Opereta de jabón

En enero de 1978 ingresé a trabajar en empresa Colgate Palmolive. Mi puesto era el de mozo, mis amigos eran mozos, y uno de ellos era Álvaro, de Salvatierra, Guanajuato. Las líneas siguientes, con mucha ficción pero también con su parte de realidad, describen la personalidad de Álvaro –al menos como lo veía yo—, pero también mi vida en común (ficticia) con una mujer que se tuvo que marchar al no ver un futuro claro al lado mío

POR José Luis Durán King

En enero de 1978 ingresé a trabajar en empresa Colgate Palmolive. Mi puesto era el de mozo, mis amigos eran mozos, y uno de ellos era Álvaro, de Salvatierra, Guanajuato. Las líneas siguientes, con mucha ficción pero también con su parte de realidad, describen la personalidad de Álvaro –al menos como lo veía yo—, pero también mi vida en común (ficticia) con una mujer que se tuvo que marchar al no ver un futuro claro al lado mío

Opereta_1Streets of Jersey City, New Jersey, ca. 1940s-1950s (www.vintag.es)

Algunas veces, no muy seguido, me reunía los viernes con Álvaro para dar una vuelta por los puteros de La Soledad. Siempre he sentido un respeto místico por los lugares donde el pecado acecha con paciencia milenaria. En esa zona cada puerta es una promesa de enfermedades posibles y desconocidas. Lo que me intrigaba en ese entonces y que aún me intriga es la vitalidad del sexo. Pocas veces me he rendido a los atributos de una puta, y vaya que las hay encantadoras, pero eso no significa que me disgusten las faldas cortas, escotes amplios y aquellas miradas altivas que desafían el universo masculino.

El caso es que, no bien llegábamos, mi amigo ya estaba dispuesto a enredarse con la primera mujer que veía recargada en la pared. Las pirujas eran su perdición, no se requería mucho oficio para adivinarlo. Con o sin mí, cada fin de semana, religiosamente, Álvaro hacía acto de presencia en los apestosos lupanares de La Soledad y calles aledañas. Si por algún motivo no lo acompañaba, en cuanto me veía lo primero que contaba eran los pormenores de sus incursiones genitales. No escatimaba detalles, era profuso. Me ilustraba con olores, precios, consistencias y, sobre todo, medidas… “Tenía un jundillote así, de este tamaño”, recordaba emocionado, formando un semicírculo con ambos brazos, como queriendo abarcar al mundo con ellos.

Mientras lo escuchaba, yo me preguntaba si no sería mejor vivir como Álvaro, con sus mansos pasatiempos, su forma sencilla de ver las cosas, alejado de todas aquellas verdades que tarde o temprano terminan machacándonos la existencia. Álvaro encontraba su piedra filosofal en los burdeles, transformando a su manera la mierda en oro. Lo demás, guerras, genocidios, tráfico de órganos, pandemias, robo de infantes, enfermedades sexuales, todo, se la venía guanga.

Supongo que la esposa de Álvaro sabía de qué pie cojeaba mi amigo, porque cada viernes, día de pago, lo esperaba, acompañada con la hija más pequeña, frente a la fábrica. La imagen de las dos generaciones tomadas de la mano me producía un vacío en el estómago. Lluvias y truenos, vientos feroces en ráfagas trepidantes, calores asfixiantes, nada evitaba que la mujer llegara hasta su marido antes de que el compulso le diera esquinazo como era su costumbre y se largara en busca del mono más grande y peludo de La Soledad.

Han pasado los años, pero todavía conservo fresca en la memoria la postura pétrea de la mujer, con la niña que jugaba a esconderse en los faldones de su madre, mostrando de vez en vez su carita morena, su facilidad para sonreír y sus piececitos sucios, calzados con zapatos de plástico.

Nunca pregunté ni reproché nada a mi compañero, no era responsabilidad mía. Me daba dolor ver su encoñamiento, pero no es negocio entrometerse en la vida de los demás. Además, no hubiera tenido ningún sentido, ya que la naturaleza de Álvaro era lasciva y veleidosa y siempre guiaba la plática, a propósito de cualquier cosa, hacia los mantos freáticos y cenagosos de la jodienda.

