De los jodidos de Azcárraga a la ‘naquez’ de Alvarado

En tiempos de redes sociales y flujo enorme de información y textos, todos a final de cuentas debemos cuidar nuestras expresiones, que no las estamos emitiendo para nosotros mismos ni en la más recóndita intimidad de nuestro hogar, sino que las exteriorizamos y compartimos y, con ello, podemos quedar expuestos y vulnerables a cualquier crítica

Funeral de Juan Gabriel será en Juárez: familia (elbigdata.mx)

POR Teófilo Huerta

En tiempos de redes sociales y flujo enorme de información y textos, todos a final de cuentas debemos cuidar nuestras expresiones, que no las estamos emitiendo para nosotros mismos ni en la más recóndita intimidad de nuestro hogar, sino que las exteriorizamos y compartimos y, con ello, podemos quedar expuestos y vulnerables a cualquier crítica

Primero fueron los jodidos –entiéndase la clase popular— el centro de la discusión, ahora lo son los nacos –mismo estrato— el objeto de una debatible mención.

En el primer caso, el calificativo corrió a cargo del entonces presidente de Televisa, un medio privado (aunque siempre cabe la aclaración de tratarse tan sólo de un dueño de una concesión y, por tanto, de un bien finalmente público), con la independencia propia de un jerarca mediático. En el segundo caso, la referencia fue propinada por un funcionario público.

Sin ser disculpa, el dueño de la concesión lo es de la programación que configura y de sus fines prioritariamente de lucro a través de su comercialización y entretenimiento. Mientras tanto, el funcionario es un servidor público que se debe por completo a la institución que representa y a su auditorio.

Ambos entes, pertenecientes a la clase acomodada, no escatimaron su léxico para menospreciar a una clase opuesta a la suya y en emplear abiertamente expresiones peyorativas, hoy entendidas como discriminatorias. Uno lo hizo para subrayar que los contenidos elementales de la programación ofertada por su empresa iban dirigidos a dicha clase; el otro para marcar distancia desde su elitismo intelectual.

Azcárraga Milmo fue muy directo al expresar su opinión y quedó grabado en la memoria colectiva como una mera referencia a que la televisión que hacía era para jodidos, siendo que el contexto en el que fue dicho abarcaba realmente hasta una crítica al sistema o realidad social. Dijo el apodado El Tigre: “México es un país de una clase modesta muy jodida, que no va a salir de jodida. Para la televisión es una obligación llevar diversión a esa gente y sacarla de su triste realidad y de su futuro difícil”. Quiso retratar una situación verídica de las difíciles circunstancias económicas de la población y desde su posición erigirse como un dador de satisfacción espiritual a partir de una diversión gratuita y, además, desde “arriba” congraciarse al revalorar la dignidad de la clase popular: “contraria a la que se paga por cualquier espectáculo, la clase modesta, que es una clase fabulosa y digna, no tiene otra manera de vivir o de tener acceso a la distracción más que la televisión”. No obstante, no reparó en endilgarle a dicha clase el peyorativo epíteto de “jodida”, con lo cual dio al traste, o parafraseando jodió su propio dicho para la posteridad.

Nicolás Alvarado por su parte, además de que como lo reconoció posteriormente, no fue oportuno en su declaración cuando aún transcurría el duelo efervescente por el cantautor Juan Gabriel, tampoco fue fino en su decir, pues más allá de su crítica al ídolo –a todas luces legítima en cuanto pensamiento personal— envolvió tanto a la grey homosexual como a la popular al emplear sin mayor reparo la expresión “no por jotas sino por nacas” para calificar unas simples lentejuelas, parte del acostumbrado vestuario del artista. Fueron esos dos adjetivos los que, dichos así, resultaron lesionar sensibilidades, además de la abierta confesión del periodista de ser “clasista”.

Ambos comunicadores, por más criticables que puedan ser sus argumentos, tuvieron en su momento el legítimo derecho de expresarse. Azcárraga lo hizo en los años 90, en un tiempo en que todavía no se desencadenaba la apasionada defensa de los derechos humanos, la tolerancia y el derecho a la diversidad que hoy priva. Alvarado se atrevió a hacerlo en pleno siglo XXI. Pero finalmente, también en el mismo terreno de la tolerancia, ha sido su pensar y ese no puede moldearse al gusto de los demás. No obstante, ambos personajes han tenido una posición de poder por los medios bajo su tutela y podría esperarse de ellos mayor mesura y, sobre todo, categoría –máxime si justamente ellos se han jactado de tenerla.

Creo que a final de cuentas a Azcárraga le faltó estilo como empresario. Mientras que a Alvarado le faltó visión y sensibilidad acerca de su papel como funcionario público, pues lo dicho desde su trinchera periodística pudo ser transitable, pero su investidura como director de la televisión universitaria le impedían por mera sensatez no expresarse con tales adjetivos y posición clasista (llegó a decir incluso en una participación radiofónica previa: “soy un monstruo clasista”). Más allá de las limitantes a la libertad de expresión, que claro que la hay, lo que está perfectamente señalado en el artículo sexto constitucional “…la manifestación de las ideas no será objeto de ninguna inquisición judicial o administrativa, sino en el caso de que ataque a la moral, los derechos de tercero…”, dichos adjetivos, peyorativos y discriminatorios, por supuesto que tienen que ver con la moral y al menos dos grupos sociales fungen como terceros en el agravio de Alvarado, pero quizás no sea la intención subyacente del texto y a nivel personal podría defenderse ampliamente; el punto neurálgico es que el emisor ostentaba el cargo público del que no se puede desprender por un momentito para decir lo que sea; existe en ese sentido la limitante no escrita que todo funcionario debe tener en mente en su acción cotidiana, para conducirse y expresarse siempre con decoro. Como en la vida, una cosa es la libertad y otra el libertinaje.

En estos tiempos de redes sociales y flujo enorme de información y textos, todos a final de cuentas debemos cuidar nuestras expresiones, que no las estamos emitiendo para nosotros mismos ni en la más recóndita intimidad de nuestro hogar, sino que las exteriorizamos y compartimos y, con ello, podemos quedar expuestos y vulnerables a cualquier crítica y señalamiento.