del camión. Mi padre nos dijo que no volteáramos, que nos ocupáramos de nuestros asuntos.

Pese a todo, yo pregunté a mi padre quién se había muerto en la casa de don Antero.

Él me observó y casi en un murmullo respondió: “No es quién se murió, sino quién se va a morir”.

Unos días después el cuerpo de don Antero fue hallado en medio de una milpa. Lo habían matado a garrotazos. Uno de los curiosos mencionó que era la típica muerte que se propina a los “perros” que desobedecen al amo.