El día que Octavio Paz lloró

Narrador, ensayista y poeta, traductor de Novalis, de Jean Paul, de Goethe, de Rimbaud, de Hölderlin, de Paul Claudel, Jorge Arturo Ojeda vive en la más injusta de las soledades y de las miserias, a la espera de que le llegue el final, no sin antes sentirse satisfecho porque, dice, ha conseguido enterrar a varios de su generación literaria

Salón Corona en Paseo de la Reforma (YouTube)

POR Óscar Garduño Nájera

Narrador, ensayista y poeta, traductor de Novalis, de Jean Paul, de Goethe, de Rimbaud, de Hölderlin, de Paul Claudel, Jorge Arturo Ojeda vive en la más injusta de las soledades y de las miserias, a la espera de que le llegue el final, no sin antes sentirse satisfecho porque, dice, ha conseguido enterrar a varios de su generación literaria

Todo comenzó en el balcón del Salón Corona ubicado en la avenida Reforma de la Ciudad de México. Estaba con una amiga periodista, llevábamos varias cervezas al hilo, y mientras ella encendía el enésimo cigarro sin filtro de la tarde, voltee hacia abajo y lo vi cruzar la lateral de la avenida, esquivando los autos, bolsa del mandado al brazo, con el mismo atuendo de hace más de diez años. ¿Era él?

Aguanta. Fue lo que le dije a mi amiga, empujé la silla metálica, bajé las escaleras y lo alcancé justo en la esquina, antes de que desapareciera por completo de mi vista. Toqué su hombro. Me miró. Tardó unos cuantos segundos en reconocerme. ¿Se acuerda de mí? Intenté ayudar. El señor Óscar Garduño, claro que me acuerdo de usted. Estoy bebiendo unas cervezas en este lugar con una amiga, ¿nos acompaña?

Narrador, ensayista y poeta; estudió letras modernas en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. Director de la famosa revista que inició Juan José Arreola, Mester. Colaborador de El Gallo Ilustrado, El Heraldo de México, Excélsior, Revista Universidad de México, Siempre!, y unomásuno. Becario del Centro Mexicano de Escritores, 1965. Con más de seis libros de cuentos, entre los que destacan Personas fatales, 1975 (cuya primera portada fue censurada por aparecer él desnudo), El padre eterno, ciudades y hombres amados, 1988, y Carne y hueso, 1998, así como de más de diez libros de ensayos, cinco novelas, dos libros de poesía, traductor de Novalis, de Jean Paul, de Goethe, de Rimbaud, de Hölderlin, de Paul Claudel, Jorge Arturo Ojeda (Ciudad de México 1943) hoy en día vive en la más injusta de las soledades y de las miserias, a la espera de que le llegue el final, no sin antes sentirse satisfecho porque, dice, ha conseguido enterrar a varios de su generación literaria.

Nos acompaña a la mesa, pide un tarro de cerveza oscura, saca una vieja bolsa de Sanborns donde guarda sus cigarros sin filtro, enciende uno y nos cuenta, molesto, que viene de cobrar una colaboración en un periódico. No está dispuesto a dar más vueltas, aclara, ya con ésta son tres y siempre me dicen lo mismo: regrese después. Lo peor es que me exigen que me dé de alta en Hacienda. ¡Imagínese!, para los 600 pesos que le pagan a uno por colaboración semanal.

Ojeda_2Jorge Arturo Ojeda. Detalle del autor (Enciclopedia de la Literatura en México)

Con sus tantos años Jorge Arturo Ojeda es un hombre lucido que lo mismo habla de literatura, cita en alemán, en ruso o en francés, que de los quehaceres del hogar o las frecuentes peleas que tiene con una vecina.

Lo interrumpo. Le pregunto qué es lo que piensa de José Emilio Pacheco, para entonces aún con vida. Responde de manera burlona. Yo creo que le tiene un horror a la muerte. Ya ves que hasta se inventa premios literarios que él gana. A él lo que le preocupa no es tanto morir sino que su obra quede en el olvido, y por eso va de aquí para allá haciéndose homenajes… tiene un miedo pavoroso a que nadie se acuerde de él. Me cuenta que en ocasiones habla con José Emilio por teléfono, pero que cada vez son más pocas debido a que quien contesta el teléfono es Cristina Pacheco. Yo no sé qué tiene la señora contra mí, pero en cuanto me escucha la voz, se molesta y me dice que José Emilio no está. Duda de mis capacidades literarias y me pregunta si lo he leído. Le digo que sí. Me interrumpe y aclara que tiene uno que otro poema que aguanta, no muchos, pero en general es una obra mediocre, ¿no le parece?

