“Los raros” que Rubén Darío admiraba

En Los Raros, publicado en 1896, Darío recopila una serie de semblanzas de autores admirados por él. Más que ensayos sobre la vida y obra de cada escritor, mezcla la crítica literaria y la semblanza de forma novedosa, usando un lenguaje que se introduce debajo de la piel de las cosas para darles nuevos significados y desenterrar lo que deba denunciarse

POR Franklin Caldera

En Los raros, publicado en 1896, Darío recopila una serie de semblanzas de autores admirados por él. Más que ensayos sobre la vida y obra de cada escritor, mezcla la crítica literaria y la semblanza de forma novedosa, usando un lenguaje que se introduce debajo de la piel de las cosas para darles nuevos significados y desenterrar lo que deba denunciarse

Darío

Un Darío diferente: diecinueve raros y una rara. La inmensidad de la obra poética de Darío, tiende a oscurecer su no menos voluminosa obra en prosa. Los Raros (Buenos Aires, 1896; Barcelona, 1905), colección de 20 ensayos sobre escritores europeos y americanos (casi todos contemporáneos del autor), es un libro fundamental, poco leído entre los nicaragüenses.

Para ser apreciadas en su verdadero valor, estas crónicas exigen (como escribiera Rubén sobre la obra de Jean Moréas) “cierto esfuerzo de intelecto; cierta iniciación estética”.

Los raros sitúa a Darío entre los grandes prosistas de su época (Castelar, De Amicis, Martí), con dosis adicionales de creatividad proveniente de la influencia simbolista.

Nuestros mejores prosistas (Salomón de la Selva, Coronel Urtecho, Pablo Antonio Cuadra) empleaban un estilo claro y profundo, ocasionalmente cercano a la prosa poética, similar al empleado por Rubén en su Autobiografía, Azul y en sus crónicas literarias y periodísticas. Pero calificar de prosa poética el estilo de Los raros no hace justicia a su complejidad.

Más que ensayos sobre la vida y obra de cada escritor, Los raros mezcla la crítica literaria y la semblanza de forma novedosa, usando un lenguaje que se introduce debajo de la piel de las cosas para darles nuevos significados y desenterrar lo que deba denunciarse.

 

Autorretrato inconsciente de un genio

Asombran al lector la inmensa cultura de Darío (que abarcaba, desde los grandes clásicos hasta escritores menores); y el descubrimiento paulatino de elementos autobiográficos ocultos en cada semblanza. Los raros es el autorretrato inconsciente de un genio ante un espejo de reflexiones múltiples.

Los capítulos más interesantes no son los dedicados a los consagrados: Poe (“uno de esos divinos semilocos necesarios para el progreso humano”), Leconte de Lisle (“pontífice del Parnaso”), Verlaine (“atormentado por el sentido católico de la culpa”), Ibsen (“legendario habitante del reino polar”) y Martí (“al que llama maestro”).

Es en los capítulos dedicados a los escritores menos conocidos donde encontramos el corazón vivo del autor; trozos de su cerebro ante las puertas del purgatorio; su lengua partida discutiendo con el diablo de Hannon: “De frac y ‘monocle’, moderno, civilizado, refinado, morfinómano, sadista, maldito, más diablo que nunca”.

Darío exalta la labor periodística de Paul Adam, reflejo de su propia escritura en prensa.

De acuerdo con Camille Mauclair, Adam opuso la fuerza creadora a la destrucción, la fecundidad al nihilismo de la guerra, el internacionalismo al chauvinismo, los conflictos de clase a los conflictos de naciones”.

Como Villiers de l’Isle-Adam (“un excelente mal poeta”), Rubén tuvo “un amor desgraciado, una ilusión dulce y pura que se llevó la muerte” y como compañera a “una pobre muchacha inculta con la cual había tenido un hijo”.

 

La rara

Con Rachilde (“la rara”), la Anticristesa (Aubrey d’Aurevilly la llamó distinguida pornógrafa), Darío compartió “una desconocida u olvidada lujuria: sus libros sólo los deberían de leer los sacerdotes, los médicos y los psicólogos”; y en los centauros de Fra Domenico Cavalca, encontró a sus propios centauros: “mezzo uomo e mezzo cavallo”.

El catolicismo, inestable en Darío, hermana al poeta con Léon Bloy (católico, apostólico, romano, intransigente, acerado y diamantino), víctima de la dictadura de lo políticamente correcto: “La fama no prefiere a los católicos”.

El conde de Lautréamont “nació con la suprema llama genial y ella misma lo consumió”; Max Nordau tomó el pulso del estado patológico de su edad: “tengo que anunciaros una noticia, señores míos, y es que todos estáis locos” (después de leer a Lombroso, a Darío le resultaba que “unos por fas, otros por nefas, todos mis prójimos eran candidatos al manicomio”).

Los Raros concluye con una conferencia sobre Eugenio de Castro, ambientalista: “El humo de las fábricas ya oscurece el aire; en breve dejaremos de ver el cielo”.

El legado

La mezcla de creatividad, desborde pasional y erudición de Los raros ha inspirado a pocos de nuestros escritores. Hay mucho de este legado en el desgarro poético de Marta Leonor González; en los cuentos de Edwin Yllescas (sin lograr la claridad del maestro); en las crónicas de cine (auto-psicoanalíticas) de Ramiro Argüello Hurtado (desaparecido por decisión propia como Lawrence de Arabia); y en los relatos y ensayos de Erick Blandón Guevara (verdaderos retos al cerebro) y Santiago Molina (un esteta).

Desde niño me he empapado de libros; de Homero y Cervantes a bestsellers del siglo XX. Pocos me han impactado, sorprendido y deleitado tanto como Los Raros.

 

Tomado de: La Prensa (Nicaragua) Marzo 2, 2016.