Habitaciones para morir

La saga homicida de Earle Nelson en Canadá comenzó en febrero de 1926 y duró poco más de un año. Fue detenido después de que la dueña de una pensión encontró el cadáver descompuesto de una adolescente de 14 años debajo de una cama, en una habitación que había rentado a un ciudadano estadounidense

When the Dark Strangler stalked the streets of Portland (offbeatoregon.com)

 POR José Luis Durán King

La saga homicida de Earle Nelson en Canadá comenzó en febrero de 1926 y duró poco más de un año. Fue detenido después de que la dueña de una pensión encontró el cadáver descompuesto de una adolescente de 14 años debajo de una cama, en una habitación que había rentado a un estadounidense

Los años 20 del siglo pasado de Estados Unidos pertenecieron a Al Capone y Bugs Moran, Frank Costello y Albert Anastasia, la elaboración clandestina de alcohol, las peleas de box y los partidos de beisbol arreglados, la Masacre de San Valentín. Otros casos ajenos a los gangs urbanos también ganaron su espacio en los periódicos: la petulancia de los burguesitos Leopold y Loeb, así como el secuestro del hijo de Charles Lindberg.

Deslumbrados por el estilo de vida que hervía en los bajos fondos a causa de la Prohibición, el ciudadano común de aquel país apenas si se dio cuenta de que un nuevo tipo de homicida, de saco y corbata, caminaba en medio del bullicio social. Henri Desire Landru en Francia, y Peter Kürten en Alemania, anunciaron con sus crímenes que el cuerpo de la mujer sólo era un envase que debía tirarse después de ser usado. Pero la Unión Americana también tenía lo suyo, pese a que todavía no existía una nomenclatura que lo definiera, aunque sí un nombre: Earle Nelson.

Nelson, un hombre que no tuvo oportunidad de conocer a sus padres –ambos murieron a causa de la sífilis— creció en San Francisco, California, al cuidado de su abuela y sobre todo de una tía. Su infancia y juventud transcurrió entre expulsiones escolares y del ejército y la marina.

Antes de cumplir 25 años conoció a Mary Martin, de 58 años, con quien se casó. El matrimonio no duró mucho, pues la demanda sexual excesiva y las constantes alucinaciones de Nelson terminaron por ahuyentar a la consorte. Tras fracasar en sus intentos por que ella regresara, Nelson decidió seguir solo su camino sin renunciar a las relaciones sexuales.

El 20 de febrero de 1926, acudió el domicilio de Clara Newmann, de 62 años, quien rentaba habitaciones para “gente educada”, por lo que quedó maravillada con la pulcritud del hombre que tenía enfrente. La señora invitó al interesado a conocer las habitaciones.

Horas después, el sobrino de Newmann encontró el cadáver de su familiar, quien tenía el vestido arremangado por arriba de la cintura. Los resultados forenses arrojaron que la mujer murió estrangulada y, ya muerta, fue violada. El declarante dijo a las autoridades que nunca escuchó nada. Sólo vio a un hombre salir apresuradamente de la propiedad, quien al encontrarlo de frente, le pidió: “Dígale a la señora que estoy interesado en la habitación. Regresaré en una hora”.

En el lapso en el que cometió –oficialmente— 22 homicidios (todas mujeres, primero asesinadas y después violadas), Nelson dejó varios testigos en Estados Unidos y Canadá, los que más adelante lo señalaron para llevarlo a la horca en enero de 1928.

Uno de ellos, un trabajador nocturno de ferrocarril, se despertó molesto en el día a causa de los ruidos provenientes de una habitación contigua a la que alquilaba. A través de una rendija en la pared vio a un hombre con los pantalones hasta los tobillos y haciendo movimientos que indicaban el acto sexual. Al ver a la mujer tendida en la cama reconoció a la dueña de la pensión. Cuando el desconocido terminó, se colocó el sombrero y se marchó. Al quedar al descubierto el cuerpo de la mujer, el ferrocarrilero vio que había sangre en la cama y que la señora estaba muerta.

La saga de Earle Nelson duró poco más de un año. Fue detenido después de que la dueña de una pensión encontró el cadáver descompuesto de una adolescente de 14 años debajo de una cama, en una habitación que había rentado a un estadounidense.

Nelson siempre negó su culpabilidad en la veintena de homicidios. Pero en un tiempo récord –16 días— fue detenido, procesado y ejecutado en Canadá, país que, aunque resulte difícil creerlo, alguna vez aplicó la pena de muerte.