Deberías casarte conmigo

Nuestra generación, a diferencia de la de nuestros padres, es tan pusilánime que le tiene tanto miedo a una relación formal, tal vez porque no estamos dispuestos a pagar el precio que eso significa, tal vez porque es mucho más cómodo permanecer en una zona de confort que nos ha funcionado durante años, y que nos puede funcionar hasta la muerte

The Pain of Saying Goodbye (Flickr700 × 700)

POR Óscar Garduño Nájera

Nuestra generación, a diferencia de la de nuestros padres, es tan pusilánime que le tiene tanto miedo a una relación formal, tal vez porque no estamos dispuestos a pagar el precio que eso significa, tal vez porque es mucho más cómodo permanecer en una zona de confort que nos ha funcionado durante años, y que nos puede funcionar hasta la muerte

Recuerdo el momento justo en que se lo propuse. Estábamos en su casa, luego de comer, sentados en un especial sillón rojo que arropa nuestros mejores momentos. Se sonrojó. Omití advertirlo. Luego comenzó a reírse. Enseguida me percaté que se trataba de una risa nerviosa que parecía bailar de a pegadito con sus aún ruborizadas mejillas. Le pedí que no se burlara de mi propuesta. Hablé de la seriedad que puede tener un hombre en sus palabras, al menos en las mías, en las que en ese momento le ofrecía como un ramillete de aventurados sueños.

No lo hago. Eso fue lo que me contestó mientras yo contenía las ganas para irme encima de ella y darle no un beso, cientos, contarlos, como cuando cierras los ojos y cuentas mientras los otros se esconden. En ocasiones un beso ayuda demasiado a tomar una decisión. Pero no iba a poder ni con los cientos de besos, tocaría sus piernas, sus senos, guardaría otra buena tanda de besos para su cuello, su espalda, sus nalgas, sus pies.

Como ocurre en las novelas de misterio no me dijo que no, pero tampoco me dijo que sí. Cambió inmediatamente el tema y me preguntó si me gustaba el pulque de mango que se servía para deleite de los comensales.

Pensé en una llamada telefónica que se había dado entre los dos apenas unos cuantos días atrás. En ella me había expresado su miedo al compromiso. Me lo dijo entre sollozos. Califiqué tal miedo como el síndrome de la Cenicienta: cuando una mujer siente que una relación va en serio prefiere salir, poner de pretexto al tiempo, y huir de ahí para poner su cabeza, su corazón y su independencia a salvo.

Y ya se había salvado en dos ocasiones. Una de ellas con anillo de compromiso incluido. Esta historia y el anillo darían para un cuento. Pero no voy a entrar en detalles. Me quedo con la parte donde devolvió el anillo tras una relación de más de diez años. Conmigo apenas llevaba un año y algunos meses. Y creo que en algún momento… no, no lo creo, lo aseguro: pasé por lo mismo, es decir, por un espantoso miedo a lo que significaba una relación formal, no digamos ya de casamiento sino de noviazgo. Y de manera estúpida intenté huir, darle la espalda, también me enganchaba al síndrome de la Cenicienta. Pero volvía. Regresaba a su lado. Tal y como debe ocurrir a los adictos cuando no consiguen dejar la droga. Porque cuando un amor como el de ella te embiste con tal fuerza, altera todos tus sentidos, te emocionas, vas por la vida sintiéndote el hombre más feliz con un “te amo” en el organismo. Dudo mucho que exista un hombre que no haya cometido estupideces por amor. Y las mías eran así.

Dejé la propuesta en el aire. Ahí se quedan las palabras cuando dices algo importante. De ella depende si estira el brazo y las toma como quien toma un foco luego de cambiarlo, o si sopla tan fuerte que consigue mandarlas hasta un lugar donde seguramente se encuentran amontonadas las palabras que pierden sentido alguno.

Pinterest/ The world’s catalog of ideas (www.pinterest.com)

Me pidió tiempo. Ya unos días atrás lo había hecho en la mesa de una cervecería. La frase con que me lo pidió fue hermosa tanto por su construcción como por su significado. Déjame enfrentar esta vorágine que se me viene encima. Tendrían que haberla escuchado con el tono de su voz para estar de acuerdo conmigo. Caminábamos los dos por una desértica calle del Centro Histórico a altas horas de la noche. Esa palabra, vorágine, alcanzó a ir por entre la arquitectura colonial, atravesó quién sabe cuántas paredes, rozó cientos de cuerpos, subió y bajó, dio tres vueltas completas a un también desértico Zócalo y llegó a mis oídos lo mismo que una manada de elefantes. Detuve nuestro caminar, la miré de frente y le pedí un abrazo de esos que dicen son inolvidables. Llegamos a la esquina y nos despedimos con un gélido beso en las mejillas.