Pero, ¡paz para Álvaro y su insaciable pito! El mundo seguía girando. No sé cuánto tiempo más soportaría su ritmo de vida, pero yo no deseaba estar presente para cuando le llegara la hora de reventar.

 

Opereta_2Street, Car, Bw, B&W, City (pixabay.com)

Las semanas transcurrieron y en el trabajo fui adquiriendo disciplina y temperamento de soldado. No así en mi vida personal. Al salir de la fábrica hacía tiempo deliberadamente, intentando prolongar mi soledad. Caminaba, no tenía itinerario fijo. En ocasiones vagaba por alguna colonia de mi predilección, sin más propósito que ver fachadas, jardines, nombres de calles. La tarde llenaba las aceras de gente tímida, circunspecta, pálida y somnolienta, racimos dóciles que eran tragados por las fauces oscuras de condominios y multifamiliares. Otros llegaban más lejos. Yo los seguía, también silencioso, por torcidos vericuetos, viendo cómo proyectaban enormes sombras en las paredes de las fábricas y bodegas. Las fugas de agua, comunes en las zonas populares de la ciudad de México, causaban grandes inundaciones. Cielo y edificios se reflejaban, trémulos, en los charcos. Era como pisar un firmamento que nacía del suelo. La ciudad bostezaba con el fin del día y del invierno. Nadie se quejaba, de hecho hablaban poco entre sí, la fatiga los sumía en la indolencia. A su manera comprendían que la ilusión termina donde comienzan los prados del cementerio.

Cuando no tenía deseos de caminar compraba un cuarto de ron y me adentraba en algún cine a terminar el contenido de la botella mientras la cinta rodaba. Estaba harto, esa era la verdad. Pensaba que la vida aún tenía una deuda conmigo y que los años pasaban y los buenos tiempos no llegaban. Pero no tenía opción por el momento: o llenaba mi cabeza con fantasías o terminaría olvidado en la fosa común de cualquier panteón municipal. La moneda estaba en el aire.

Ángela no necesitó mucha sapiencia para percatarse de mi estado. Sin embargo, tomó las cosas con filosofía. Su fuerte eran los consejos, no en vano había leído tantos libros de superación personal. Me dio ánimos para que abandonara la fábrica y buscara un trabajo mejor remunerado y menos desgastante. Incluso se ofreció a hacerse cargo de los gastos mientras yo conseguía otro empleo. No quería perderme, eso estaba claro, pero tampoco deseaba continuar acostándose con un autómata, que era justamente en lo que yo me había convertido.

—¿Por qué no nos vamos un fin de semana al mar –fue y me dijo un día con ese tono de voz que tanto me relajaba.

—¿Al mar? –simplemente repetí.

—¡Claro!, nos haría bien, además puedes invitar a tu madre, hace muchas semanas que no la ves –completó con entusiasmo.

También las ideas tienen sus vacaciones. Los planes de Ángela eran sinceros y, por lo mismo, me hacían sentir avergonzado de mi egoísmo. Yo dudaba, siempre lo he hecho, pero ella se puso manos a la obra, a ahorrar diariamente los centavos que al cabo de un tiempo nos llevarían a recuperar la felicidad en las playas del Mar Idílico. Para que el plan tomara mayor forma me urgió a que visitara a mi madre. Así lo hicimos. Un domingo nos levantamos temprano y en el camino compré unas gardenias. Para hacer más emotivo el encuentro llegamos de sorpresa.

Mi madre barría la acera y no se percató de nuestra presencia sino hasta que nos tuvo prácticamente frente a su nariz. Fue tal el impacto que de inmediato comenzó a llorar. Su viudedad era reciente, aún tenía presente el aroma a ron y lavanda de mi padre, y mi caminar siempre le recordó al hombre con el que nunca pudo celebrar sus bodas de plata.

Antes de que nos sentáramos tomó una bolsa de mandado y se dirigió apresuradamente al mercado a comprar el almuerzo.

 

Opereta_3El Bable: Recorrido del tren de México a Toluca, 1883 (vamonosalbable.blogspot.com)

Para hacer tiempo invité a Ángela a que camináramos un poco por la colonia. Mis padres llegaron a ella a mediados de siglo y nunca hicieron el menor intento por mudarse. Creían en las raíces. El terreno donde se edificó la casa fue el regalo de bodas que mi abuelo hizo a mi madre. De origen chino, el viejo Federico formaba parte de una familia que, con excepción de dos hermanos, fue masacrada en algún lugar del río Nazas. Primero vendiendo pan de puerta en puerta y después con cafés establecidos, los abuelos cimentaron una pequeña fortuna para sus descendientes.

