Otro cosmos: los monstruos

Los monstruos (los otros), propone Robin Wood, crítico del cine de horror, se han convertido en el lugar donde se revelan todos los malestares. Evidentemente toda sociedad se desarrolla a la par de este reino del absurdo y del desconcierto, bajo una concesión: la dignidad graciana del disimulo

All Monsters Are Human (www.flickr.com)

 POR Édgar Pérez

Los monstruos (los otros), propone Robin Wood, crítico del cine de horror, se han convertido en el lugar donde se revelan todos los malestares. Evidentemente toda sociedad se desarrolla a la par de este reino del absurdo y del desconcierto, bajo una concesión: la dignidad graciana del disimulo

No Frankenstein, no Drácula, no el Hombre Lobo ni las momias de Guanajuato, sencillamente la idea de “otredad”. Lo otro es evidentemente aquello que no somos; pero en la praxis esta dialéctica elemental resulta complejísima por sus consecuencias. Desde los estudios del cine de horror se atribuye al semiólogo Barthes la idea de que a “la otredad se enfrenta aniquilándola o subyugándola y haciendo de ésta algo inofensivo”. Los gringos y los europeos lo manifiestan muy bien y continúan registrándolo, así los dueños del capital mundial; mientras tanto, negros, indígenas, locos, drogadictos, toda clase de desposeídos, minorías sociales y subculturas continúan sufriendo esta contradicción esencial de ser lo otro, lo que por contraste genera la conciencia. Pero el contexto que aquí interesa yace intercalado en el tejido fino de las relaciones sociales en lo cotidiano, donde la tensión entre lo que nos atrae y lo que repudiamos se diluye en lo que Gracián (s. XVII), el “jesuita aragonés”, llama “la plaga del mundo”, “el disimulo”.

Si atenuamos la estridencia del concepto de monstruo y decantamos de su carga injuriosa; mientras por otra parte enfatizamos el juego de enrarecer las visiones de la vida cotidiana, descubrimos una realidad poblada de monstruos y monstruosidades. Incluso uno mismo a veces no percibe cuando deja de ser normal y se convierte en el engendro, en tanto contradice la normalidad de un contexto o un acuerdo tácito, personal o social. Ejemplos sobran: la hipérbole del “mala copa”, del criticón, del anarquista, del tirano amoroso, del artista non plus underground y demás especímenes. El del monstruo es un revestimiento caracterizado por el grado de desorden o entropía de lo grotesco.

Ahora que caemos en la cuenta de que la vida diaria está plagada de monstruismo, desde que la poca habilidad del rotulista que decoró con un Pato Donald deforme la fachada de la humilde pastelería y nos deja sin categorías estéticas para abordar su obra, hasta que la muy mal lograda película casera, donde el acartonamiento de actuaciones y lo chapucero de los efectos consiguen una involuntaria impresión decadente que cautiva, entonces vamos a un ámbito que es campo de cultivo, donde pulula lo monstruoso: el mundo de los niños y su referente de normalidad que es la escuela.

De entre los pasillos del colegio (sombras de las primeras memorias) logro configurar un breviario de pequeños monstruos que tocan fibras emocionales, estéticas y morales. El primer capítulo está dedicado a Tatain, un niño de kínder que era un continente de ansiedad, cuyo extravío iba más allá de su mirada fuera de órbita, conjugándose con una monomanía consistente en la repetición insaciable de la jitanjáfora con que se le denomina. Al tiempo en que rezaba la dichosa retahíla su cabeza replicaba la sonoridad con un ligero temblor. En los recreos el chico simplemente vagaba entre los que jugaban, dando la apariencia de estar bien integrado en sus relaciones. Desapareció al año escolar siguiente.

Daily_2Daily Monster (www.tumblr.com)

El segundo capítulo es para Fabián, muchachito devastado por la inedia. Tan inusitada e inexplicable era su desnutrición, que ni siquiera era capaz de cargar su propia mochila, una maestra, algún compañero o sus papás lo hacían por él. No se exponía al sol por ningún motivo ni hacía fila antes de ingresar a los salones ni en los honores a la bandera porque de inmediato se desmayaba. Solía esperar a Godot sentado a la sombra de un árbol, con su carita triste y su cuerpo esmirriado, con su espíritu carente de ánimo, qué decir alegría.

El tercer capítulo es para Ramsés, distinguido porque su capacidad craneal rebasaba la media, más una severa miopía que lo obligaba a usar fondos de botella, y sobre todo su grave autismo. Este muchacho era capaz de elaborar exposiciones magistrales que no tenían ninguna relación con lo solicitado por los maestros. Resultaba imposible sostener una conversación coherente con él, siempre cargaba una guitarra a la que nunca tañía, y le molestaba que lo llamaran bajo el apelativo coloquial de Súrfer, pues argumentaba que “súrfer” significa “loco” y él, según dirimía, no era ningún loco. Daniel ocupa el cuarto capítulo. Extraordinariamente nervioso, de sonrisa incontrolable y apocado, deseoso de pasar desapercibido, todo el tiempo hablando solo, cuando pedía algo o se dirigía a alguien más él mismo se respondía antes de recibir alguna contestación, la que siempre era negativa, si pedía diez pesos prestados se anticipaba al desenlace cancelándose el crédito. Estaba obsesionado por la caricatura japonesa de un robot gigante y por crear un lenguaje de mímica para comunicarse con su primo, sentado obligatoriamente hasta la otra esquina del salón de clases. (Nota: Aquí no existe ofensa para estos personajes porque, como dice González de Alba, de antemano lo expuesto no supone condiciones inferiores.)

Los monstruos (los otros), propone Robin Wood, crítico del cine de horror, se han convertido en el lugar donde se revelan todos los malestares. Evidentemente toda sociedad se desarrolla a la par de este reino del absurdo y del desconcierto, bajo una concesión: la dignidad graciana del disimulo. No centauros, pues, no harpías, no minotauros, no basiliscos; simplemente los otros, los que está ahí y parece que no se ven, ellos definitivamente son los más interesantes, como dice De la Borbolla, son otro cosmos.

Tomado de: Bajo Palabra. Marzo 14, 2016.