Semper Fidelis…

Naranjo y yo acudimos a la ventanilla donde debíamos cambiar nuestros dólares por pesos cubanos. Aunque conocíamos que había un alerta ante el temor de una agresión armada, nos encogió el alma observar a la anciana que con uniforme, pantalón verde olivo y camisa azul, hacía a un lado su metralleta para manejar la sumadora que tenía a un lado

 

POR Carlos Ferreyra Carrasco

Naranjo y yo acudimos a la ventanilla donde debíamos cambiar nuestros dólares por pesos cubanos. Aunque conocíamos que había un alerta ante el temor de una agresión armada, nos encogió el alma observar a la anciana que con uniforme, pantalón verde olivo y camisa azul, hacía a un lado su metralleta para manejar la sumadora que tenía a un lado

Supongo obvia la reacción de quienes desarrollaron un amor profundo, sin límites, y quienes desataron un odio igual contra Fidel Castro. Un hombre sin claroscuros y un hombre de fe, ante quien nadie razona cuando se habla de quien trastocó al siglo XX, unos porque los ciega la obra –abundante, demostrable y ejemplar— y otros porque están cerrados a toda comprensión y usan el consabido “yo lo digo” para avalar cualquier falacia en torno a quien no será leyenda, porque lo era desde el mítico 26 de julio de 1953 con su asalto al Cuartel Moncada en Santiago de Cuba.

Soy parte interesada, advierto, porque trabajé durante siete años con la agencia Prensa Latina; porque aunque brevemente, viví y sufrí los abusos del imperio sobre Cuba y porque una hija mía murió en La Habana donde por sus increíbles gestos de solidaridad, aprendí a querer a los isleños.

Dicho lo anterior, platicaré que un buen día viajamos a Cuba un grupo de periodistas entre los cuales la inolvidable María Luisa la China Mendoza, su compadre Miguel López Azuara y el recién fallecido Rogelio Naranjo.

Al bajar del avión, Naranjo y yo acudimos a la ventanilla donde debíamos cambiar nuestros dólares por pesos cubanos. Aunque conocíamos que había un alerta ante el temor de una agresión armada (no hacía mucho de Bahía de Cochinos), nos encogió el alma observar a la anciana que con uniforme, pantalón verde olivo y camisa azul, hacía a un lado su metralleta para manejar la sumadora que tenía a un lado.

En ese momento nos dimos cuenta de que iba en serio, porque a partir de allí encontramos en cada paso, en cada oficina, en cada esquina, hombres, mujeres, jóvenes, viejos, con el consabido uniforme y el arma terciada. Todo un pueblo en armas, demostración plena de que la gusanera equivocaba su visión de lo que sucedía en el país.

Como uno de los actos iniciales de la visita, acudimos al Estadio Latinoamericano donde Fidel, con motivo de algún programa de participación masiva, pronunció un larguísimo discurso que para los isleños no era novedad en cuanto a la duración, pero a nosotros nos pareció en principio interminable. Poco a poco nos fuimos imbuyendo del ambiente festivo de la concurrencia. El estadio a reventar y como lo describió La China, los brazos en alto, las manos enlazadas, mientras entonaban cánticos patrióticos o quizá La Internacional; las filas se movían en un contrapunto maravilloso. Un verdadero ballet.

Fue la primera ocasión que vi a Fidel. Y que pude apreciar la magia de su palabra que encantaba por lo que expresaba, pese a su tono agudo, con inflexiones y puntualizaciones entre las interrupciones del público que hacía preguntas inverosímiles.

Explico: con motivo de la creación de las Brigadas Venceremos –en las que participamos mi hijo Carlos y yo— mientras Fidel explicaba la importancia de terminar con las viviendas precarias, un anciano al pie del templete lo interrumpió para informarle que en la calle donde vivía se había creado un socavón (realmente un bache) y que ninguna autoridad lo atendía.

El orador sin perder el hilo de su discurso, registró la queja, el sitio y de memoria mencionó al encargado municipal al que conminó a no retrasar obras tan menores que daban pábulo a retrasar otras mayores. Y siguió con su alocución tal cual si la hubiese estado leyendo.

Tuve a Fidel a la mano cuando una madrugada se presentó de sorpresa en la recepción del Hotel Habana Libre, donde estábamos alojados periodistas uruguayos, chilenos, argentinos y yo, en solitario y sólo como empleado de Prensa Latina.

La visita, claro, era para la delegación de conosureños pero no podía perder la oportunidad de ver al comandante. Considerando, además, que por el hecho de ser reportero de Prensa Latina, no me correspondía manejar una nota local. Pero allí estuve y hablé.

Tras un breve comentario de Fidel a pregunta expresa sobre las perspectivas revolucionarias en América del Sur, dijo que nunca habría posibilidades de éxito en Uruguay por sus condiciones geográficas, que en Argentina –donde había surgido el comandante Segundo, ex director general de la agencia, Ricardo Masseti— las contradicciones no eran suficientes para convocar a un pueblo atemorizado por la fuerza de los uniformados, Marina y Ejército. De Chile, postuló la vía legal.

En una parte del discurso y casi como broma, mencionó que Cuba regularizaría sus relaciones con Estados Unidos, cuando hubiese un presidente Negro en ese país, pero absolutamente seguro nunca mencionó la posibilidad de un Papa argentino. Creo que ese es un adorno reciente y corresponde al carácter protagónico de los chés.

De México fue conciso, cortante: a México su liberación le llegará por el norte…

En otra oportunidad topé con el comandante en medio de un huracán. Los capitalinos dicen que “Habanero, ciclonero” para mostrar su poco respeto por ese fenómeno natural. En el ojo del meteoro salimos a la calle con Miguel López Azuara.

Caminamos no muy lejos del hotel. Llegamos a un cruce de calles donde un necio con una motocicletita rusa intentaba una y otra vez cruzar, mientras los ventarrones lo medio levantaban y lo arrojaban al suelo entre las expresiones festivas de los espectadores, que eran muchos.

De pronto aparecieron en la calle dos yips, uno inglés, cuidadito y casi limpio a pesar de la intensa lluvia, y el otro, gringo y repleto de abolladuras. En el primero viajaba Raúl Castro mientras en el otro iba Fidel con un par de acompañantes, la pierna en el estribo y haciendo comentarios sobre los posibles riesgos callejeros.

No lo escuchamos, desde luego, pero su gesto señalando los cables caídos, los cartelones balanceándose peligrosamente sobre viviendas y curiosos, y el saludo final a todos los presentes que éramos bastantes. Aplauso, saludo, gritos entusiastas y retiro del escenario que amenazaba convertirse en algo realmente peligroso.

A vuela pluma, ese es el Fidel que conocí, nunca fui su amigo, ni siquiera colaborador cercano aunque el día que falleció mi hija un cable proveniente de La Habana me lo informó: ni siquiera recuerdo el texto, pero me permitió suponer que aun en cargo menor y en país no muy lejano, el comandante sabía de las personas que colaboraban en la estructura informativa de la isla.