Sin intensidad, morimos”: Alessandro Baricco

“Si tienes miedo al fracaso, no has nacido para escribir. Es como los que escalan la montaña o los pilotos de Fórmula 1. No tienen miedo. Hay un respeto, un temor e equivocarse, pero no miedo”, señala Baricco, quien participó en el Hay Festival Arequipa, Perú, que se realizó entre el 8 y 11 de diciembre de 2016

 

POR Carolina Robino

“Si tienes miedo al fracaso, no has nacido para escribir. Es como los que escalan la montaña o los pilotos de Fórmula 1. No tienen miedo. Hay un respeto, un temor e equivocarse, pero no miedo”, señala Baricco, quien participó en el Hay Festival Arequipa, Perú, que se realizó entre el 8 y 11 de diciembre de 2016

Debe ser uno de los escritores italianos más conocidos a nivel internacional, pero Alessandro Baricco (Turín, 1958) asegura que no le gusta la fama ni quiere acostumbrarse a ella. Le da miedo perderse en su barullo.

Quizás, por eso, cuando habla se asemeja un poco a los personajes que crea: aparece sutilmente, como una sombra, se muestra y se esconde, contesta y se desdibuja, no quiere dejar frases para el bronce ni que se conozcan detalles de su vida.

Su estilo es tan popular como polémico. A su voz se le atribuye una cierta musicalidad cercana al cine y a la poesía y una especie de ensueño, como si todo sucediese a medio centímetro del suelo o estuviese cubierto por un velo.

Sus críticos lo tildan de simplón. De facilista. En respuesta, él escribe, escribe y escribe. Y millones lo leen en todo el mundo.

El autor, entre otros, de Tierras de cristal, Océano mar y Seda, el libro que lo lanzó al estrellato en 1996, fue uno de los invitados al HAY Festival Arequipa que se realizó en esa ciudad peruana entre el 8 y el 11 de diciembre. En el Teatro Municipal lo entrevistó el escritor español Jesús Ruiz Mantilla.

Lo que sigue es un resumen con extractos de esa charla, una entrevista que tuvo con BBC Mundo y preguntas que le enviaron nuestros lectores.

¿De verdad me leen en Venezuela? ¿En Cuba?, pregunta incrédulo –y un poco halagado—  antes de empezar a responder.

—La mayoría de tus libros tiene una cualidad onírica, un poco irreal. Los personajes son más bellos, más tristes, más poéticos que la vida. ¿Qué buscas cuando escribes?

—Para mí, existe la realidad que nos rodea, que está aquí, llena de cosas palpables, como tú y yo sentados, conversando, y que intentamos comprender lo mejor posible, porque cuando cruzas una calle, por ejemplo, es importante entender que se está acercando un auto.

Pero también hay otra parte de la vida en la que no interesa tanto entender qué es real y que aparece cuando la realidad se gira y le ves la espalda.

Mis libros son un poco así. Hablan de una cierta realidad, después de que la he observado, la he volteado y he mirado lo que hay detrás.

—¿Y qué hay detrás? ¿Es la belleza lo que estás buscando como fin, como destino?

— Más que belleza, es una fuerza, una intensidad. Yo creo que todos necesitamos intensidad. Sin ella, nos morimos.

No es extraño que la gente ande con audífonos escuchando música, porque la música te sube la temperatura, te hace sentir algo intenso del modo más simple.

Abrir un libro, leerlo, es un proceso más complicado, pero es lo mismo: te conecta con una forma de fortaleza, de intensidad. Esa es la razón por la que escribo, porque el primero que recibe esa fuerza soy yo.

Baricco_2De sus obras, el escritor dice que City es su favorito, porque “es un libro muy ambicioso”. (Carolina Robino, editora de BBC Mundo, y Alessandro Baricco durante la entrevista en Arequipa, Perú)

—¿Cómo defines tu obra? ¿Y qué mensaje le enviarías a una persona para que se acerque a ella?, pregunta desde Colombia, Alexandra Itaguí, que dice que nunca te ha leído.

—Yo diría que son historias muy bellas, que tienen mucha música, que son un modo de bailar.

—¿Y por qué libro debería comenzar?

—Por Seda, pero no debería terminar ahí.

Seda es el libro más conocido que has escrito. Fue un gran bestseller y se tradujo a muchísimos idiomas. Todo lo que has hecho después es más complejo. ¿Se podría decir que te has pasado la vida escapando de él?

