Céline y Bébert, el gato que encarnó el genio francés

El gato Bébert eligió a Céline; lo acompañó y resistió con el novelista hambre, miedo y fatiga. Siempre dentro de una mochila, asomaba impasible su cabeza en medio de los incendios. Quizá Steiner tiene razón, y este gato tan especial redime, a pesar de todo, al Céline hombre: el novelista no necesita perdón alguno

El gato Bébert y Louis-Ferdinand Céline (Gatos y Respeto)

POR Gerardo de la Concha

El gato Bébert eligió a Céline; lo acompañó y resistió con el novelista hambre, miedo y fatiga. Siempre dentro de una mochila, asomaba impasible su cabeza en medio de los incendios. Quizá Steiner tiene razón, y este gato tan especial redime, a pesar de todo, al Céline hombre: el novelista no necesita perdón alguno

Una paradoja –quizás un enorme sarcasmo— habría sido para Louis Ferdinand Céline que un crítico literario judío como George Steiner haya comprendido, sin hacer ningún tipo de concesiones, el alma y la grandeza de su literatura y de su gato Bébert.

Y no fue sencillo para Steiner. De hecho en su texto (“Artículos para The New Yorker”, FCE) quiere referirse sólo a Bébert, el gato que acompañara al novelista en su aciago periplo durante la Segunda Guerra Mundial (su huida de París; su paso por Sigmaringen y el Hamburgo incendiado por las bombas aliadas; su detención en Copenhague por colaboracionista).

“Es sobre Bébert que quiero escribir; Bébert, el archisuperviviente y la encarnación del genio francés; pero tengo ante mí una voluminosa bibliografía de su desdichado dueño, de ese médico loco que bajo el nombre de Céline produjo algunas de las narraciones y de las obras de ficción real más sensacionales de la literatura occidental. Sería un placer informar acerca de Bébert. De Céline, no”, escribe el autor de Errata.

A lo largo del ensayo la admiración literaria de Steiner cede. Celebra el significado de el Viaje al fin de la noche como una de las novelas más importantes del siglo XX, no demeritada por Muerte a crédito, y reivindica el estilo relampagueante, sarcástico, amargo de De un castillo a otro y Norte, incluso Rigodón (considerada por él la más débil de la trilogía dedicada por Céline a su experiencia en la Segunda Guerra Mundial).

El ensayista se acerca a ese trasfondo de risa, de descomposición, de humanidad verdadera, de rechazo, de negaciones y delirante belleza que está en las novelas de Céline. Aborda luego sus famosos –aunque desconocidos ahora— panfletos antisemitas de antes de la guerra, particularmente Bagatelas para una masacre y Escuela de cadáveres y termina entendiendo en esas páginas alucinantes el odio irracional al judío como una expresión de misantropía extrema. Ahí donde Céline dice el judío se debe poner el hombre y entonces se puede entender verdaderamente –de acuerdo con Steiner—, este nihilismo demencial. Al final, lúcido e irónico, retorna a Bébert y comenta que seguramente este gato fiel, sí amó a Céline y, a través de él, a la humanidad.

En el libro de ensayos, Un encuentro (Tusquets Editores, 2009), Milan Kundera dedica al autor de Norte, “La muerte y sus fastos (De un castillo a otro)”. Recupera la narración que hace Céline de la muerte de una perra danesa aquejada de cáncer. “Lo que molesta en la agonía de los hombres son los fastos”, reflexiona Céline. “¡Qué frase!”, exclama Kundera. Esta perra de Céline, “fiel también a la vida atroz”, se tiende a morir sobre unas piedras mirando hacia el norte, hacia los bosques de donde venía. Y con las imágenes de este animal moribundo, Céline termina escribiendo sobre su pertenencia al mundo de los condenados y los vencidos que, según Kundera, es “la experiencia de una vida a la que se le ha confiscado todo fasto”.

Finalizo mencionando Céline secreto, de Lucette Destouches y Véronique Robert, publicado por Veintisieteletras, memorias de la bailarina Lucette, segunda esposa de Céline, su acompañante durante la guerra y los 15 años posteriores hasta su muerte en París a donde había regresado amnistiado. Pequeña joya que describe la cotidianidad de Céline, sus lazos familiares y donde, en forma inevitable, reaparece Bébert, el gato atigrado que ya es inseparable de la biografía de Céline. Lucette cuenta una anécdota muy graciosa: el gato perteneció primero al actor Robert Le Vigan quien “mantenía con él unas horribles disputas. Le Vigan le hablaba como una persona y Bébert le respondía escupiéndole”.

El gato Bébert eligió a Céline; lo acompañó y resistió con el novelista hambre, miedo y fatiga. Siempre dentro de una mochila, asomaba impasible su cabeza en medio de los incendios. Quizá Steiner tiene razón, y este gato tan especial redime, a pesar de todo, al Céline hombre: el novelista no necesita perdón alguno.

Tomado de: La Razón (México). Octubre 10, 2016.