Los últimos días de Ted Bundy

En cuanto Ted Bundy supo que su ejecución tenía fecha y hora, intentó ganar tiempo mediante la confesión de diversos homicidios que había cometido. Uno de los guardias que ayudó al asesino a prepararse para su última cita, dijo: “Las piernas le temblaban. Se veía viejo y cansado. Yo esperaba ver a un yuppie. Pero sus ojos estaban desorbitados”

Too Close to Ted Bundy (The New Yorker)

POR José Luis Durán King

En cuanto Ted Bundy supo que su ejecución tenía fecha y hora, intentó ganar tiempo mediante la confesión de diversos homicidios que había cometido. Uno de los guardias que ayudó al asesino a prepararse para su última cita, dijo: “Las piernas le temblaban. Se veía viejo y cansado. Yo esperaba ver a un yuppie. Pero sus ojos estaban desorbitados”

En el espectro informativo de Estados Unidos, el asesino serial es uno de los productos mediáticos más preciados por los empresarios de la comunicación. En cuanto se tiene noticia de que algún delincuente de ese tipo actúa en determinada comunidad, reporteros, articulistas, comentaristas hacen equipo para lograr coberturas exhaustivas del tema. El homicida reiterativo es la estrella de la programación.

Pero muchos pendientes quedan en el camino. Sobre todo los que se refieren a víctimas sobrevivientes o a familiares de las personas que murieron en manos de un predador en serie.

En el caso de Ted Bundy, mucho quedó por resolver. En primer lugar, la cifra de homicidios, aunque hay el consenso de que fueron más de 30. Al final, cuando se percató de que su ejecución era inminente, intentó salvar el pellejo confesando varios homicidios de los que la policía carecía de información.

Fue a partir de esas confesiones que los testimonios de los familiares de las jóvenes se hicieron del conocimiento público. Por ejemplo, la madre de Nancy Wilcox lamenta no haber puesto mucha atención cuando su hija de 16 años le contó que salía con un hombre guapo que era mayor que ella. “¿Se trataba de Bundy? No puedo quitarme esa idea de la cabeza”.

Al parecer sí se trataba de Bundy, quien confesó que el cadáver de Nancy lo enterró junto con el cuerpo de otra joven en Utah. Pese a los datos aportados por el asesino, los restos de ambas chicas no fueron recuperados.

Connie Wilcox no tiene fotografías de su hija en los muros o muebles de su casa. “El dolor es demasiado grande”, señala. Lo cierto es que la mujer niega reconocer que su hija esté muerta y guarda la esperanza de que algún día regrese.

Algo similar ocurre con Edward Culver, cuya hija de 12 años, Lynette, desapareció en Pocatello, Idaho, el 6 de mayo de 1975. De acuerdo con el señor Culver, su hija “tenía el potencial de ser una Einstein”. Bundy, al sacrificarla, “pudo haber privado al mundo de algo excepcional. Cada persona de este país pudo haber perdido algo cuando esa niña fue asesinada”, añade.

Ted Bundy confesó el asesinato de Lynette. Aun así, el padre guarda la esperanza de que algún día el teléfono suene y escuche la voz de su hija. Culver sabe que hay 99 por ciento de certeza de que su hija esté muerta. El 1 por ciento restante es el que lo mantiene vivo, indica.

Ted Bundy atravesó la Unión Americana, del estado de Washington a Florida, sembrando su camino de cadáveres de mujeres. Los restos de muchas de ellas permanecen en sus tumbas desconocidas.

El asesino era un hombre arrogante, que se apoyaba en su carisma para eludir cualquier situación difícil que enfrentaba, incluso llegó a considerar que eludiría la silla eléctrica. Le fallaron los cálculos.

En cuanto supo que su ejecución tenía fecha y hora, intentó ganar tiempo mediante la confesión de diversos homicidios que había cometido. Incluso trató de interponer un recurso de insanidad, pero sus esfuerzos fueron infructuosos.

El tiempo asignado para su última cena, él prefirió invertirlo en una entrevista con el periodista Hugh Aynesworth, en la que el condenado a muerte culpó a la pornografía de su violenta conducta.

Los homicidios que cometió fueron excesivos incluso para los activistas a favor de los derechos humanos. Lo dejaron solo, pero varios de ellos estuvieron presentes en las afueras de la prisión de Bradford, Florida, donde el 24 de enero de 1989 finalmente recibió la descarga que le quitó la vida.

Uno de los guardias que ayudó a Bundy a prepararse para su última cita, dijo: “Las piernas le temblaban. Se veía viejo y cansado. Yo esperaba ver a un yuppie. Pero sus ojos estaban desorbitados”.