Gordon Stewart Northcott: lobo en gallinero*

Gordon Northcott: “El Asesino del Gallinero” en el foro Universo… (3DJuegos)

POR José Luis Durán King

Gordon Stewart Northcott subió al patíbulo el 2 de octubre de 1930. Antes de que el verdugo accionara la palanca para abrir la compuerta que dejaría caer el cuerpo, Northcott gritó a la gente ahí reunida que por favor rezara una plegaria por él. Excepto el cura de la prisión, nadie más lo hizo

El matrimonio de Stanford y June Clark duró 55 años y procreó dos hijos. Durante ese tiempo, Stanford –quien murió en 1991, a los 79 años— participó en la Segunda Guerra Mundial y, a su regreso, se incorporó al servicio postal canadiense, en el que trabajó casi tres décadas. Muy atrás había quedado el año 1926, cuando su tío Gordon Stewart Northcott hizo un viaje a Columbia Británica, Canadá, con el propósito de invitarlo a trabajar en su rancho de Wineville, cerca de Riverside, California. Stanford aceptó la oferta y viajó en compañía de su hermana mayor.

Dos años después, la hermana regresó a Canadá, pero antes de hacerlo acudió con las autoridades a declarar que Stanford era menor de edad y que su estancia en Estados Unidos era ilegal; además señaló que su tío era un hombre violento que acostumbraba a castigar a Stanford por cualquier cosa. Cumpliendo con la rutina, un agente del Departamento de Policía de Los Ángeles visitó el rancho de Gordon Stewart Northcott, donde encontró a Stanford y regresó acompañado por él a la comisaría, donde, ya bajo custodia, se prepararía su deportación a Canadá.

Al sentirse lejos del rancho Northcott, el joven, de entonces 16 años, decidió hablar de las experiencias al lado de su tío Gordon y de la madre de éste. Dijo que desde su llegada al rancho su tío lo golpeaba y violaba sistemáticamente. Las autoridades no otorgaron mucho crédito a las palabras de Stanford, pues en una primera instancia creyeron que sólo trataba de impresionarlos para evitar que lo mandaran de regreso a su país. Sin embargo, conforme avanzó el relato, la policía comenzó a creer al muchacho. Habló de una serie de asesinatos ocurridos en el rancho, de niños encerrados en gallineros que posteriormente fueron cercenados a hachazos y cuyos restos se esparcieron en el desierto. Dijo que él había participado –obligado por su tío— en uno de los homicidios y que su abuela había hecho lo mismo con el niño Walter Collins, de diez años, quien desapareció el 10 de marzo de 1928 de su hogar en Los Ángeles. Cuando uno de los agentes preguntó a Stanford de cuántas víctimas hablaba, el muchacho respondió: “19 o 20”.

Sanford Clark (Courtesy of LAPL)

Walter era hijo de Christine Collins, una madre soltera que trabajaba como operadora en un call center. En la fecha referida, la mujer regresó de la telefónica donde laboraba y encontró su hogar vacío. Después de buscar infructuosamente a su hijo por el vecindario, acudió a la policía a reportar la desaparición. La búsqueda se prolongó por varios meses. La ausencia de resultados positivos por parte de las autoridades confirmó lo que los ciudadanos angelinos ya opinaban de la policía: era una entidad corrupta, cuyos oficiales utilizaban el cargo como trampolín hacia mejores puestos del organigrama administrativo del estado.

En un esfuerzo por atemperar a la ciudadanía, los gendarmes redoblaron esfuerzo y finalmente el menor fue encontrado vagando, en condiciones inmejorables, en las calles de Illinois, Chicago. Había pasado mucho tiempo, por lo que los oficiales planearon un reencuentro emotivo y mediático entre madre e hijo, el cual ocurrió en la estación de trenes, frente a las cámaras y flashes de los reporteros.

