Por si lamentas que tu vida no es un cuento de hadas

La felicidad a la que aspiramos, que nos embelesó de niños y nos embelese de adultos, tiene un origen común: el cuento infantil. Las tribulaciones comienzan cuando no superamos algunos estadios de la infancia, y más problemático cuando están marcados por los candores de los cuentos de la infancia y el hogar

POR Opera Mundi

La felicidad a la que aspiramos, que nos embelesó de niños y nos embelese de adultos, tiene un origen común: el cuento infantil. Las tribulaciones comienzan cuando no superamos algunos estadios de la infancia, y más problemático cuando están marcados por los candores de los cuentos de la infancia y el hogar

A partir de que en el siglo XVII el francés Charles Perrault comenzó a gobernar en el país de los cuentos de hadas, prácticamente se excluyó de dichas narraciones el amargo sabor de boca que dejaban los finales infelices en el lector. Desde entonces, es en el cuento de hadas donde podemos encontrar una sentencia que a la luz de todos los avatares del presente resulta más ilusoria que la comparecencia de un duendecillo en el Congreso de la Unión. No referimos, por supuesto, al texto que sirve de colofón a los cuentos para niños: “Y vivieron por siempre felices”.

La felicidad a la que aspiramos (por demás, imposible de alcanzar), que nos embelesó de niños y nos embelese de adultos, tiene un origen común: el cuento infantil, el de hadas, la canasta de cuentos de la Mamá Oca. Estas narraciones con consistencia de algodón de azúcar, afortunadamente para muchos de nosotros no son más que una remembranza de tiempos un poquito más que pretéritos. De adulto, lo que cuenta es la corrección y la solemnidad. No te saltes ninguno de estos dos pasos y estoy seguro de que tú serás la envidia de todos en la oficina, el Godínez que llegará más lejos que cualquier compañero de tu generación de preparatoria, que por otro lado es la escolaridad mínima obligatoria para la generalidad de los hombres “maduros” de la burocracia pública y privada, la misma que asiste cada fin de semana con sus amigos al antro, pero que los domingos, con el mismo rigor, llegan puntuales a la misa de las 9 de la mañana.

Las tribulaciones comienzan cuando, ya maduritos, no superamos algunos estadios de la infancia, y más problemático cuando éstas están marcados por los candores de los cuentos de nuestra infancia y de nuestro hogar. De hecho, ese conjunto de problemas, es decir, síndromes, tienen nombre y cita en los consultorios psiquiátricos.

El Síndrome de Rapunzel, por ejemplo, remite a las personas que convierten sus cabellos en un exquisito manjar. La tricofagia, como se conoce a esta enfermedad, puede tener consecuencias abominables: la acumulación de bolas de pelo en el estómago e intestinos, al grado de ocasionar que se forme una cola entre ambos. Está por demás decirlo, pero esta conducta es propia de personas con con trastorno de personalidad.

Los síndromes de Huckleberry Finn y de Peter Pan son tan parecidos que bien pudieran ser hermanos.

Quien padece el de Huckleberry Finn tiende a mostrar una conducta infantil que evade cualquier tipo de responsabilidades. Tiene entre otros trastornos un autoestima a ras de suelo y padece generalmente depresión, factores que producen inestabilidad laboral.

El síndrome de Peter Pan, en el que los hombres son los principales protagonistas de la obra, se reconoce por inmadurez social y emocional, aunque también por la incapacidad a asumir responsabilidades. Por cierto, el personaje de Wendy también tiene su representación en la lista de los síndromes y se expresa en las mujeres que expresan una necesidad excesiva de complacer al otro, que usualmente es la pareja o los hijos.

Síndrome de Alicia en el País de las Maravillas. En este caso, la gente que lo padece tiene una visión distorsionada del tamaño de las cosas, de la forma y ubicación de los objetos, así como las personas y el tiempo. Su visión se altera con imágenes múltiples, además de en ocasiones no percibe los colores o son incapaces de reconocer los rostros.

Síndrome de la Bella Durmiente o síndrome de Kleine-Levin se caracteriza por la somnolencia excesiva, misma que puede durar días o meses, lapsos en los que el afectado duerme todo el día, con sus respectivas pausas para comer o ir al baño.

FOTO: Cuando un niño deja de leer, la imaginación muere poco a poco (loussl.wordpress.com)

Con información de: “Cinco síndromes de cuentos de hadas”. Redacción Su Médico. Julio 18, 2016.