Mi reloj de pulsera

Quien persigue al futuro persigue su propia imagen multiplicada en miles de espejos. Tal es una de las tantas pesadillas de Borges, quien acaso nos enseñó que la oscuridad de la ceguera está llena de infinito, y que es en este infinito donde, a su vez, se escucha el eco hueco del porvenir

Gothic Horror Tarot Cards – Major Arcana and Back (tobias-sama/ DeviantArt)

POR Óscar Garduño Nájera

Quien persigue al futuro persigue su propia imagen multiplicada en miles de espejos. Tal es una de las tantas pesadillas de Borges, quien acaso nos enseñó que la oscuridad de la ceguera está llena de infinito, y que es en este infinito donde, a su vez, se escucha el eco hueco del porvenir

Una de tantas maldiciones: nos está prohibido predecir el futuro. De lo contrario las cosas serían distintas en esta historia. La de los hombres, me refiero. Creo que no existe cultura alguna que no haya arriesgado a intentar predecir el futuro. Puedes permanecer como idiota mirando fijamente durante varios minutos una gran bola de cristal y nada va a ocurrir. Predecir el futuro es acaso uno de los actos más absurdos a los que tiene derecho cualquier hombre. Aunque en esa gran bola de cristal sólo aparezca el mismo polvo de siempre, que parece sobrevivir a hurtadillas en un círculo que es finito en su forma no así en la sombra que proyecta. Damos las gracias por estar vivos en un tiempo presente. Pero nos es imposible dar las gracias por adelantado. Es un ejercicio ocioso con el cual se entretienen los católicos. Y al parecer no les va tan mal. Sumen ustedes la inmensa constelación sobre la que se erige la fe.

Lo mismo con el tarot. Envejecen las manos del hombre que deja caer las cartas, envejecen hasta las mismas cartas, pero el futuro sigue siendo inalcanzable por muchos esfuerzos que se hagan. Quien persigue al futuro persigue su propia imagen multiplicada en miles de espejos. Tal es una de las tantas pesadillas de Borges, quien acaso nos enseñó que la oscuridad de la ceguera está llena de infinito, y que es en este infinito donde, a su vez, se escucha el eco hueco del porvenir.

Han sido muchos los intentos por predecir el futuro. En él hemos puesto no sólo supersticiones sino invenciones tecnológicas que sólo nos confirman que en caso de existir alguien que pueda predecir el futuro debe tratarse del mismísimo diablo. Si tanto nos ha ocupado el porvenir es quizás porque el presente ha perdido su atractivo como atmósfera recreativa donde jugamos a existir. De paso en paso se llega al mismo lugar. Supongamos que es el hombre, y no el diablo, quien al fin es capaz de predecir el futuro. La pregunta es qué ocurriría a continuación. De la misma manera supongamos que una vez que se predice el futuro se corre la voz entre los hombres de cualquier ciudad. Muchos harían maletas y saldrían huyendo. Los más valientes permanecerían frente al espejo de pie, inmóviles, justo como aseguran permanecen los árboles cuando dan sus lomos a los vientos invernales más gélidos. También tendría su cierto grado de diversión, sin duda. La solemnidad de la conjugación de los verbos nos lleva a creer que el tiempo también lo es, sin embargo no es así.

El país de los senderos que se bifurcan (Razón y Revolución)

Lo más triste de una historia triste donde uno de tantos hombres es incapaz de predecir el futuro, es el hecho de que encima ese hombre opte por elegir, entre tantas opciones, un poema. Este hombre mantiene un secreto entre los labios: si lanzas un verso como flecha es capaz de atravesar todos los tiempos que sean necesarios para que ese mismo verso sobreviva. Y en la mano del hombre que escribe el poema está también la flecha. Es hora de salir a cazar. Si yo fuese el hombre que sostiene la primera flecha aseguraría que hay otro hombre que predijo el futuro con una exactitud matemática. Lo haría antes de fallecer, cuando la flecha de este hombre atraviese mi pecho. Su nombre es César, César Vallejo para más señas. Se ha echado a correr como niño en parque. Pero hasta ahora nos está prohibido predecir el futuro. El tiempo es infinito no sólo cuando cierras los ojos y te admiras frente a las proyecciones del mismo círculo, sino cuando cierras el libro y sigues el ejemplo de Quevedo: hablas con los muertos.

Pero hablamos del espacio que habitamos en un aquí y ahora realmente efímero. Hoy tengo un reloj de pulsera nuevo y no he dejado de ver, como el mismo idiota que se para frente a la bola de cristal, cómo velozmente el segundero parece perseguir al número siguiente, tal y como señala Julio Cortázar ocurre con el tiempo cuando alguien se atreve a tocar jazz.

Mientras dure la pila de mi reloj de pulsera ese segundero se convertirá en una trampa mortal donde los números no sólo consigan alcanzarse, sino multiplicarse, comprenderán entonces el horror de la especie humana, porque heráclitamente no volverán a ser los mismos números que ahora observo: se habrán bañado más de dos veces en el mismo río.

Mis temores más ocultos tienen que ver no con mi ausencia, sino con la ausencia ajena, con aquella ausencia de los que, por cercanos, me resultan más familiares. En algún momento se desvanecerán en el río del tiempo y un cauce enigmático y estúpido a la vez dejará un hueco en el mundo, no así en los números de mi reloj de pulsera. ¿A dónde llevaremos tantos recuerdos entonces?, ¿qué extraña prisión nos impondrá el tiempo, que lo mismo se encarga de recordar que de olvidar? Y si uno es el que se suma a aquellas arenas movedizas antes que ellos, ¿quién se encargará de perseguir los números que habremos de dejar antes de partir? Todo esto me resulta inútil, pero no por ello menos interesante.

He dejado de observar mi reloj de pulsera nuevo y he dejado de pensar en lo inhabitable del espacio del futuro. Como tantas otras preguntas, las que me he hecho las he sumado a la bolsa que se encuentra dentro del cajón donde uno acostumbra a guardar las inmundicias existenciales. Hay una sola receta para predecir el futuro y es la de no pensar jamás en él, entonces ocurrirá como el cuento del rey desnudo que confiado sale a caminar entre los habitantes del pueblo. Lo invisible se hace visible cuando menos te lo esperas.