Ni siquiera me da tiempo de contestar, enciende el segundo delicado sin filtro, exhala el humo, da un trago a su tarro de cerveza y me dice que José Emilio Pacheco tenía para más, pero que hasta sus traducciones son malas, ¿sabe por qué?, porque las hace de a diccionario, antes yo le hacía algunas correcciones, gramaticales, sobre todo, lo mismo que a Sergio Pitol, pero ni siquiera me ponía atención, así es que dejé de hacerlas.

Si de algo tiene fama Jorge Arturo Ojeda en el mundo literario es en la de ser en ocasiones una persona conflictiva que siempre quiere llamar la atención, nada extraño en un mundo literario donde los egos y las vanidades se enfrentan día con día. Le insisto y le pregunto si algún día me contará la bronca que tuvo con Carlos Monsiváis. Mi amiga dice que sí, que nos cuente. Jorge Arturo ni siquiera lo piensa, es tajante, nos dice que no, no va a contar nada de eso.

Ocurrió la mañana de un sábado en la hoy extinta cafetería Salón de Té Auseba de la Zona Rosa, lugar predilecto de Carlos Monsiváis, Margo Glantz, Pedro Armendáriz, José Luis Cuevas, Guillermo Piazza, Emilio García Riera, entre otros. “Parecía que en el Auseba no pasaba el tiempo, que a pesar de los cambios que vivía el mundo, los 60 seguían en su máximo esplendor y allí estaban estas personalidades para comprobarlo”, cuenta David Martín del Campo; ahí tomábamos un taller de cuento con Jorge Arturo Ojeda y tres compañeros más.

En cuanto entramos al lugar nos percatamos que en una de las mesas se encontraba Monsiváis, quien además gustaba de frecuentar todos los sábados el mercado de antigüedades en la Plaza del Ángel, a tan sólo unos pasos de ahí.

Las dos miradas fueron fulminantes en cuanto se encontraron. La de Monsiváis era de enojo, una mirada que al menos yo no le conocía; la de Jorge Arturo fue de desprecio, lo miró de arriba hacia abajo, intentó hacerlo menos, dijo por acá y nos señaló un taburete, donde nos sentamos y pedimos café. Fernando Mino, quien también tomaba el taller de cuento, intentó preguntar a Jorge Arturo el motivo por el que ni siquiera se hablaba con Carlos, a lo que Jorge Arturo dijo que no quería hablar de esas cosas, y tomó las primeras copias del cuento que se leería ese día.

No habían pasado más de cinco minutos cuando Carlos Monsiváis pidió presuroso la cuenta y salió del Auseba, irritado. Hasta la fecha Jorge Arturo Ojeda guarda el secreto. Hay quien dice que se pelearon por algún hombre. Hay quien asegura que llegaron a ser pareja. Quién sabe.

Ojeda_3Octavio Paz (Poemas del Alma)

De rumores. De eso está hecha buena parte de la vida de Jorge Arturo Ojeda. Y cuando te reúnes con él lo sabes. Lo mismo te cuenta de su famoso encuentro con Octavio Paz cuando le entregó, tras una conferencia que dictó Paz en El Colegio Nacional, su libro La cabeza rota (sobre Octavio Paz) y cómo el Nobel de Literatura lloró, lo abrazó y le preguntó en varias ocasiones: “¿Pero qué ha hecho usted, señor, qué ha hecho?”, aunque meses más tarde ni siquiera le tomaba las llamadas telefónicas, que de las tantas anécdotas que vivió al lado de Juan José Arreola, de quien fue su discípulo, muchas de ellas recogidas en su libro Vuelo lejano (Epistolario), 2002, aunque las anécdotas más personales son las que te cuenta de viva voz, como lo hace ahora que ya vamos por quién sabe qué número de tarros de cerveza.