Sí, de alguna manera. No lo odio. Es una historia bella, con un final hermoso. Es el tercer libro que escribí y cuando se lo entregué a mi editor le dije: “Lo siento mucho. Es muy corto, muy simple, pero necesitaba escribirlo. Te prometo que el próximo será lo que tú esperas”.

Y sin embargo se leyó muchísimo.

De lo que he intentado escapar no es del texto, sino de la fama. El éxito es como un rumor, y si se hace muy fuerte, no te deja escuchar más tu propia voz. Eso me angustia.

—Ross Adán Guevara, de Perú, quiere saber cuál de los libros que has escrito es tu favorito.

City (se publicó en 1999). Es un libro muy ambicioso, difícil de escribir, muy rico, y pienso que logré un buen resultado. El comienzo es casi una tortura para el lector, pero yo digo que el que logra pasar las primeras páginas se ve recompensado.

—En la solapa de City decías que ibas a echar de menos a los personajes. ¿Todavía te sucede?

—Sí, porque tardé tres años en escribirlo. Es mucho tiempo. Y, efectivamente, cuando lo terminé tenía una sensación de pérdida.

—Pero algunos de tus personajes resucitan en otras obras. El profesor Kilroy de City aparece en Lezione Veintuno, la única película que has dirigido, y Novecento salió incluso como un libro de historietas con Mickey Mouse y Tribilín como protagonistas. ¿Te dan nostalgia los finales?

Sí, sí, hay una nostalgia. Creo que no había terminado del todo con ellos. Es parecido a la sensación que tienes cuando vuelves con una ex novia.

Esa versión de Novecento fue idea de un gran guionista italiano, Tito Faraci, y fue premiada como la más bella de todas las historias de Mickey Mouse que se han publicado en Italia. Para mí, que he visto Novecento en el teatro, en el cine, en marionetas, en danza, esta es, paradojalmente, la adaptación más cercana a como yo lo veo y pienso.

—Tus libros suelen no tener tiempo ni lugar específico ni tecnología. ¿Por qué esa falta de contexto?

Me perturba. Porque si tengo que escribir esta escena, por ejemplo, y tengo que describir dónde estamos sentados y la gente que nos rodea y si hace frío o calor, pierdo mucho tiempo. Si, por el contrario, meto todo en un universo imaginario, incluso lejano, puedo dejar de lado esos detalles, que para mí siempre han sido una forma de ralentizar el trabajo que no me gusta. La falta de contexto me da más libertad a mí y también al lector. Por eso todo es un poco brumoso.

—En La esposa joven, tu libro más reciente, los personajes –salvo uno— ni siquiera tienen nombre: son el padre, el hijo, la hermana, etcétera.

Sí, hay un juego ahí con las figuras mitológicas. Me acuerdo cuando era pequeño e iba de vacaciones a uno le hablaban de El Abogado, El Médico, El Farmacista, como seres inalcanzables, un poco extraños, que había que mirar con respeto, desde lejos.

—Y, sin embargo, sabemos que ocurre en la Italia del siglo XX, y que hay un vínculo con Argentina.

Sí, pero es una Italia bastante imaginaria. No hay una ciudad particular. Aparecen algunas cosas que tienen que ver con lo italiano, pero en realidad es una especie de Macondo, al que llega esta joven italiana que pasa un tiempo en Argentina y vuelve a casarse en Italia con un joven que está ausente.

Baricco_3Getty Images

—Hace unos años, publicaste en Vanity Fair una serie titulada “Los cinco mejores lugares del mundo para pensar y tener ideas inteligentes sobre uno mismo y los demás” y en la lista estaba Buenos Aires. ¿Qué encontraste ahí?

El estadio de Boca, pero vacío, no durante un partido. Fui a visitarlo de mañana, cuando hay pocos turistas y me senté a pensar. Es un estadio bellísimo. Es como un claustro.

—¿Y recuerdas qué pensaste?

Sí, sí, cosas importantísimas, pero pertenecen a mi vida privada.

—Holden, la escuela de narración en que creaste con cuatro amigos en 1994, tiene más de 20 años. ¿Qué has aprendido enseñando?

