Café con Frankenstein

Mientras la ciencia progresa y las preguntas siguen sin respuesta, cada generación involuciona en el diseño de herramientas que deberían mejorar nuestra calidad de vida. Pero hay algo que permanece: dentro nuestro existe la capacidad de crear el bien y también la destruir. No hay peor héroe ni enemigo que nosotros mismos. Somos nuestro propio monstruo

POR Laura Ventura

Mientras la ciencia progresa y las preguntas siguen sin respuesta, cada generación involuciona en el diseño de herramientas que deberían mejorar nuestra calidad de vida. Pero hay algo que permanece: dentro nuestro existe la capacidad de crear el bien y también la destruir. No hay peor héroe ni enemigo que nosotros mismos. Somos nuestro propio monstruo

ByronLord Byron 45 Famous Lord Byron Quotes (nlcatp.org)

Prometeo, Ícaro y Frankenstein. Tres hombres y uno mismo a la vez. Con las mejores intenciones, el titán, el arquitecto y el científico desafiaron a los dioses y cruzaron un peligroso umbral. Desde entonces penan su culpa como advertencia para el resto de los mortales, condenados por su soberbia y osadía por el resto de la eternidad. Mucho más que personajes, auténticos mitos, cada cultura se aproxima o aleja de estas almas intrépidas cuyos rugidos jamás pasan inadvertidos. Hoy es el producto de la inteligencia e imaginación de Mary Shelley quien nos increpa con más insistencia. En cine, televisión y como novedad literaria, Frankenstein parece haber vuelto para quedarse.

Un joven saludable de fines del siglo XVIII, criado con dedicación y dulzura en la cuna de una familia rica, poseedor de un amor correspondido y de amistades entrañables, se obsesiona con un proyecto que lo conduce a la enfermedad psíquica y física. En una era donde Luigi Galvani comenzaba a experimentar con electricidad para reanimar animales, el científico novato logra una épica tarea: lograr la vida después de la muerte. Cuando comprueba su monstruosa creación, una vez satisfecha su ardiente curiosidad –el fuego y el esqueleto de metáforas en torno a este elemento es clave para comprender el texto— huye y abandona su laboratorio para regresar a su vida apacible. Aquel engendro confeccionado con retazos de muertos lo acechará durante toda su existencia y asesinará a su paso todo aquello que su creador, Victor Frankenstein, ama.

Como burla de una ficción torrencial que invoca a aquellos que trasgreden los límites, la revancha del monstruo –del latín monstrare, que significa mostrar o exhibir— se da en la realidad, allí donde se apropia hasta del nombre de su padre. De ahí la confusión en la que muchos llaman con este apellido suizo al monstruo. Isaac Asimov se refería al protagonista de esta novela como un aprendiz del brujo, es decir, aquel que podía crear vida, pero no controlar su creación. Algunas interpretaciones incluso equiparan esta historia con nuestra existencia en la que Dios, desencantado con su obra, abandonó a los hombres en un mundo de violencia y crueldad.

El anatomista gótico, como un ánima en pena, ronda nuestras vidas. Toma cuerpos y rostros prestados y nos advierte. Penny Dreadful, la serie de HBO producida por el mismísimo Sam Mendes (ganador como director de los premios Oscar, Laurence Olivier y Globo de Oro) es la mente detrás de esta historia donde aparece el doctor Frankenstein como personaje. La cadena Fox hizo su propia relectura de este clásico en una serie que verá en las próximas semanas. Inicialmente bautizada Frankenstein Code, y luego Lookinglass, llevará el nombre de Second Chance.

Es probable que los cambios –especialmente el primero—se deban a la necesidad de que el espectador no confundiese esta propuesta con la miniserie que este año estrenó A&E, The Frankenstein Chronicles, protagonizada por Sean Bean, el actor que encarnó a Lord Stark en Game of Thrones. Y en cine fue estrenada a fines de noviembre último Victor Frankenstein, la adaptación del cine británico protagonizada por James McAvoy y Daniel Radcliffe.

El atractivo por esta estética y estos personajes no está sólo presente en el cine y la TV. En España, el escritor y editor Fernando Marías fundó Hijos de Mary Shelley, una plataforma multidisciplinaria que reúne a más de 150 autores y artistas que exploran esta atmósfera: “La fascinación y el interés universal por el monstruo y su creador –explica Marías— aparecen, no porque sea una novela de terror, sino porque trata sobre el miedo a la soledad del ser humano. El monstruo podríamos ser nosotros, cualquiera de nosotros. Resulta muy curioso porque a estos autores y a mí el monstruo nos despierta ternura. Horror más ternura: ahí está la clave.”

Así como el demonio, otro de los epítetos con los cuales llamaba el galeno a su creación, poseía miembros de distintas personas, la fábula de Frankenstein está edificada sobre otros mitos occidentales: fragmentos de El Paraíso perdido de Milton; la figura de Prometeo, aquel que crea al hombre de la arcilla y le roba el fuego a los dioses para que estos pudiesen evolucionar como especie; los golem de las leyendas judías que tanto fascinaban a Kafka y a Borges; y la historia de El banquete de Platón, extendida en su versión cursi, sobre aquel hombre original de cuatro piernas y brazos, condenado a buscar a su otra mitad. En esta novela donde prima el tópico del doble, el monstruo y el científico, oscilan en su rol de perseguido y perseguidor.