Nos habla de la manías de Juan José Arreola. Durante un viaje que hicimos a Estados Unidos una vez nos quedamos atrapados en el elevador del hotel porque se descompuso, y como el señor padecía de una terrible claustrofobia, cuando se abrieron las puertas, luego de algunos minutos, salió arrastrándose, terrible, terrible. Una más: en una ocasión entramos a cenar a un restaurante y Juan José Arreola comenzó a temblar. Me dijo: Jorge Arturo, Jorge Arturo, ¿ve a aquel hombre de la mesa de al lado?, ¡me quiere matar!, estoy seguro, ¡me quiere matar!, no deje que lo haga, Jorge Arturo, no lo permita. Para solucionar el problema lo sacó del restaurante, lo llevó a dar dos vueltas a la manzana y ya de regreso le presentó al hombre, sólo hasta entonces pudieron cenar. O como Joaquín Mortiz no le pagó los derechos por su primer libro Como la ciega mariposa, pues cuando se presentó por el dinero le dijo que ya se lo había gastado.

Lo que no es un rumor es que actualmente Jorge Arturo Ojeda vive en la miseria absoluta y que ninguno de sus amigos se acuerda de él. Hace más de diez años me propuse rescatarlo del olvido, hacerle un homenaje (mejor en vida que en muerte), y armé el evento en la Casa del Refugio Citlaltépetl con Guillermo Samperio, Guillermo Vega Zaragoza, Anamari Gómiz y el propio Jorge Arturo Ojeda.

Cuando finalizó el evento sentí lástima no sólo por Jorge Arturo sino por mí. El evento se convirtió en un acto político demagógico de buenos deseos, muchas promesas, pero poco accionar: una falacia de la que yo había sido partícipe. En resumidas cuentas, había servido de un carajo, porque ni siquiera la venta de los libros de Jorge Arturo Ojeda, que es con lo que vive actualmente, había superado las expectativas. Eso sí, arriba, en el estrado, todos hablaron maravillas de un autor que se negó a participar en la generación de la onda, que buscó su propio camino narrativo y que consiguió una prosa de gran calidad que hoy por hoy se extraña en la mayoría de los jóvenes narradores.

Posteriormente contacté vía Facebook a René Avilés Fabila, pues sabía bien que él y Jorge Arturo Ojeda habían sido grandes amigos, y sus palabras me dejaron frío: es mi amigo y lo quiero mucho, pero nada puedo hacer por él. Le sugerí que al menos una visita de su parte no le vendría nada mal. Me contestó que lo pensaría. Hablamos de esto hace más de cinco años… y René lo sigue pensando.

Para ser justos, hay que agregar que el carácter de Jorge Arturo Ojeda tampoco ayuda en mucho; al contrario, en más de una ocasión le ha traído problemas personales, como el connato de bronca que tuvo con el narrador zacatecano Severino Salazar en El Palacio, una cantina cerca del metro Hidalgo, hasta profesionales, con su editor, con sus reacciones cuando el Fondo de Cultura Económica le pidió reducir el número de cuartillas de su libro Esfera.

Siempre que se señala la obra que inaugura la literatura de temática gay en México se suele citar El vampiro de la colonia Roma de Luis Zapata publicada en 1979, aunque justo es decir que ya en 1964 José Toledo de Miguel Barbachano Ponce escribe El diario de José Toledo, verdadero nacimiento de la novela homosexual mexicana; asimismo, Jorge Arturo Ojeda escribe dos importantes novelas de temática homosexual: Muchacho solo (1967) y Octavio (1982), esta segunda con una prosa bien equilibrada, de imágenes altamente poéticas, donde no se da el encuentro por el encuentro entre hombre y hombre sino que los reviste una serie de sucesos casi románticos, no por nada Humberto Guzmán señala en el material de lectura de la UNAM que “al revés de los escritores vecinos de su generación literaria (José Agustín, René Avilés Fabila, Andrés González Pagés, Juan Tovar y Gerardo de la Torre) que lo vio desarrollarse como escritor estudioso y de amplia información, no cultivó el mismo estilo narrativo”.