He aprendido a comprender mejor lo que pienso, porque al tener que decirlo tengo que entenderlo. He aprendido mucho de mis mejores estudiantes, he envejecido menos estando con ellos, no he tenido grandes depresiones porque con ellos es imposible. Algunos que llegaron siendo jovencitos ya tienen sus propios hijos y se han convertido en mis grandes amigos. Desde el punto de vista humano ha sido una experiencia fantástica; desde el laboral, muy cansadora, riesgosa, prácticamente todos mis ahorros me los he jugado ahí. Por suerte le está yendo muy bien, ha crecido y estoy seguro de que el próximo paso será abrir una en escuela en español. Estamos pensando seriamente en eso. La duda es si lo hacemos en España o en América Latina.

—Andrés Pineda, de Bogotá, se pregunta si el escritor debe ser útil a la sociedad o simplemente debe escribir lo que le nazca.

Hay escritores que tienen una pasión social o civil particular, pero para mí la única cosa importante es escribir bien, escribir algo bello.

—¿Cómo hace para saber cuándo una novela llega a su final? (Lukas Jaramillo, Medellín, Colombia).

Es una buena pregunta. Es muy difícil. Es como cuando los pintores deciden que un cuadro está terminado. Extraño. Yo, que no tengo el talento de la pintura, no entiendo cómo pueden saberlo. Escribiendo pasa lo mismo: es algo que viene del talento, a un cierto punto piensas que está listo. Claro que también te puede pasar que a un cierto punto estés demasiado cansado y no soportes más convivir con tu libro, intentando solucionar los problemas que no logras resolver.

—Carlos Carrillo, de Caracas, Venezuela, te pide que recomiendes algún autor que hayas leído últimamente.

Todo lo que ha escrito la estadounidense Elizabeth Strout es fantástico. De los italianos, Sandro Veronesi y Andrea Camilleri.

—¿Qué momentos de tu vida están reflejados en Seda? (Patricia Giusto, Venezuela).

En todos mis libros hay algo de mi vida, pero muy travestido, escondido. Hay escritores que escriben sobre su biografía, sólo cambian los nombres. Yo nunca hago eso. No hay ningún personaje que haya escrito que sea yo, sólo hay pedazos, fragmentos de mí en todas partes. De Seda soy un poco Baldabiou (el instigador de los viajes del protagonista).

—Desde Guantánamo, Cuba, Carina Días pregunta qué atributos consideras que no pueden faltarle a un escritor.

Seguridad y determinación.

—Claudia Daza escribe desde La Paz, Bolivia: ¿Ha vuelto a experimentar, quizás en sus talleres, la reescritura de algún otro libro clásico como hizo con Ilíada de Homero?

Sí, he pensado escribir Odisea, pero no la he comenzado. Quizás lo haga algún día. Pero me cuesta por dos motivos: porque es un trabajo muy similar a lo que hice con Ilíada y siempre aparece un proyecto que me gusta más porque es nuevo, distinto, y porque no sé si soy capaz.

—Desde Puebla México, Jorge Vásquez, te pide consejos para alguien que quiere empezar a escribir.

Leer, leer, leer, leer, leer, leer, leer… Si pueden ir a una escuela, háganlo (no necesariamente a la mía, aclara riendo). Y después, escribir todo lo que puedan, en diarios, en catálogos sobre cómo usar una lavadora, en publicidad, escribir mucho, trabajar escribiendo. No importa qué, lo importante es mantener la mano en movimiento, como si fuese una artesanía.

—Muchos lectores preguntan cómo perderle el miedo al fracaso y comenzar a escribir.

Si tienes miedo al fracaso, no has nacido para escribir. Es como los que escalan la montaña o los pilotos de Fórmula 1. No tienen miedo. Hay un respeto, un temor e equivocarse, pero no miedo. Escribir es un trabajo difícil, duro, solitario, que requiere mucha energía. Puedes escribir un libro por dos años sin que nadie lo lea y en verdad no sabes si está bien, si es bello, o es malo. Implica tener una seguridad en uno mismo enorme y una forma de narcisismo muy grande. Por lo tanto, es un trabajo que puede causarte mucho mal.

—¿Y cómo haces para manejar ese narcisismo en la vida diaria, en lo cotidiano?

No se puede esconder. Lamentablemente, el narcisismo de los que escribimos, pero también el de un bailarín o un futbolista, es un problema de los que nos rodean, no de uno. Tienen que tener mucha paciencia.

Tomado de: BBC Mundo. Diciembre 19, 2016.