México y el capitán Kurtz

Cuando ya no tienes una historia que contar es cuando mueres. El mundo pierde sentido, se entiende. Porque de entre tantas funciones que tienen las historias está la de comprender por medio de éstas los inexpugnables mecanismos del mundo. Consigues explicarte lo que hasta entonces te parecía inexplicable

Turkish coffee shops. Wandering Cows (WordPress.com)

POR Óscar Garduño Nájera

Cuando ya no tienes una historia que contar es cuando mueres. El mundo pierde sentido, se entiende. Porque de entre tantas funciones que tienen las historias está la de comprender por medio de éstas los inexpugnables mecanismos del mundo. Consigues explicarte lo que hasta entonces te parecía inexplicable

Que te cuenten una historia. Si es mala, regular o buena, no importa. Pero que exista el acto, que te la cuenten, que la muestren, la historia, como quien presume una gran cicatriz resultado de una guerra contra el mundo que sólo el que cuenta la historia padeció.

Todos tenemos una historia que contar. De aquí que nos valemos de herramientas para hacerlo, para de alguna manera obligar al que está en frente a que se calle y nos escuche. Al menos hasta que terminemos de contar nuestra historia. Por ejemplo, los borrachos. En muy pocas ocasiones pueden prescindir de una historia. El alcohol tiende a desatar las historias, ahí donde antes hubo amarres los estados etílicos sueltan la lengua. Por eso las cantinas están llenas de historias. Buenas y malas. Tal vez por eso, también, lo peor que te puede ocurrir es que te encuentres con una cantina con música a volumen alto. ¿Cómo puedes contar tu historia en tales condiciones? Cantinas así te obligan a guardar silencio, hasta que te fastidias, pagas tu trago y no vuelves nunca más.

Hombres y mujeres se envalentonan con el alcohol y en ocasiones se transforman en sorprendentes narradores ante la admiración de quienes los escuchan. El alcohol nos hermana con el de enfrente. Con un buen par de tragos encima somos capaces de rogar que comprendan nuestro dolor o nuestra felicidad; y, a su vez, somos capaces de comprender el dolor o la felicidad ajena, la del hombre o la mujer que nos acompaña. De aquí que nos reconozcamos bajo el noble principio de otredad: en ese instante existimos porque nos vemos reflejados en la mirada y en las palabras del otro.

Cuando ya no tienes una historia que contar es cuando mueres. El mundo pierde sentido, se entiende. Porque de entre tantas funciones que tienen las historias está la de comprender por medio de éstas los inexpugnables mecanismos del mundo. Consigues explicarte lo que hasta entonces te parecía inexplicable. Esto lo saben con precisión los psicoanalistas, meros viajantes en el tiempo. También los cantineros.

Es como aquel breve cuento de Julio Cortázar donde el lector da con una página en blanco a cierta hora de la tarde y muere. Se queda sin los medios que hasta entonces le permitían entender lo que ocurría a su alrededor. Si vas a morir tan premeditadamente que sea luego de comprender que ya no tienes una historia que contar. Sabia decisión.

En esto de las historias, en la mayoría de los casos la literatura se encarga de hacernos la vida más difícil. En lugar de disfrutar de la lectura por la lectura en sí, la literatura y su inservible teoría nos dice que debemos conocer más del autor y de sus técnicas narrativas si no queremos pasar como ignorantes cuando nos hagan un absurdo examen del libro que traemos bajo el brazo.

Historias_2Marlon Brando en su representación del capitán Kurtz Apocalypse Now and Surviving yourself (Movies and Philosophy Now)

A los hombres que ahora mismo están en guerra los salvan las historias. Al menos les hacen más llevadera, si es que esto es posible, la carnicería brutal que implica cualquier estúpida guerra, porque todas lo son. Si estos hombres se juntan por la noche alrededor de una fogata y comparten historias, además de heridas, aún tienen hilos para sostenerse del mundo que parece desmoronarse una vez que amanece y continúan los bombardeos, los tiroteos y las muertes.

Pienso en los hombres y mujeres que perecieron en los campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. Cuántas historias se llevó consigo el horno donde cremaban sin piedad a los judíos. Cuántas historias se llevó consigo los tiros de gracia, los fusilamientos, las muertes por golpizas; sin embargo, también me gusta creer que los que se salvaron lo hicieron en parte porque no perdieron las esperanzas. Y muchas de ellas estaban precisamente en las historias que les proporcionaban un aire para seguir con vida.

Quizás muchas de las historias que escuchamos a diario tienen su buena dosis de ficción. Pero hay que recordar que las ficciones también sanan. Aferrarse a esta idea es necesario para los tiempos que corren en México. Se pondrán peores, por supuesto, pero de cualquier manera hay que encontrar un rinconcito donde todavía se pueda contar o escuchar una historia. Y en una de ésas no es tan tarde y te salvas.

En México nos hemos acostumbrado a las historias sangrientas donde si algo reina es la impunidad. Ya ni siquiera nos asombra que encuentren cinco, seis, siete cadáveres al día porque la muerte se ha vuelto no sólo cotidiana dentro de una cultura popular, como la nuestra, que la festeja, sino una insana costumbre frente a la cual pasamos con los ojos cerrados. Hablamos de “locura”, pero también hablamos de barbarie; hablamos de homicidas, pero también hablamos de nosotros mismos.

No podemos esperar mucho del ser humano porque se ha demostrado que éste tiende a destruir no sólo su entorno sino a sí mismo: somos la peor porquería del reino animal, capaz de asesinar a los de su misma especie, tan inteligentes somos. Pero la sangre en sí también es capaz de contar su propia historia. Pase lo que pase con el futuro de México nos hemos asegurado una memoria que escurrirá sangre hasta que nos llegue a las rodillas. Será tarde entonces. Breves pero certeras historias de horror muy a la mexicana, porque en esto sí tenemos nuestro estilo. Voluntariamente nos hemos acercado al mismo horror, horror del capitán Kurtz de Joseph Conrad. De hecho, me atrevo a asegurar que ya lo superamos. El capitán Kurtz mueve la mano a la distancia, se despide de nuestra gran embarcación; nosotros, mientras tanto, inclinamos la cabeza, penetramos lo más hondo de las tinieblas, ahí donde sólo quedan los vestigios de una civilización, el conteo regresivo para la autodestrucción.