Sin embargo, prácticamente desde que abrazó al niño, la señora Collins supo que algo andaba mal. Volteó hacia el jefe de la policía, capitán J.J. Jones, y le dijo que el menor no era su hijo. Jones respondió que había transcurrido mucho tiempo y que los niños cambian físicamente muy rápido. En este contexto, el uniformado aconsejó a la señora Collins que se llevara al niño a su casa “para probar” y convencerse de que había tomado una buena decisión. A regañadientes, Christine Collins aceptó la sugerencia y regresó a su hogar en compañía de “Walter”.

Con el paso de las semanas la madre confirmó que el chico no era su hijo. Pero, para salir de dudas, tomó los registros dentales del niño y acudió con el especialista, quien estableció que las improntas no coincidían. Con resultados en la mano, la mujer se presentó ante Jones, a quien le increpó su desmedida ambición política, pues prefería engañar antes que aceptar su ineptitud al frente del Departamento de Policía de Los Ángeles. La lucha de Christine Collins apenas comenzaba, pero pagaría su valentía con el encierro.

Por temor al escándalo que amenazaba su carrera, el jerarca policiaco movió su red de influencias para enviar a la señora Collins al pabellón psiquiátrico del Hospital General del Condado de Los Ángeles, aduciendo que sólo una persona disminuida de sus facultades mentales puede desconocer a su propio hijo. La intervención sobre todo de un connotado reverendo que abogaba por la radio contra los abusos que cometían las autoridades de Los Ángeles en detrimento de los sectores más desprotegidos de la sociedad, así como la de un abogado, contribuyeron a que Christine Collins fuera liberada.

La indignación popular había crecido desmesuradamente y ya era imposible que el caso se resolviera sin castigo contra la red de burócratas que participó en la conjura contra la señora Collins. El reverendo y el abogado lograron que el supuesto “Walter” confesara lo que sabía. Efectivamente, el menor se llamaba Arthur Hutchins, Jr., era originario de Iowa y se había fugado a Illinois. Explicó que aceptó pasar por el desaparecido Walter Collins, ya que la policía le ofreció viajar gratis a California. El engaño en el que participaron varios elementos policiacos fue juzgado como trata de personas. Jones y varios de sus subalternos fueron separados de sus cargos, aunque lograron evadir la prisión.

Sin embargo, después de tanto revuelo el origen de todo el problema seguía en el aire: ¿dónde estaba el niño Walter Collins?

Cal viva

Face Obscura: Dezembro 2014 (faceobscura.blogspot.com)

Para responder la pregunta anterior, los agentes centraron su atención en las conversaciones que sostenían con el adolescente Stanford Clark. Un perfil inquietante surgió de las charlas con el menor y de las investigaciones que la policía hacía por su parte.

Gordon Stewart Northcott había nacido en Canadá en 1908. Su actividad delictiva tenía alcurnia: su padre, un violento alcohólico, lo había sodomizado hasta los diez años. El viejo terminó sus días en un asilo para enfermos mentales. Asimismo, Gordon tenía un tío paterno que también falleció en el encierro, en la Prisión Estatal de San Quentin, donde purgó una cadena perpetua por asesinato.

Stanford explicó que el modo de operar de su tío consistía en salir a dar una vuelta a bordo de su camioneta. Cuando Northcott veía a algún niño, a una posible presa, detenía la marcha e invitaba al menor a subir al vehículo. Si éste se negaba, entonces el hombre le inventaba una historia, por ejemplo, que sus padres habían sufrido un accidente y que estaban en el hospital. Gordon se ofrecía a llevarlo. Para reforzar la confianza, Stanford se asomaba por la ventana de la unidad para que el infante lo viera.

De acuerdo con las declaraciones de Stanford Clark y de las investigaciones policiacas ulteriores, Gordon Stewart Northcott encerraba a los niños en el gallinero de su rancho. Y como si de pollos se tratara, vaciaba el lugar de cautiverio conforme los días pasaban. Algunos de los reportes periodísticos de la época informaron acerca de que el individuo secuestraba a sus presas para después a ofrecerlas a una selecta clientela de pervertidos que no mostraba empacho en pagar para obtener carne fresca para sus banquetes sexuales.