 

Inspirado en un poeta

Byron_2Light & Storm. The Art of Dirk Berger (www.lightandstorm.com)

La historia de la concepción de esta obra de arte es tan fascinante como la obra en sí. El colombiano William Ospina publicó hace unos meses El año del verano que nunca llegó, que regresa a esa temporada de 1816 en Villa Diodati, Ginebra, a orillas del lago Lemán, donde se reunieron las mentes más brillantes del romanticismo. Un raro fenómeno meteorológico que comenzó con un tsunami en Indonesia cambiaría el clima del planeta. En esos días de frío glaciar, aquellos jóvenes se propusieron levantar la temperatura y sus pulsaciones, primero, leyendo historias traducidas del alemán al francés de la revista Fantasmagoriana y, luego, narrando sus propias historias de terror; allí pusieron en ebullición su creatividad. Ken Russell llevó al cine este histórico encuentro en 1986 en Gothic, con Gabriel Byrne y Natasha Richardson. El poeta Lord Byron, tildado de libertino en Inglaterra, se había debido instalar en Suiza con su médico John Polidori –quien escribió por entonces la versión más cercana que tenemos de aquel relato de vampiros que luego mutaría en Drácula, El vampiro.

Una noche llegaron de visita Percy Shelley, con Mary Wollstonecraft, su mujer de 18 años (más tarde adoptaría para siempre su apellido de casada), y la hermanastra de esta última Claire Clairmont, quien tendría luego un hijo con Byron, máxima celebridad de la Inglaterra de entonces. “En ese monstruo del siglo XIX se advierte la influencia, la presencia de Byron –explica Ospina. Byron jugaba continuamente a ser un ángel y un demonio. Irradiaba como un fulgor diabólico. Su tremenda energía de hombre y de artista fascinaba a sus contemporáneos, y por supuesto, mucho más a sus contertulios. Así como Polidori, al escribir El vampiro, estaba haciendo un retrato o una caricatura de Byron, yo creo que también Mary al concebir su monstruo obedeció a ese clima fantástico y a ese sobresalto que Byron producía. Todo lo que ocurrió en Villa Diodati aquellos días nació a la sombra de Byron, y fue suya la ida de dedicar aquella noche a escribir historias de terror”.

Mary Shelley, hija de una feminista notable de la época y del célebre autor William Godwin, decidió extender la trama de Frankenstein o el moderno Prometeo, tal es su título original, hasta dar forma a la célebre novela. Tras esa estancia en Suiza, en Bath, con un bebe de pocos meses, la joven comenzó a escribir este relato. Y a sus 20 años, y nuevamente embarazada, concluyó esa aventura. En simultáneo nacía su segundo hijo, su fama internacional y un género literario: la ficción científica [la Academia desestima el uso de ciencia ficción, pues la traducción exacta al español es la señalada y no la popularizada].

En una galaxia machista fue Percy Shelley quien negoció el contrato de su mujer con la editorial, quien en las palabras introductorias firma como The Author para ahuyentar la misoginia (el inglés permite esa no definición de hombre o mujer).

En 1818, una pluma anónima salía de la penumbra hacia la luz. “Creo que Mary Shelley supo captar bien una de las grandes preguntas de su tiempo, que sigue siendo una pregunta angustiosa de nuestra época: si es posible la vida artificial, y si las criaturas engendradas por la ciencia terminarán rebelándose contra sus creadores, como en los mitos de Prometeo o del aprendiz de brujo. La historia estuvo siempre llena de Adanes y de golems, pero a partir de la Revolución industrial ese sueño se volvió un desafío científico, y el robot es el hijo dilecto de la ciencia ficción. La era industrial, la revolución científica y la revolución tecnológica merecían su monstruo, y Mary logró algo más importante que crear un personaje literario: crear un ser que pronto escaparía de la literatura y se convertiría en parte de nuestras vidas, en un verdadero mito de esta edad del mundo”, señala Ospina.

 

Byron_3Frankenstein Wallpaper (www.wallpapervortex.com)

El terror perenne también persiste gracias a las numerosas versiones que el cine ha hecho de esta criatura. La más famosa es la trilogía de Universal protagonizada por Boris Karloff: Frankenstein (1931), La novia de Frankenstein (1935) y El hijo de Frankenstein (1939). Luego vendría Frankenstein y el hombre lobo (1943), con Bela Lugosi y Lon Chaney Jr. y varias versiones más hasta la famosa parodia de Mel Brooks, con Gene Wilder, El joven Frankenstein (1974), que inspiró además el musical. Kenneth Branagh realizaría su propia versión en 1994, una de las más fieles, protagonizada por él mismo y por Robert De Niro, como el monstruo. Con sus bemoles y otras máscaras, El joven manos de tijera, de Tim Burton expone los peligros de la ciencia y la soledad.

 

El enemigo en nosotros

Nada es absoluto en este milenio, y en esa escala de grises los autores comenzaron a hacer su relectura de estos limbos. No existen dos mundos ni polos distantes, uno de ellos, el Hades, incomprensible para los humanos, sino que ambos conviven. Zombis en Alabama y también en el polo norte medieval, revenants, quienes tras su resurrección regresan a la Tierra como si hubiesen sido sumergidos en el río Leteo, y también, perplejos –los leftovers— en busca de explicaciones. Detrás de estas series de TV hay creadores de la talla de Tom Perrotta y Emmanuel Carrère (como uno de los guionistas de The Revenants, y en Bravoure, donde bebe de Frankenstein).

Mientras la ciencia progresa y las mismas preguntas siguen sin respuesta, cada generación involuciona en el diseño de herramientas que deberían mejorar nuestra calidad de vida. La ambición, los instrumentos para ejercer la violencia y el control de nuestra intimidad se perfeccionan. Pero hay algo que permanece igual: dentro nuestro existe la capacidad de crear el bien y también la destruir. No hay peor héroe ni enemigo que nosotros mismos. Somos nuestro propio monstruo.

 

Tomado de: La Nación (Argentina). Diciembre 20, 2015.