EXTRAÑO PAÍS DE NADIE. Nalgas de por medio

El enemigo a vencer de Carmen no era la juventud de Milka, ni siquiera sus nalgas consistentes de obrera, tampoco la vulgaridad manifiesta, que para algunos hombres resulta un afrodisiaco extra. Era la inocencia de Mauricio, a quien el olor de las pantaletas ajenas dio el mismo resultado que se obtiene con los gatos cuando se les unta manteca en los bigotes

POR José Luis Durán King

El enemigo a vencer de Carmen no era la juventud de Milka, ni siquiera sus nalgas consistentes de obrera, tampoco la vulgaridad manifiesta, que para algunos hombres resulta un afrodisiaco extra. Era la inocencia de Mauricio, a quien el olor de las pantaletas ajenas dio el mismo resultado que se obtiene con los gatos cuando se les unta manteca en los bigotes

StrangeShooting Film: B&W Film Photography by Tamar Burduli (www.shootingfilm.net)

En materia de cabronadas, Carlos era una especie de Poseidón, formando remolinos a su alrededor, inmensos, capaces de tragar todo lo que encontrara a su paso. Carlos estaba acostumbrado a su manera de vivir, salía ileso de sus propios cataclismos. Mauricio no, su candidez resultaba peligrosa, podría conducirlo a morir ahogado en un charquito de semen. Sí, estaba de acuerdo con Carmen, teníamos que rescatar a Mauricio. ¿Pero cómo salvarlo de los deleites máximos de la carne? ¿Cuántos hombres y mujeres en el mundo rezan todas las noches para hallar la pasión de pasiones, aunque sea una vez en la vida, sin importar lo que venga después, así sea la condena eterna. Una sola vez, ¡maldita sea!, y después morir mil veces. ¿Querría, Mauricio, nalgas de por medio, ser salvado? ¿Es que alguien había escuchado su grito de auxilio?

Eso era precisamente lo que apesadumbraba a Carmen, reconocer que el enemigo a vencer no era la juventud de Milka, ni siquiera sus nalgas consistentes de obrera, tampoco la vulgaridad manifiesta, que para algunos hombres resulta un afrodisiaco extra. Era la inocencia de Mauricio, a quien el olor de las pantaletas ajenas dio el mismo resultado que se obtiene con los gatos cuando se les unta manteca en los bigotes.

Aquella tarde entendí mejor a Carmen en su esencia de ser humano, pero para ello fue necesario verla despojada de su disfraz de mujer de mundo, asumiendo una postura casi eclesiástica, como la de los sauces que sollozaban en el patio del internado de mi niñez. Carmen, me lo confió al amparo tibio de una taza de café, sentía un miedo atroz a quedarse sola, a terminar arrumbada en un asilo, olvidada como chatarra en los basureros del tiempo, muy lejos de la belleza detrás de la cual siempre se ocultó y que ahora empezaba a dar muestras de marchitarse. Su vida era una colección de ausencias, humillaciones escondidas y abandonos nunca explicados del todo. No era necesario leer las líneas de su mano, ella presentía que la última oportunidad de llegar a la otra orilla en compañía de un hombre amable se desintegraba como un puñado de ceniza expuesto al viento. Todos sus viajes, joyas y dotes los habría cambiado gustosamente por un gramo de cariño verdadero. En las cordilleras de su vicaria existencia la luz del día empezaba a ocultarse. Por lo menos eso era lo que ella creía. Traté de reanimarla, aduciendo que estaba en la flor de la edad, que si las cosas no daban resultado con Mauricio, más temprano que tarde encontraría a un caballero dispuesto a compartir con ella el pan y la sal.

—Eres un mentiroso adorable, José Luis; creo que tú eres el único que no tiene problemas con nadie, sabes darte a querer; me gustas mucho. ¿No te gustaría compartir el pan y la sal con una vieja como yo? –me dijo, acicalándome cariñosamente el cabello.

—Sabes que no resultaría, soy un hombre infiel por naturaleza, a la primera de cambios te traicionaría, incluso con tus mejores amigas –le respondí.

—Si esas son las cartas que pones sobre la mesa, acepto la partida; podríamos organizar veladas muy interesantes con mis amigas, aunque para ello primero tenga que buscarlas, porque en estos momentos no cuento con ninguna –aclaró.

 

Extracto de: Extraño país de nadie.