Todavía recuerdo que en ocasiones, sobre todo en fechas que señalaban las festividades chinas, íbamos a visitar al abuelo en su cafetería. Mi padre nunca nos acompañó, puesto que suegro y yerno no llevaban muy bien sus relaciones. El caso es que en esas temporadas las calles se convertían en terreno franco para los mozalbetes. Nos abastecían de tiras de cohetes, pasteles, silbatos, serpentinas y toda la parafernalia que hace feliz a los niños. Por supuesto, al final de las celebraciones no podía faltar el saldo rojo. Generalmente, el barullo servía para que las pandillas rivales ajustaran cuentas. De una u otra forma, la naturaleza encuentra sus equilibrios…

Regresamos a la casa de mi madre. Mientras ella cocinaba, nos pidió que fuéramos a descansar un poco. Subimos a una de las habitaciones y, a falta de una cosa mejor que hacer, nos pusimos a hojear los álbumes familiares. Había imágenes de todas las épocas y rutas genealógicas. No era necesario ver fechas, podías identificarlas por el tono amarillo del papel. Ahí estaba mi padre, caminando sobre las piedras de un río, con los pantalones arremangados y en camiseta. En otra foto, que yo desconocía hasta entonces, en la entrada de una cocina de humo, aparecíamos todos, cinco integrantes de una familia común que años después perdería a dos de sus seres queridos. La nostalgia se deslizaba.

“Me hubiera gustado conocer a tu padre y a tu hermano, pero creo que detrás de ustedes hay una historia triste”, dijo Ángela, cerrando suavemente el álbum. Comenzó a besarme, primero cariñosa y después apasionadamente. De que conocía al dedillo mis debilidades, las conocía, si no cómo es que se había puesto el liguero y las medias color humo que tan deliciosamente contrastaban con su carne color canela. Sus largas piernas y pesados senos me sacaban de mis casillas. Una morenita encantadora, para volverse loco, claro, siempre y cuando uno todavía no lo estuviera. Y su sonrisa, un verdadero minué. Los cabellos negros cubriendo parte de su rostro… Con nerviosismo y todo, la penetré lenta pero firmemente, sintiendo la tibieza húmeda de su interior, un pozo de los deseos en medio de la selva… Los últimos rayos del sol daban de lleno en su rostro. Vi sus gestos de pasión, pero también esas arrugas prematuras que le nacían a la altura de las cejas. Perdía yo la concentración. Eran delgados surcos de sufrimiento, de un alma desolada, los trazos perfectos de un mapa de tormentas y naufragios íntimos no compartidos. Su vida sólo se había alimentado de tragedias, grandes y pequeñas. Súbitamente ya no había erección, tampoco pasión, la tristeza del mundo nos separaba.

Se apartó de mí, apoyándose en la cabecera de la cama. Tenía los ojos llorosos, el espíritu fragmentado y una expresión de derrota.

—José Luis, vete lejos de mí, inicia una nueva vida, tienes derecho a ser feliz –dijo con voz quebrada.

Era evidente que nuestra relación había fracasado, que yo la había hecho fracasar. En cuanto a la comida con mi madre, resultó más un velorio que una celebración. Ahí han de estar todavía los platillos que en aquella ocasión preparó. Por supuesto, no volvimos hablar de las vacaciones.

Pese a todo, durante el trayecto de regreso a nuestro departamento, Ángela me colmó de apapachos, palabras tiernas y recomendaciones para el futuro, muchas recomendaciones. Me sentía como un enfermo terminal recibiendo los santos óleos. Todo fue inútil: a partir de entonces busqué con mayor empecinamiento mi interior, apesadumbrado por no ofrecer reciprocidad a los sentimientos honestos y sinceros de mi compañera.

 

Opereta_4Untitled. Minolta XD-7, Kodak Tri-X 400, By Lost In Transition Project (www.flickr.com)

Salí del trabajo, deprimido, por lo que había sucedido el día anterior. Decidí hacer a un lado mis incursiones callejeras y llegar temprano a casa. Tenía cargo de conciencia y deseaba suavizar las cosas con Ángela. Después de todo no veía razón para no llevar la fiesta en paz, por lo menos hasta que nos separáramos. Sólo que no la encontré. Pasaron dos, tres horas y de la señorita ni sus luces.

