La mandrágora en la literatura

Planta extraña, metamorfosis de ahorcados, consoladora de hechiceras lascivias, fertilizadora en ménage à trois bíblicos y con un perfume tan violento que, de acuerdo con Plinio el Viejo, trastorna a quien no sabe olerla, la mandrágora –cuenta la leyenda— se queja cuando la sacan de la tierra y el que la escucha muere

POR Emiliano Pardo-Tristrán*

Planta extraña, metamorfosis de ahorcados, consoladora de hechiceras lascivias, fertilizadora en ménage à trois bíblicos y con un perfume tan violento que, de acuerdo con Plinio el Viejo, trastorna a quien no sabe olerla, la mandrágora –cuenta la leyenda— se queja cuando la sacan de la tierra y el que la escucha muere

MandrágoraMandrake Magic and the Occult (mysteries24.com)

“¿Y si nos ahorcáramos?” —dijo Estragón. “Sería un buen medio para que se nos pusiera tiesa” —dijo Vladimir. “¿Lo hacemos?” —preguntó Estragón excitado. “Con todo lo que sigue. Allí donde eso cae crecen mandrágoras. Por eso gritan cuando las arrancan. ¿No lo sabías?” —dijo Vladimir.

La erección es una de las pistas que usan los médicos forenses para inferir si la muerte del desafortunado fue violenta. Algunos ahorcados no sólo tienen una erección, sino que eyaculan. La antigua creencia que asocia el nacimiento de mandrágoras con los cadalsos, la aprovecha Samuel Beckett para el diálogo que acabo de citar entre Estragón y Vladimir.

Planta de brujas, la mandrágora se queja cuando la sacan de la tierra y el que la escucha muere. Su raíz, homúnculo, la usaban las brujas para masturbarse y embarazarse por medio de hechizos y parir hijos desalmados. El filósofo griego Teofrasto y la Biblia en el “Cantar de los cantares” le atribuyen propiedades afrodisiacas.

Los escritores recrean y mezclan a su antojo lo que hay de cierto y de leyenda en las historias sobre la mandrágora. “Tenéis que saber que no hay nada mejor para dejar preñada a una mujer que hacerle beber una poción de mandrágora”, explica Niccolò Machiavelli a través de Calimaco en su obra teatral La mandrágora. En el Génesis, las hermanas estériles Raquel y Lea, que en la cama se turnan a Jacob –el marido de la primera—, procrean después de ingerir mandrágora.

“¡Ay de mí! ¿No puede ocurrir que, despertando temprano, entre olores repugnantes y gritos como de mandrágora arrancada de cuajo, que enloquece a quien lo oye…?”, señala Shakespeare, a través de Julieta en Romeo y Julieta. Alraune, el vocablo alemán para mandrágora, es el título de la novela de Hanns Heinz Ewers. “Fruto de horca”, añade Julio Cortázar en Rayuela y en el capítulo 126 escribe el “Discurso de la mandrágora”, inspirado en la novela Isabel de Egipto de Achim Von Arnim. Jorge Luis Borges dedica un relato a la mandrágora en El libro de los seres imaginarios y la compara con el Borametz, un helecho que pare corderos.

Aunque mucho antes había leído la obra de Beckett, fue en 2006, en el Centro Annenberg de la Universidad de Pensilvania, cuando vi la representación de Esperando a Godot. Desde entonces mi curiosidad por esta planta extraña, metamorfosis de ahorcados, consoladora de hechiceras lascivias, fertilizadora en ménage à trois bíblicos y con un perfume tan violento que, de acuerdo con Plinio el Viejo, trastorna a quien no sabe olerla. “El olor de las hojas es tan fuerte que suele dejar mudas a las personas”, abunda Borges.

 

*Compositor y guitarrista

 

Tomado de: Panamá América. Agosto 23, 2015.