El fotógrafo de los espacios cerrados

Desde 2003, Roger Ballen ha dejado de atender a un género en el que era una referencia esencial: el retrato. A cambio, el cuadro se abarrota con animales, instalaciones y esculturas. Pero ha eliminado la cara para centrarse en lo que no se ve, para que un rostro no interrumpa la representación

POR Peio H. Riaño

Desde 2003, Roger Ballen ha dejado de atender a un género en el que era una referencia esencial: el retrato. A cambio, el cuadro se abarrota con animales, instalaciones y esculturas. Pero ha eliminado la cara para centrarse en lo que no se ve, para que un rostro no interrumpa la representación

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Todos los fotógrafos tienen una foto que puede con el resto. Un hombre envuelto en un harapo mira con temor arriba. Sobre él hay una maraña de espino amenazante. El flash recorta las sombras sobre la pared del fondo. No teme que se le venga encima esa bola de alambre sanguinaria; se asusta porque eso forma parte de él. Podrían ser sus pensamientos, su ánimo, es el sobrepeso que impide avanzar a cualquiera, un enjambre de miedos y complejos que hieren cada paso, cada decisión. El autor, Roger Ballen, fotografía desde principios de siglo XXI espacios cerrados, sucios, vividos, con una carga emocional insólita en la fotografía documental.

De hecho, él nunca le pondría a su obra esa etiqueta, porque él utiliza la presencia de marginados en lugares marginales –manicomios o casas abandonadas— como una representación de sus propios pensamientos. Sus vínculos están más próximos a la pintura y la dramaturgia simbolista que a la resistencia de una fotografía de denuncia, como se puede ver en la exposición Asylum of the Birds, que ha montado la galería La Fábrica (Madrid).

Nació en Nueva York y llegó a Johannesburgo hace casi cuatro décadas, de donde no se ha movido. Dejó su trabajo como geólogo y consultor de minas para documentar pequeños pueblos africanos y pacientes psiquiátricos. Nunca atiende encargos comerciales, porque desde hace casi cinco décadas trata de entenderse a través de la fotografía. Preguntarse quién es, apoyándose en los demás. Introduce sujetos inquietantes, marginales, a los que les retuerce en gestos imposibles, para protagonizar un bello esperpento en blanco y negro.

Ballen, doctor en Economía Minera, ha evolucionado hacia una composición cada vez más simbolista. Construye sus escenas como si fueran un reflejo de lo que le pasa por su mente. Desde 2003 ha dejado de atender a un género en el que era una referencia esencial: el retrato. A cambio, el cuadro se abarrota con animales, instalaciones y esculturas. Pero ha eliminado la cara para centrarse en lo que no se ve, para que un rostro no interrumpa la representación. Y sabe dónde se encuentra lo invisible. Sus fotos son, en realidad, un psicodrama.

Por eso es más psicológica, que política o social. Por eso él insiste en subrayarlo. “Sí, todo es política, pero lo único que espero es que mi mente se libere de mi mente, es decir, liberarla de la represión a la que se le somete”. Por eso destaca al dramaturgo Samuel Beckett como una parada y fonda en sus lecturas, porque al irlandés le interesaba la condición humana. “No podemos definir las contradicciones del ser humano con la fotografía, es imposible. Por eso mi fotografía refleja una realidad sin palabras”, asume.

 

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A Roger le cuesta sonreír y cuando aparecen sus dientes lo hace como un fogonazo instantáneo que devuelve su gesto adusto a su normalidad. Habla tranquilo, se frota la cara y su barba sin afeitar, bebe mucho té pero no le quita el sueño. Suelta: “Mi motivación fotográfica siempre ha sido psicológica: entender mi identidad a través de la cámara y que la gente sea capaz de entenderse mejor al mirarlas”.

La cámara como herramienta para entrar en contacto con el mundo exterior, que “permite que la mente defina el entorno y que el entorno defina la mente”. “Creo obras de arte en las que reflejo mi identidad, con la pretensión de que las personas se reflejen”. En el cuestionamiento de su identidad juega un papel capital los participantes de sus fotos. Explica que algunos de ellos son sus amigos, con los que lleva años trabajando en sus espacios angostos y maltratados. Es más, asegura participar en la vida de mis sujetos y “eso marca la diferencia”.

El trabajo de Ballen es una combinación inquietante de Art Brut, Surrealismo, Simbolismo y hasta Expresionismo alemán. Y a pesar de todo, huye de las influencias. “Lo que más me ha influido ha sido observar mi propia vida y no un movimiento artístico”. No de todas, ya ha mencionado a Beckett y todavía hablará de alguna más, con más calor y cariño del que ha mostrado a lo largo de la entrevista.

El Prado es su museo favorito, mucho más que los de arte contemporáneo. Esta tarde irá y se detendrá en las Pinturas negras de Goya y Velázquez, pero sobre todo en El Bosco. Su técnica, su destreza, su universo simbólico. No podía ser de otra manera, dos trabajos que tratan de imponer a la realidad la mente. “¿A qué hora hay menos gente? No soporto ir a los museos abarrotados”.

 

Tomado de: El Confidencial. Febrero 25, 2015.