Un mundo feliz o 1984: ¿hacia dónde nos dirigimos?

Nos dirigimos a un futuro ya imaginado por Aldous Huxley y George Orwell, en el que los hechos pasan a un segundo plano en favor de la seguridad y la paz mental, en el que no se pide nada más al ciudadano que una completa lealtad a cambio de una vida placentera ausente de preocupaciones. Una mezcla perfecta de 1984 y Un mundo feliz

La distopía a día de hoy (Distrito Digital)

POR Alfredo Álamo

Nos dirigimos a un futuro ya imaginado por Aldous Huxley y George Orwell, en el que los hechos pasan a un segundo plano en favor de la seguridad y la paz mental, en el que no se pide nada más al ciudadano que una completa lealtad a cambio de una vida placentera ausente de preocupaciones. Una mezcla perfecta de 1984 y Un mundo feliz

¿Dictadura del pensamiento o control a través del placer? ¿Restricción de la libertad de pensamiento o anulación de la voluntad? 1984 y Un mundo feliz son dos de las más grandes obras literarias del siglo XX, dos novelas cuya capacidad de anticipación ha comenzado a hacerse cada vez más patente a medida que nos adentramos en el siglo XXI. Hasta hace pocos años, parecía que Huxley había acertado más que Orwell, pero tras la subida al poder de Trump en Estados Unidos parece que 1984 recupera su ventaja.

Es irónico que una obra concebida para proyectar los peligros del estalinismo desbocado acabe siendo un ejemplo de lo que puede pasar en un futuro dominado por una élite neoliberal. El Gran Hermano sigue siendo el mismo: el que vela por nosotros y controla lo que es cierto y lo que no a través de un retorcido uso del lenguaje.

Pero Huxley tampoco se queda atrás. Su visión de una sociedad en la que prima el egoísmo, el placer personal, el hedonismo, y donde las estructuras sociales dejan de depender de las tradicionales clases marxistas, está también muy cerca. Ahora que nadie es obrero y todo el mundo es clase media, se reclama el derecho a vivir la vida como uno quiera, a disfrutar de nuestro ocio como base fundamental de la existencia.

Sin embargo, el camino de Huxley, que parecía en ascenso, ha sufrido poco a poco con la llegada de la crisis económica que no acaba de desaparecer. Los movimientos sociales, que ya no son tan clásicos, se alejan de esa visión complaciente de la individualidad por encima de todo. Pero alejarnos de ese modelo, con el nacimiento de elementos contestatarios, hace que crezcan las tesis de Orwell.

Y no lo digo yo, es que parece que la administración Trump ha decidido seguir el manual del Ministerio de la Verdad. Si hace poco se hizo famoso el término de posverdad para definir un discurso político en el que los hechos verdaderos pasan a un segundo plano en favor del mensaje emocional, ahora ha llegado una nueva idea digna de la oficina en la que trabajaba Wilbur Smith: hechos alternativos.

La guerra es la paz, libertad es esclavitud, hechos alternativos. Esta idea genial se ha utilizado para defender declaraciones que no se ajustaban a los hechos reales. En lugar de desviar la atención –o no asumir consecuencias por ello—, ahora se asume que se puede no estar de acuerdo con los hechos. Como si fuera algo normal.

El uso del lenguaje para que la realidad se ajuste a una visión política y no para que la visión política se ajuste a la realidad es puro 1984. La manera de dar discursos de Trump o Putin, en los que lo importante es la intensidad y la respuesta emocional y donde los hechos son algo completamente secundario, indica que las ideas de Orwell toman fuerza.

Lo cierto es que nos dirigimos a un futuro ya imaginado por estos dos grandes pensadores, una distopía en la que los hechos pasan a un segundo plano en favor de la seguridad y la paz mental, al mismo tiempo que no se pide nada más al ciudadano que una completa lealtad a cambio de una vida placentera en la que no tenga que preocuparse de nada. O de nadie. Una mezcla perfecta de 1984 y Un mundo feliz.

Tomado de: Lecturalia. Enero 26, 2017.