La misma corrupción que permeaba a la policía de Los Ángeles impidió que el nombre de los acaudalados pedófilos se hiciera público, no obstante que Northcott proporcionó la identidad de varios de ellos. Nunca se supo qué sucedió con los niños que fueron comprados por esa misteriosa clientela. Lo que quedó registrado es que cuando los menores no eran económicamente redituables por cualquier motivo Northcott los asesinaba ya sea con un balazo en la cabeza o los descuartizaba vivos con un hacha. Los restos los mezclaba con cal viva para acelerar la descomposición y posteriormente los esparcía en el desierto.

Los agentes acudieron al rancho de Northcott acompañados por Stanford Clark, quien les indicó uno de los lugares donde presuntamente había restos de los niños sacrificados. Después de escarbar la tierra removida de un promontorio, los primeros vestigios de una historia abominable comenzaron a salir a la luz. Los oficiales encontraron huesos de dedos pertenecientes a varios individuos, así como un pie momificado, cortado a la altura del tobillo dentro de un zapato. En ese espacio nunca hallaron un cuerpo completo. Se rescató el cadáver decapitado de un adolescente mexicano, además de que se logró la identificación de otras tres víctimas: Walter Collins, de 10 años, así como de los hermanos Lewis y Nelson Wilson, de 12 y 10 años, quienes fueron secuestrados en Pomona el 16 de mayo de 1928. Asimismo, los investigadores recabaron varias hachas con huellas de sangre que, posteriormente se comprobó, se utilizaron lo mismo para cortar los cuerpos de los niños que las cabezas de gallinas.

Gordon Northcott. Murderpedia, the encyclopedia of murderers (Murderpedia)

Para entonces, Gordon Stewart Northcott y su madre habían huido a Canadá, donde la pareja fue detenida semanas después. El presunto asesino declaró que el secuestro de niños era una práctica que realizó durante varios años. Louisa Northcott, presunta madre del condenado, admitió haber matado a Walter Collins. Pese a que se sospechaba que Gordon había forzado a la mujer a cometer el homicidio, ésta fue condenada a cadena perpetua en la prisión estatal de San Quintín, donde falleció años después. En un giro extraño del caso, la revista Time del lunes 11 de febrero de 1929 informó que “Gordon Stewart Northcott, mientras era juzgado por abusar y asesinar a cuatro niños, escuchó testificar a su madre, quien en realidad era su abuela”. Stanford Clark fue sentenciado a cinco años de prisión, aunque su condena se redujo a 23 meses; una vez que la cumplió, fue deportado a Canadá.

En junio de 1929 comenzó el juicio contra Gordon Stewart Northcott por los asesinatos de Walter Collins, los hermanos Winslow y del menor mexicano, de quien nunca se supo su identidad. Debido a la brutalidad de los homicidios y de que en las sesiones se expondrían imágenes y testimonios crudos, el jurado fue integrado sólo por hombres. Sin embargo, se autorizó la entrada a las mujeres, pero sólo como espectadoras.

De acuerdo con John Gabbert, que en 1929 era un estudiante del Riverside City College, el asesino mostró poco interés a su juicio. De hecho, en las pausas se le veía bromear con los abogados de su defensa. Daba la apariencia de que para Northcott la vida era una comedia. Durante el tiempo que duró la investigación, el hombre se divirtió con los agentes que cubrían las pesquisas, dibujando a mano mapas que supuestamente indicaban las locaciones en las que había cuerpos enterrados, pero que en realidad no conducían a algo.

Su actitud desafiante y burlona sólo sirvió para reforzar la condena a morir ejecutado que todos esperaban con ansia.

Gordon Stewart Northcott subió al patíbulo el 2 de octubre de 1930. Antes de que el verdugo accionara la palanca para abrir la compuerta que dejaría caer el cuerpo, Northcott gritó a la gente ahí reunida que por favor rezara una plegaria por él. Excepto el cura de la prisión, nadie más lo hizo.

A causa de la vergüenza internacional que Wineville sufrió por los homicidios cometidos por Northcott, la comunidad local decidió adoptar un nuevo nombre, Mira Loma, según quedó registrado en las actas correspondientes el 1 de noviembre de 1930. (1)

*Extracto del libro en preparación: Asesinato serial: el placer más oscuro.