Rulfo o el silencio

Si bien Juan Rulfo fue un personaje más bien oscuro y apesadumbrado, trabajador de una llantera y alcohólico, alcanzó a vivir los últimos años de su vida la gloria en carne propia. Susan Sontag, Milan Kundera o Gabriel García Márquez situaron en su correcta dimensión a un autor cuya genialidad es directamente proporcional con su brevedad

Serie televisiva sobre Juan Rulfo en su centenario (Proceso)

POR Cristian Zermeño

Si bien Juan Rulfo fue un personaje más bien oscuro y apesadumbrado, trabajador de una llantera y alcohólico, alcanzó a vivir los últimos años de su vida la gloria en carne propia. Susan Sontag, Milan Kundera o Gabriel García Márquez situaron en su correcta dimensión a un autor cuya genialidad es directamente proporcional con su brevedad

A principios del siglo XXI, el Instituto Cultural Cabañas presentó una retrospectiva de la obra fotográfica del escritor Juan Rulfo, poco conocida hasta ese momento y que mostró las imágenes de un México rural, de paisajes dramáticos y solitarios, muy parecido al de sus historias y que hoy no existe más.

Además de las instantáneas cinematográficas del autor jalisciense, la exposición presentaba documentos personales y una parte de su biblioteca. Gran lector, Rulfo estaba obsesionado con la literatura rusa. Recuerdo que Las almas muertas de Nicolái Gógol se presentaba en diferentes ediciones en su acervo personal, una novela que describe la vida de un facineroso y excéntrico personaje que recorre media Rusia comprando almas para hacer negocio.

Otro negocio que abunda en los países como México es la apropiación de la fama. El gobierno y diversas universidades han creado un santoral de artistas para homenajearlos sistemáticamente. Como escribió Gabriel Zaid, cuando una institución premia a alguien lo que hace realmente es premiarse a sí misma.

En las últimas semanas se ha levantado una polémica en el ambiente cultural por el rechazo de la familia de Juan Rulfo a que se conmemore el centenario del nacimiento del autor de Pedro Páramo. La fundación que vela por la obra del escritor fue muy enfática al señalar que el gobierno no debería gastar un peso, y que si había algún tipo de presupuesto para los fastos éste debería de invertirse en becas para jóvenes creadores.

Si bien ya existe un abanico de ayudas para los artistas en el país, la petición de no gastar dinero en homenajes puede ser considerada congruente en un entorno de crisis económica y social como el que vivimos. Y aunque también existe el tópico de que la mejor manera de honrar a un autor es leyéndolo (algo también resuelto por la editorial con los derechos de autor, que ya prometió sendas ediciones conmemorativas del escritor mexicano), hasta qué punto un país no tiene el derecho de festejar a uno de sus creadores fundamentales.

Hasta dónde los herederos pueden evitar que se haga un festejo auténtico y se ponga a discusión la trascendencia de un personaje y su obra en el contexto histórico actual. Cuando fue el centenario de Marcel Proust, toda Francia celebró durante un año al autor de En busca del tiempo perdido. En París, el rostro adusto del genial novelista adornó los grandes edificios públicos y los museos.

Si bien Juan Rulfo fue un personaje más bien oscuro y apesadumbrado, trabajador de una llantera y alcohólico, alcanzó a vivir los últimos años de su vida la gloria en carne propia. Autores como Susan Sontag, Milan Kundera o Gabriel García Márquez, situaron en su correcta dimensión a un autor cuya genialidad es directamente proporcional con su brevedad. Y después de leerlo y releerlo, lo que hay que hacer con Juan Rulfo es festejarlo, más allá del gobierno en turno y sobre todo a pesar de su parentela.

Tomado de: máspormás. Enero 17, 2017.