Anestesia: una historia de dolor y de descubridores olvidados

El 7 de noviembre de 1846, William Thomas Green Morton fue obligado a revelar el nombre del gas que se administraría a un paciente al que amputarían una pierna. Al decir “Éter sulfúrico” se volatilizaron sus sueños de patentar un procedimiento que a partir de entonces comenzó a utilizarse regularmente para conseguir la “falta de sensibilidad”

That so unlikely an outcome should accru by William Thomas Green (likesuccess.com)

POR Walter Ego

El 7 de noviembre de 1846, William Thomas Green Morton fue obligado a revelar el nombre del gas que se administraría a un paciente al que amputarían una pierna. Al decir “Éter sulfúrico” se volatilizaron sus sueños de patentar un procedimiento que a partir de entonces comenzó a utilizarse regularmente para conseguir la “falta de sensibilidad”

El 16 de octubre de 1846, el doctor John Collins Warren, jefe de cirugía del Hospital General de Massachusetts, en Boston, le extirpó un tumor del cuello a Gilbert Abbott, un joven de 20 años, sin que éste sintiera dolor alguno.

Fue una cirugía practicada frente a un grupo de médicos del nosocomio y de un dentista llamado William Thomas Green Morton, quien previamente había hecho que el paciente aspirara por la boca los vapores provenientes de una esponja resguardada en una esfera de vidrio que lo sumieron en un apacible sueño.

“Señores, esto no es un engaño”, explicó un emocionado Warren al terminar la que hoy se considera la operación que marca el comienzo de la anestesiología moderna, inicio también del calvario de aquel dentista iluminado que libró a la humanidad del dolor a costa de su propio sufrimiento.

Un par de años antes, Horace Wells, colega y, por un tiempo, socio de Morton, había reparado en que el óxido nitroso, un gas incoloro y dulzón que por aquellos días se usaba como divertimento por el estado de euforia que causaba su inhalación, provocaba también que las personas en esa situación no sintieran dolor cuando se golpeaban accidentalmente, por lo que pensó que sería útil en el campo de la odontología. Tras hacerse sacar un diente bajo los efectos del óxido nitroso, Wells comenzó a usarlo exitosamente en sus pacientes; sin embargo, cuando en 1845 decidió realizar una demostración en el Hospital General de Massachusetts, una mala administración del mismo provocó que el paciente gritara de dolor y que Wells perdiera todo crédito profesional al punto de abandonar para siempre la odontología.

Entretanto, William Thomas Green Morton había sido aconsejado por el doctor Charles Thomas Jackson, antiguo tutor suyo, para que probara los efectos aletargantes del éter sulfúrico en vez del óxido nitroso. El 30 de septiembre de 1846, tras ensayos previos con diferentes animales y en sí mismo, le extrajo una pieza infectada a un paciente aquejado de un fuerte dolor de muelas. Desde aquel día, un agradecido Eben Frost, músico de profesión, se convirtió en la prueba viviente del éxito de Morton, quien sabía, no obstante, que el verdadero valor de su procedimiento estaba en el campo de la cirugía. De ahí que se dedicara a perfeccionarlo hasta considerarlo seguro. Entonces solicitó al doctor John Collins Warren hacer una demostración en el Hospital General de Massachusetts.

El éxito logrado llevó a Morton a intentar patentar su procedimiento para conseguir la insensibilidad en los pacientes quirúrgicos. En ese sentido necesitaba mantener en secreto el nombre del gas con el que la conseguía, al que llamaba letheon en alusión al río Leteo, que en la mitología griega provocaba un olvido total a quienes bebían de sus aguas.

Anestesia_2William Thomas Green Morton (www.britannica.com)

Sin embargo, el 7 de noviembre de 1846, antes del inicio de una operación realizada por el cirujano Henry Jacob Bige Low, un grupo de médicos exigió que Morton revelara el nombre del gas o impedirían que se le administrara a la paciente, a la que iban a amputarle una pierna. “Éter sulfúrico”, dijo el dentista, quien vio esfumarse así, con la misma volatilidad que el compuesto químico, sus sueños de patentar un procedimiento que a partir de entonces comenzó a utilizarse regularmente para conseguir ese estado que el poeta norteamericano Oliver Wendell Holmes, en carta dirigida a Morton el 21 de noviembre de 1846 habría de llamar con el nombre que hasta hoy se le conoce: “anestesia” (falta de sensibilidad).

Aquella contrariedad fue el inicio de una larga lucha por establecer a quién correspondía la verdadera paternidad del procedimiento. La disputa legal sobre el tema fue impulsada por el doctor Charles Thomas Jackson, quien se consideraba el inventor del método por haber inducido a Morton a experimentar con éter en vez de óxido nitroso. Jackson, sin embargo, no pudo aportar prueba alguna de haber experimentado acerca de los efectos narcóticos del éter, mucho menos haberlo empleado en alguna operación. Además, tenía que enfrentar el reclamo de otra persona que pretendía ser considerado el pionero en el uso de sustancias capaces de eliminar el dolor durante una operación: el dentista Horace Wells.

Las demandas de Wells apenas si fueron atendidas. Se le recordó su sonado fracaso en Hospital General de Massachusetts y que solamente había experimentado con el óxido nitroso. El nuevo revés lo volvió adicto al cloroformo, una sustancia que si bien era capaz de insensibilizar a una persona, y por ello comenzaba a utilizarse en el campo de la cirugía a la par del éter, poseía efectos alucinógenos poco estudiados. Un mal día, bajo los efectos de la misma, Wells desfiguró a dos prostitutas a las que arrojó ácido sulfúrico en el rostro. En la cárcel en la que fue confinado, una vez recobrada la lucidez cuatro días después, se suicidó al percatarse de lo que había hecho: se tajó la arteria femoral no sin antes inhalar cloroformo por vez postrera para eliminar el dolor.

La muerte de Wells el 24 de enero de 1848 no supuso el fin de los problemas de Morton. Un médico de Georgia, Crawford Williamson Long, reclamaba para sí el mérito de haber realizado antes que nadie una operación sin dolor el 30 de marzo de 1842, cuando extirpó un tumor del cuello de un paciente insensibilizado con éter.

Animado por Jackson, quien fue capaz de ensalzarlo con tal de desacreditar a Morton, aunque ello supusiera eclipsar su propia gloria, Long batalló durante años para que se reconociera su carácter de pionero en el campo de la anestesiología. Ciertamente lo fue. Su único pecado estuvo en no haber divulgado a tiempo su trabajo. Cuando murió, el 16 de junio de 1878, viejo y pobre, su rol de adelantado en el campo de la anestesiología apenas si era reconocido. Por su parte, el doctor Charles Thomas Jackson hizo del litigio contra Morton una obsesión demencial que lo llevó a la bebida y a la muerte, la cual le alcanzó el 28 de agosto de 1880 en un manicomio. Su único y triste triunfo fue ver que William Thomas Green Morton murió antes que él, víctima de un derrame cerebral, el 15 de junio de 1868, empobrecido por más de 20 años de un absurdo litigio que hizo del descubrimiento de la anestesia un doloroso calvario para quienes, más que el sufrimiento, merecieron compartir, conforme a sus aportes, las palabras inscritas en la tumba de Morton:

[…] Antes de él la cirugía era una agonía […]

Tomado de: Sputnik. Febrero 24, 2014.