Extraño país de nadie – El adiós sin reproches

Todos tenemos derecho a gozar al máximo. La gran avenida del mundo corre en un solo sentido. Norte, sur, este, oeste, la rosa de los vientos es imaginaria. Navega en busca de la isla en la que te sientas mejor

POR José Luis Durán King

Todos tenemos derecho a gozar al máximo. La gran avenida del mundo corre en un solo sentido. Norte, sur, este, oeste, la rosa de los vientos es imaginaria. Navega en busca de la isla en la que te sientas mejor

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El instinto animal al final se impone, apuestas por la supervivencia. Del corazón pasas a los genitales. Es un proceso. El caramelo se endurece con el paso de los días, hasta volverse quebradizo. Una mañana te despiertas y ya no piensas en el amor, el cariño es una costra que sólo te causa comezón. Son esas maravillosas nalgas las que echas de menos, los pezones erectos y los senos palpitantes, anhelantes, que te volvían loco cuando deslizabas la lengua en ellos. Liza era ahora un destello de pecas que coronaban sus senos redondos y firmes, sus piernas marmóreas cubiertas de un imperceptible vello como el de los duraznos; pero también frente a mí, repentinamente, desfilaban las escenas amargas de celos, como cuando se enteró que a fin de cuentas me había acostado con su amiga Ximena.

De lo que me salvé fue de los reproches cuando ella huyó de prisa, sin detenerse a siquiera a sacudir el polvo que cubría nuestra vida. Todos tenemos derecho a gozar al máximo. La gran avenida del mundo corre en un solo sentido. Norte, sur, este, oeste, la rosa de los vientos es imaginaria. Navega en busca de la isla en la que te sientas mejor. Que no te engañe la edad. Ser viejo puede ser una calamitosa carga de remembranzas y enfermedades, pero tres cuartas partes de la juventud se nos van en mil y una chaquetas, y el resto en mujeres a las que, cuando mucho, amaste a dos.

 

Extracto de: Extraño país de nadie, de José Luis Durán King.