De la infancia no siempre sales vivo

La infancia que compartimos mi hermano y yo fue difícil. Había poca comida, había poco dinero. Y, cuando de plano no había ni para dónde hacerse, llenábamos costales de tortilla y pan duro, que vendíamos en un lugar que estaba atrás del parque Diana, cerca de la pulquería “La Rielera”, en el pueblo de Tacuba

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POR José Luis Durán King

La infancia que compartimos mi hermano y yo fue difícil. Había poca comida, había poco dinero. Y, cuando de plano no había ni para dónde hacerse, llenábamos costales de tortilla y pan duro, que vendíamos en un lugar que estaba atrás del parque Diana, cerca de la pulquería “La Rielera”, en el pueblo de Tacuba

Para algunos de nosotros la infancia ha sido un cuento de hadas, con ogros pedófilos, brujas malvadas de sexualidad exaltada, casas con fachadas de chocolate e interior de hospital. En mi niñez no hubo dragones y las princesas nunca superaron –al menos hasta que dejé de verlas— la etapa de los andrajos, su etapa de Cenicienta. La infancia que compartimos mi hermano y yo fue difícil. Había poca comida, había poco dinero. Y no hubo hadas. Aprendimos a sacar dinero de donde fuera. Víctor vendiendo periódico en un puesto de esquina. Yo alquilándome, cuando podía, en una camioneta de mudanzas para cargar muebles pequeños. Donde más ganábamos era en el coro Tata Vasco. Y, cuando de plano no había ni para dónde hacerse, llenábamos costales de tortilla y pan duro, que vendíamos en un lugar que estaba atrás del parque Diana, cerca de la pulquería “La Rielera”, en Tacuba. La bodega a la que me refiero era enorme, de lámina de estaño, con algunas paredes de cartón, siempre oscura, siempre con un aroma a moho. Los costales que llevábamos a vender pesaban más a causa de las piedras, grandes, que ocultábamos entre el pan y la tortilla. Así ganábamos unas monedas más. El hombre que pesaba los costales en una báscula de hierro, de plancha, con ruedas, traía perennemente una bata color beige. Era calvo, maduro, blanco, miope. Si más adelante alguien me hubiera dicho que el tipo de la báscula era Henry Miller, desempeñando uno de los cientos de trabajos que realizó antes de convertirse en escritor, lo hubiera creído. Nunca, aquel hombre, se le ocurrió revisar los costales, con nadie lo hacía. Apenas si volteaba a vernos. Nos indicaba con la mano donde debíamos depositar los desechos. Una vez con los costales vacíos, caminábamos hacia él, y sin despegar la vista de lo que leía, nos daba unas monedas, el importe de lo que la carga había pesado. Creo que si yo hubiera estado en el lugar del bodeguero, tampoco habría despegado los ojos de las revistas y libros viejos, los había por miles, de cuentos (cómics) de portadas y temas que yo apenas sabía que existían. Aquel hombre fue el segundo en importancia que me inspiró para leer. El primero fue mi padre, pese a que él casi nunca estuvo en casa.