Antes de llegar a casa pasé a comprar cervezas, bebí toda la noche, lloré frente a una imposible escritura, porque no era capaz siquiera de hilar una palabra, estaba la computadora encendida, escuchaba a Jorge Drexler y fue una de las noches más patéticas de mi vida, pero también fue una de las más lúcidas porque encontré lo que quería: resultados.

Vorágine, volví a pensar mientras me dirigía al Centro Cultural del Bosque a ver la obra de teatro de un amigo luego de salir de su casa. También pensé en cómo nuestra generación, a diferencia de la de nuestros padres, es tan pusilánime que le tiene tanto miedo a una relación formal, tal vez porque no estamos dispuestos a pagar el precio que eso significa, tal vez porque es mucho más cómodo permanecer en una zona de confort que nos ha funcionado durante años, y que nos puede funcionar hasta la muerte.

Cuando escuchamos a nuestros padres nos sorprendemos al enterarnos cómo fue que se conocieron y lo pronto que decidieron contraer nupcias. Además que eran demasiado jóvenes, lo cual nos lleva a pensar que cometieron la peor locura que se puede cometer a esa edad. Yo al menos no haría la misma locura que mis padres, piensa uno; no obstante, resulta que ya ni siquiera estás tan joven como para que una acción así, la de contraer nupcias, se convierta en una locura. Pero no aprendemos la lección y creemos que la juventud nos habrá de durar toda la vida.

Sin duda, nuestros padres tenían una educación distinta donde si no seguías los valores morales en turno eras calificado casi como traidor a la patria. Sin embargo, esas “locuras” que llevaron a cabo es lo que para fortuna nos trajo al mundo, por lo tanto, bien visto, no era una decisión tan disparatada. Todo lo contrario, nuestros padres sí pagaron el precio de tener y mantener una familia y se dieron a la tarea de sacarla adelante. Se rompieron el lomo para que al menos lo más básico no nos faltara. Se dieron a la tarea de aprender que en ese amor que se habían jurado pueden existir diferencias que en ocasiones parecen abismales, pero que se resuelven con valentía y no con cobardía. Respetándose y dándose a respetar.

La pregunta no debería ser por qué no se separaron nuestros padres cuando comprobaron que no eran el uno para el otro, cuando había un padre desobligado y alcohólico y una madre cuyo síndrome de Marga López la llevaba a resistir estoicamente cada uno de esos golpes de la vida de los que habla César Vallejo; la pregunta debería ser la misma respuesta: por amor, porque existe algo más allá que el ser humano intenta, inútilmente, comprender a diario, porque no hay una teoría que sea cierta en torno al amor, porque se puede hablar de atracción, de química, etc., pero cuando llegamos al amor doblamos las manos.

En cambio, nuestra generación se ha vuelto egoísta y mezquina. Y conforme pasa el tiempo vemos cómo también se vuelve más egocéntrica. Nos preocupamos por nosotros. Y luego por nosotros. Y al final por nosotros. Y a partir de aquí que se jodan los demás. Somos una generación que en lugar de crear, destruye, y que cuando se trata del amor nos da mucha hueva, pero tratamos de sacar ventaja, de ser “emocionalmente más inteligentes”, o lo que signifique tal estupidez, como si de un juego se tratase, un juego de lo más miserable y egoísta donde no eres capaz de entregarte por completo porque desconfías hasta de tu propia sombra.

Y entonces nos sentimos orgullosos de nuestras traiciones y de nuestras mentiras. Y si damos con una persona honesta no le creemos, porque seguramente esconde intereses personales. ¿Estamos dispuestos a pagar el precio por una familia? No, porque inventamos que eso es para gente anodina, porque inventamos que eso es restarle valor a nuestra independencia, cuando en realidad es un complemento, porque, como hombre o como mujer, qué hueva estar con una sola si puedes estar con varias a la vez y hacer de tus sentimientos un gran puño de mierda, ¿a eso estamos dispuestos?, ¡claro!, es mucho más sencillo que tratar de entender el compromiso y el precio que nuestros padres pagaron para traernos al mundo.