Bicilibrerías: un proyecto destacable

Me parece que este es uno de los proyectos culturales más importantes no únicamente de la delegación Cuauhtémoc sino de toda la Ciudad de México, cuyo gobierno ya debería de estar copiando el modelo en estos mismos momentos para que el día de mañana sean ustedes los que escuchen la voz del pregonero literario por las calles de sus colonias

Bicilibrerías de Cambalache (Revista Open)

POR Óscar Garduño Nájera

Me parece que este es uno de los proyectos culturales más importantes no únicamente de la delegación Cuauhtémoc sino de toda la Ciudad de México, cuyo gobierno ya debería de estar copiando el modelo en estos mismos momentos para que el día de mañana sean ustedes los que escuchen la voz del pregonero literario por las calles de sus colonias

A mí me parece uno de los proyectos culturales más importantes hasta la fecha en la Ciudad de México. Por eso bien vale el reconocimiento a todos los que se encuentran detrás del mismo. Hombres y mujeres que hacen de su gusto por la lectura un generoso acto de difusión e intercambio, así sea pedaleando un triciclo cargado de libros por algunas de las colonias de la delegación Cuauhtémoc y sudando la gota gorda, se los dice quien ya tuvo oportunidad de pedalear uno y terminó como santo Cristo tras la crucifixión.

Supongo que no es fácil. A final de cuentas, si se mira bien, lo que ese gran equipo lleva a cabo es un asombroso acto de magia de esos que se antoja copiar para repetirlo en cualquier fiesta o tomarlo entre las manos y llevártelo hasta el altarcito donde colocas las cosas que realmente valen la pena. Actos así me gustan. En el silencio de su accionar benefician a cientos de personas sin necesidad de gritarlo a los cuatro vientos o de fanfarronearlo.

Por ejemplo, está el señor gordito, camisa a cuadros de franela, pantalones de mezclilla deslavados, chanclas pata de gallo, en la comodidad de su casa en la colonia Roma y escucha, a lo lejos, la misma voz del que vende tamales, aquella grabación que, a fuerza de repetirse (¡hay ricos tamales!), se ha vuelto ya parte del inmobiliario arquitectónico de nuestra ciudad; pone un poco más de atención, quizás y hasta le baja el volumen a aquella canción de Flor Silvestre, ¡claro!, se dice, el sonido es el mismo, pero no son tamales lo que vende, él que ya se saboreaba una guajolota de mole frente a la siguiente canción, sino que esa misteriosa grabación lo invita a intercambiar libros de cuentos, de poesía, de leyendas, etcétera; el gordito se levanta del sillón donde, semejante a Homero (el de Los Simpson, no el de La Ilíada), ha dejado su huella, ese mismo sillón del cuento Continuidad de los parques de Julio Cortázar, deja la novela en turno sobre la mesa, en esos momentos lee algo de Jeffrey Eugenides, coge unos cuantos libros (pongan ustedes los títulos), baja chancleando, llega a la bicilibrería y ya está: aquí nuestro acto de magia, porque sin que el gordito se dé cuenta las palabras van de mano a mano, de persona a persona, de lectura en lectura, nosotros tan eruditos que creíamos, desde nuestra anquilosada elite cultural, que ya nada se podía hacer para fomentarla en niños y jóvenes y nos llevamos una grata sorpresa: a la gente sí le gusta leer.

Parece sencillo, ¿verdad?, pues no lo es. Atrás de este proyecto existe toda una coordinación de los equipos, bicipromotores, así como toda una logística que no sólo analiza y determina las rutas sino que además se encarga de mantener el catálogo de libros, producto de donaciones de Cafebrería El Péndulo y de la revista Algarabía, en las mejores condiciones con la única finalidad de que lleguen sanos y salvos a quien desee intercambiar sus libros. Desde acá va un aplauso para los que hacen posible este proyecto.

Yo mismo he tenido acceso al amplio catálogo y les puedo asegurar que se pueden encontrar con auténticas bellezas editoriales, por lo que no duden en consultar en Internet las distintas rutas de las bicilibrerías, interceptarlas, preguntar por lo que buscan, pedir que lleven a tal o cual autor, incluso organizar grupos de lectura sabatinos o dominicales.

Ya sea por mera curiosidad o porque buscan el cambalache de libros, los vecinos se acercan, toman los libros, los hojean, y de hecho los hay que preguntan si están a la venta, hasta que el bicipromotor les comenta que no hay precios, que son para intercambio (cambalache) y a la gente le cambia el rostro.

Me parece que este es uno de los proyectos culturales más importantes no únicamente de la delegación Cuauhtémoc sino de toda la Ciudad de México, cuyo gobierno ya debería de estar copiando el modelo en estos mismos momentos para que el día de mañana sean ustedes los que escuchen la voz del pregonero literario por las calles de sus colonias.