Bedlam: la locura como atracción turística

El investigador Jonathan Andrews escribió que el asilo mental era una atracción popular. El propio hospital promovía las visitas. “En aquella época no había nada extraño en animar tal espectáculo: todo el mundo era un escenario y visitar Bethlem era visto algo edificante por las mismas razones que lo era asistir a los ahorcamientos”

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POR Amanda Ruggeri

El investigador Jonathan Andrews escribió que el asilo mental era una atracción popular. El propio hospital promovía las visitas. “En aquella época no había nada extraño en animar tal espectáculo: todo el mundo era un escenario y visitar Bethlem era visto algo edificante por las mismas razones que lo era asistir a los ahorcamientos”

Era un símbolo de la ciudad de Londres tan famoso que los turistas lo visitaban tanto como a la Abadía de Westminster y el zoológico, y tan conocido que su nombre llegó a significar locura y caos. Inspiró innumerables poemas y obras de teatro y de arte. Y el edificio que lo alojó desde 1676 era tan opulento que lo compararon con el Palacio de Versalles.

Se trataba del Hospital Real de Bethlem, más conocido como Bedlam, un apodo adaptado de su nombre, que aún se usa.

Bethlem fue, casi desde el principio, mucho más que un asilo mental. Era un lugar emblemático de la ciudad de Londres, justo al lado de la calle Bishopsgate, y fue uno de los primeros en especializarse en quienes llamaban “locos” o “lunáticos”.

“Se convirtió en esa proverbial y arquetípica casa de la locura”, explica Mike Jay, autor del libro This Way Madness Lies (2016), publicado junto a la exposición Bedlam: the asylum and beyond, ahora en el museo Welcome Collection de Londres.

“Cualquier asilo se empezó a llamar Bedlam poco después. Luego, el término se volvió genérico y más adelante empezó a significar más que asilo: hay varias metáforas que hablan de que el mundo es ‘un gran bedlam’”.

Como muchos hospitales antiguos, comenzó con una orden religiosa, fundada en el siglo XIII por un convento dedicado a Santa María de Belén. Hacia 1400 se había convertido en un “hospital” medieval, lo cual entonces no implicaba cuidados médicos sino simplemente “un refugio para extraños necesitados”, señala Jay. Aquellos que no tuvieran otro lugar al que ir, se presentaban allí.

En el siglo XVII, el asilo se hizo muy conocido por aparecer en muchas obras de teatro y baladas jacobinas. A menudo –así como las obras de William Shakespeare Hamlet y Macbeth— se utilizaba para explorar la popular cuestión sobre quién estaba loco, quién cuerdo y quién tenía el poder de decidir.

Cuando el hospital fue reconstruido se hizo todavía más fácil satirizar sobre los límites entre locura y cordura, en gran parte gracias a su opulenta arquitectura.

Cimientos poco sólidos

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Y es que la “versión” de 1676 resultó ser algo muy diferente a cualquier otro asilo. Diseñado por Robert Hooke, un científico, filósofo natural y ayudante del arquitecto Christopher Wren, su fachada de 165 metros de largo –con columnas corintias y una torre rematada con un cúpula— estaba inspirada en el Palacio de las Tullerías de Luis XVI en París.

Se erigía sobre los jardines con paseos adornados con árboles. Daba la impresión de que era una de las fastuosas propiedades del rey francés en Versalles y no un asilo. Tal y como dijo un escritor en 1815, “fue por muchos años el único edificio que parecía un palacio en Londres”.

Según Jay, “era parte de un intento de recrear la ciudad como algo grandioso y moderno, en lugar de los viejos tablones de madera medieval que componían esa parte de Londres antes del incendio. Además, era una especie de misión caritativa: convertir a Londres un lugar mejor para todos, incluso para los ‘lunáticos’”.

Por otro lado, en esa época ya se estaban inaugurando asilos privados en la ciudad. En ese sentido, el diseño buscaba estar a la altura de lo que requería el mercado; entonces, como ahora, algunos de los edificios más impactantes de la ciudad eran impulsados por la competencia capitalista. Sin embargo, el interior (y la realidad) del hospital era muy diferente.

Como la fachada era tan pesada, pronto se quebró en la parte posterior. Cuando llovía, corría agua por las paredes. Y como el hospital fue construido sobre los escombros cercanos a una muralla romana, nunca tuvo unos buenos cimientos.

El nuevo hospital era, literalmente, una cara bonita de lo que muchos londinenses veían como un problema turbio y desastroso. “Estaba ese edificio extraño colapsándose y quebrándose desde el principio. Era un contraste del que todos se dieron cuenta en aquel momento: esa grandiosa fachada y lo sombrío de su interior”, señala Jay.

En 1699, el autor de sátiras Thomas Brown escribió que el diseño llevaba a preguntarse “quiénes estaban más locos: si las personas que habían ordenado construirlo o quienes vivían allí”.

Irónicamente, una de las maneras en las que la gente se protegía de la locura era visitando el hospital. En 1681, los gobernadores de la ciudad señalaron “la enorme cantidad de personas que vienen a diario para ver a los llamados Lunatickes (contracción en inglés de lunáticos y tickets)”.

Aunque suele decirse que había unos 96 mil visitantes al año, no se tienen muchas pruebas al respecto. Pero tal y como escribió Jonathan Andrews en The History of Bethlem (1997), es indiscutible que era una atracción popular.

El propio hospital lo promovía y se beneficiaba de las donaciones de los visitantes y de las contribuciones caritativas. “En aquella época (1610) no había nada extraño en animar tal espectáculo: todo el mundo era un escenario y visitar Bethlem era visto algo edificante por las mismas razones que lo era asistir a los ahorcamientos”, añade Andrews.

En concreto, ir a hospital era un recordatorio instructivo para recordar a los visitantes a “mantener sus instintos bajo control” pues ellos, también, podían terminar en el otro lado de las barras.

Doble significado

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A medida que el Hospital de Bethlem se hacía más y más conocido se convertía también en un concepto propio.

Hacia el siglo XVII, los pacientes más complicados se llamaban “locos totales de Bedlam”. Los mendigos que pretendían ser “lunáticos” –para evitar ser enviados a una workhouse lugar para vivir y trabajar) o a prisión— eran conocidos como “Tom o ‘Bedlams”.

La idea fue más allá y llegó a significar no solo “locura”, sino caos en general. Esta interpretación se acentuó por la imagen contemporánea de Londres como confusa y caótica, y convirtió a Bethlem en su símbolo no sólo de la ciudad sino de todo Reino Unido. A veces, incluso del mundo.

En 1815 el Hospital de Bethlem fue derribado. El “único” edificio palaciego de Londres había desaparecido. Y también las desafortunadas condiciones en que vivían sus pacientes. Hoy día, el hospital funciona como una instalación de vanguardia y un museo abierto al público.

Tomado de: BBC Mundo. Enero 14, 2017.