Marcel Schwob, el escritor adorado por los surrealistas

Los libros de Schwob tuvieron un decisivo ascendiente entre los surrealistas, con André Breton a la cabeza. Impugnó las tesis de Zola acerca de la novela. Frente a los consejos de éste, que predicaba que el autor debía desaparecer en el anonimato para hacer un análisis fiel de la realidad, Schwob señalaba que lo que de verdad interesa es el individuo

POR Colpisa

Los libros de Schwob tuvieron un decisivo ascendiente entre los surrealistas, con André Breton a la cabeza. Impugnó las tesis de Zola acerca de la novela. Frente a los consejos de éste, que predicaba que el autor debía desaparecer en el anonimato para hacer un análisis fiel de la realidad, Schwob señalaba que lo que de verdad interesa es el individuo

SurealistAndré Breton: No ha lugar (trianarts.com)

Madrid. Fue un escritor de culto y aún lo sigue siendo. Marcel Schwob (Chaville, 1867-París, 1905) pertenece a esa raza de literatos que han influido poderosamente en los colegas que les sucedieron. Sólo así se comprende que un autor minoritario fuera adorado por Borges, Faulkner, Cunqueiro o Bolaño. Pese a ser un escritor poco conocido, sus textos han resistido el olvido durante 100 años. Schwob inventó un género a caballo entre lo imaginario y lo erudito, entre lo novelesco y lo real que anticipa y allana el camino de lo que sería luego el realismo mágico. La editorial Páginas de Espuma ha recopilado en un grueso volumen todos los cuentos de Schwob, traducidos y editados por Mauro Armiño.

Los libros de Schwob tuvieron un decisivo ascendiente entre los surrealistas, con André Breton a la cabeza. El creador de Vidas imaginarias, cuya estructura sería luego copiada por Borges para alumbrar Historia universal de la infamia, impugnó las tesis de Zola sobre la novela. Frente a los consejos de éste, que predicaba que el autor debía desaparecer en el anonimato para hacer un análisis fiel de la realidad, Schwob optó por lo contrario. Porque lo que de verdad interesa a Schwob es el individuo, “una esencia única que flota por encima de los acontecimiento históricos”, como señala Mauro Armiño en el prólogo.

El autor de Corazón doble nació en una antigua familia de rabinos, médicos, docentes y eruditos historiadores. Su padre había frecuentado el círculo literario de Théodore de Banville y Théophile Gautier y era además dueño y director del diario Le Phare de la Loire, editado en Nantes. Su tío materno Leon Cahun, un reputado orientalista, conservador de la Biblioteca Mazarine y autor de novelas de aventuras, ejerció un papel determinante en la forja de su vocación literaria. Fue en ese ambiente familiar de los Cahun donde nació su amor por el orientalismo, las culturas antiguas, la Edad Media y la literatura inglesa.

Su producción literaria más relevante apareció en apenas seis años: Corazón doble (1891), El rey de la máscara de oro, Mimos (1893), El libro de Monelle (1894), Spicilège (1896), La cruzada de los niños y Vidas imaginarias (1897). En esos años vivió de una forma frenética entre el periodismo y la mundanidad. Como estrella emergente de la literatura del momento, asistió a las tertulias de moda, entre ellas la de Mallarmé; entre sus amigos figuraban Colette, la actriz Rachilde y Oscar Wilde, al tiempo que se codeaba con políticos de relumbre como Clemenceau y Poincaré, Barrés y Maurràs. Entretanto, la enfermedad minaba progresivamente su salud. Esta circunstancia y otros empeños apenas le dejaron tiempo para escribir más relatos.

 

Burlar la muerte

En 1901 se casó en Londres con la actriz Marguerite Moreno. Con ella vivió una pasión tan desmesurada que llegó a escribir: “Estoy enteramente a discreción de Marguerite Moreno y ella puede hacer de mí lo que le plazca, incluso matarme”. Para despistar a la muerte, Schwob se entregó en los postreros años de su vida a hacer viajes a Samoa y a San Agnello de Sorrente, pero la Vieja Dama le persiguió hasta cobrar su pieza el 26 de febrero de 1905. Tenía sólo 37 años. Su tumba está al lado de su tío León Cahun, quien le encaminó hacia las dos pasiones de su vida: la erudición y las culturas antiguas.

En sus piezas breves se aprecia la impronta de Poe y su atracción por el horror, así como la de Stevenson, con la aparición de elementos recurrentes como la aventura, los temas marinos y los tipos que viven al margen de la ley. Pese a esas concomitancias, Schwob acuñó un universo narrativo y un estilo propios. Muchos de sus cuentos son obras maestras. Ahí están Los sin cara, Las puertas del opio, La muerte de Odjigh, Las embalsamadoras, La ciudad dormida o El hombre velado. Pero de entre todos ellos, destaca La cruzada de los niños. Mediante ocho monólogos se cuenta la desgraciada suerte de dos columnas de niños que, animados por las ardientes prédicas de monjes goliardos, partieron en el siglo XIII de Flandes, el norte de Alemania y Francia hacia Jerusalén para liberar el santo sepulcro. En Alejandría los niños fueron asesinados, reclutados como esclavos o destinados a harenes y burdeles.

Sus amigos le tenían por una biblioteca andante. No en vano era un hombre poseído por una curiosidad febril. Leía compulsivamente, sin método ni orden. Todas las novedades de sus contemporáneos le interesaban, una erudición que trasladó a sus textos, lejos de los excesos decadentistas y simbolistas.

 

Tomado de: Diario de Navarra. Diciembre 21, 2015.