Más allá de la medianoche y Ángela no aparecía. Hurgué entre sus cosas personales. No sabía nada de ella, ignoraba lugar, hora y fecha de su nacimiento, los episodios de su infancia, si tenía o no hermanos, padres, ¿abortos?, sueños no realizados. Todavía vivía yo con Liza cuando me presentaron a Ángela en una fiesta. Y después de seis meses de vivir con ella aún era un enigma para mí. Hallé un consolador plástico, un enorme y venoso dildo, así como innumerables fotografías de hombres, todos ellos con enormes sonrisas de satisfacción dibujadas en los rostros. No parecía tener un tipo predilecto de amante, prefería la variedad. ¿Se los habría tirado a todos? Encontré, también, fotos instantáneas que alguien le tomó tanto en una insinuante ropa interior como desnuda. Eran bastante atrevidas… y excitantes. Finalmente tropecé con una carta escrita a mano. Narraba el encuentro “esperado” en una oficina, así como la felicidad del remitente, que por cierto ponía el mundo a los pies de la mujer que amaba. Terminaba como se acostumbra en todas las cartas de los enamorados, es decir, “Te quiero, Beto”.

Así que la Angelita ya estaba tomando sus previsiones. La verdad, no la culpaba. Cualquiera en su sano juicio hubiera hecho lo mismo… y desde mucho antes. Me metí en la cama con la imagen en la cabeza de los ligueros de Ángela. En el umbral de la vigilia y el sueño sentí que un espectro femenino, frío, con ropa interior desgarrada, se deslizaba con cautela entre las sábanas. Olía a jabón de hotel de paso. Y vaya que para entonces yo sabía distinguir el aroma de los jabones.

Seguí dormido, fingiendo no haberme dado cuenta de la hora en que había llegado.

 

Opereta_5Fotografía obrera en el Reina Sofía (cadenaser.com)

Al día siguiente, como lo hacíamos habitualmente, Álvaro y yo compartimos puntos de vista. Cuando no predominaba en la plática el tema de su pueblo nos entendíamos muy bien. En lugar de vernos en el comedor preferíamos un rincón en lo alto de los silos para disfrutar nuestros refrigerios. A manera de cucuruchos enormes, aquellos depósitos estaban situados al final de la fábrica. El área, aunque ruidosa, era fresca y desde ahí podías ver una parte de la ciudad, siempre y cuando el humo de las industrias aledañas lo permitiera.

—¿Qué piensas hacer con todo el dinero que has ganado? ¿Vas a abrir una cadena de burdeles en Salvatierra? –le pregunté un día, con toda la mala leche.

Mi amigo sonrió, mientras se limitaba a comer unos frijoles fríos. Aparte de los accidentes y las juntas sindicales, lo cierto es que en la fábrica no sucedía gran cosa y Álvaro era el que pagaba los platos rotos. Su conducta sumisa en ocasiones me violentaba. Por fin, quizá cansado de que yo le atizara tanto, sacó de su cartera una fotografía doblada en cuatro partes.

—Ves algo raro en esta foto? –preguntó.

—No, aparte de tu esposa e hijos…

—Vela bien, ¿no notas nada?

Además de una casa con techo de cartón y cortinas de plástico no adivinaba a qué se refería mi amigo. Incluso di vuelta a la imagen para ver si había algo escrita en ella.

Álvaro me retiró la fotografía y me señaló a uno de sus hijos. “Está enfermito de la cabeza. Por eso trabajo como burro. Quiero que se cure. No me gustaría que creciera así, preferiría verlo muerto”. Me sentí como un gusano por haber obligado a tocar ese tema. “Una vez lo encontré comiéndose sus propios mocos. Sus hermanitos le tienen miedo; cuando se enoja se avienta contra la pared”.

—¿De veras crees que tiene cura?, los médicos suelen jugar con los sentimientos y bolsillos de las personas –añadí por no dejar, aunque metí más la pata.

—¿Qué hago, José Luis?, no lo voy a echar la calle como un perro… él no tuvo la culpa de nacer así… ¿Tú qué harías si estuvieras en mis zapatos? –me lanzó la incómoda pelota.

—Sólo deseo que me disculpes, Álvaro, no sé por qué me entrometo en tu vida –le contesté con ánimos de cerrar la conversación.

No había duda de que pese a todo era un hombre valiente aquel Álvaro, de enorme probidad y amor por sus hijos. Su rostro moreno denotaba las huellas del cansancio aunque de espíritu era invencible. Su ralo bigote se movía al ritmo en que masticaba la comida. Me citó decenas de medicamentos, latinajos que daban a entender que se sabía la farmacopea psiquiátrica de pe a pa. Toda la química de los siglos su hijo se la bebía e inyectaba en medio de gritos y rabietas que le hacían echar espuma por la boca.

Nos fuimos de ahí, de regreso a nuestras labores, cargando un silencio que me taladraba los oídos. Baldomero, nuestro jefe, nos esperaba, furioso, en su oficina. Eran las últimas instrucciones del día.

 

Opereta_6The Imaginary Book of Black and White (luminnej.blogspot.com)

Al salir del trabajo decidí pasar por Ángela. Laboraba en el centro de la ciudad, en un banco. La tarde se había nublado y la lluvia podía caer en cualquier momento. Me resguardé en el quicio de una puerta a esperar. Desde ahí la vi bajar las escaleras del edificio donde se ganaba las habas. Por momentos se detenía el vestido con las manos para evitar que se le subiera hasta el cuello. El viento arreciaba y Ángela se debatía entre los remolinos. Era graciosa y bella, no me extrañaba que agradara tanto a los hombres. Cuando estaba a punto de salir de mi escondite vi que un auto se detenía al final de la escalinata. Ella no reparó en mi presencia sino hasta que estuvo dentro del auto. Nos miramos fijamente, en un gesto de muda comprensión. No hice aspavientos. El auto se alejó lentamente sin que ninguno de sus dos ocupantes volteara. Empezaba a llover. Ahora ya sabía qué hacer. Inicié la marcha, con el paso apresurado del adiós sin explicaciones.

Ángela es un bonito nombre, hay mensaje en él. Y a ella le sentaba a la perfección. Siempre silenciosa, discreta, atenta a mis necesidades, titubeos e indecisiones. Nunca me replicó, sólo observaba con curiosidad mis continuas depresiones. En medio de aquella ventisca la perdí para no volverla a ver jamás. Ignoro qué fue de ella, si se casó con Beto, hallando así la felicidad que con tanta vehemencia buscó, si se fue o no de vacaciones al mar. Lo cierto es que desapareció tal y como llegó hasta mí: como un hada. Al momento de escribir esto han pasado ya muchos años de aquella despedida y aún carezco de una respuesta del por qué las personas pueden vivir juntas y no despertar entre sí ningún sentimiento, sea de amor u odio. De cualquier forma, a Ángela sólo puedo desearle cosas hermosas. Buscaba modestamente ser feliz, encontrar a un hombre que la amara y construir un hogar para sus hijos. ¿Hay algo pretencioso en ello? No lo creo. Ojalá que sus buenos sentimientos sean herencia para este mundo que tanto los necesita.

Fui al departamento a sacar mis escasas pertenencias. No tenía mucho. En cuanto a mis tres muebles, seguro terminaron en un carro de fierro viejo. Me sentía desconcertado por no experimentar pena o remordimiento.

Atravesé el puente peatonal que conduce a la alameda de Azcapotzalco, alejándome del sombrío edificio de apartamentos. Detrás de él se asomaba, tímida, la luna. Sus rayos colgaban de las paredes como las vendas de un leproso. A lo lejos pitó un camión. La vida en la ciudad se va tal como llega: en los servicios de transporte urbano. La oscuridad, en cuanto triunfa, se traga a la muchedumbre de ojos somnolientos, ropas remendadas y pies cansados.

Descanse en paz la cristiandad en su lecho de mentiras. Nada se gana con cerrar los ojos. La realidad está ahí siempre, dentro de tus sueños, como un cabo de luz que no termina sino hasta que has cubierto las penas con las tinieblas de tu propia noche…

 

Extracto de: “Opereta de jabón” fue publicado el martes 1 de noviembre de 1988 en el suplemento “El Día de los Jóvenes”, del periódico El Día.