Una alegre despedida

News from Home (Blogs del Grupo Joly)

POR Óscar Garduño Nájera

Para Magali Cadena Amador,

por el libro que no fue.

Si conserva el escritor ese libro que no fue no es por la melancolía de las lanchas vacías del lago de Chapultepec, sino porque sabe que si bien no fue es un feliz testimonio de las alegres despedidas, aquellas donde se llora, pero también se ríe, y entonces uno acaba de comprender por qué el cabrón de Aristóteles perdió la poética de la comedia

Tengo en la mente la misma estación de trenes en ruinas que parece perseguirme quién sabe desde dónde; intento escapar de ella, y nada, parece que sus vías son más largas que cada uno de mis pensamientos. Tengo en la mente la despedida tierna y amorosa de una hermosa mujer cuya voz seguramente tiembla al otro lado de la línea telefónica mientras asegura que son muchos hombres los que la pretenden, ninguno de ellos envidiable, en realidad.

Tengo en la mente a un hombre que justo la noche de hoy, jueves 2 de marzo, paga las facturas atrasadas de su pasado, asume la responsabilidad de sus acciones (a la manera del sufrido de Séneca) y se despide de la misma mujer que se encuentra al otro lado de la línea telefónica, quien vuelve a repetir que son muchos hombres los que la pretenden, ninguno de ellos envidiable, en realidad. Tengo en la mente la historia más cursi de un amor cursi cuyo final trágico se da de la manera más cursi, tal y como aseguran deben ser los buenos finales, al menos los cinematográficos.

Tengo en la mente un ramo de flores donde dos claveles se abrazan y parecen danzar, hojita con hojita, tallito con tallito, sobre la pista de un florero de lata. Tengo la historia de un hombre que bien podría ser yo, pero que no lo soy, que se pone de cabeza, echa las piernas a la pared y espera unos cuantos minutos para que le salgan los tantos besos que tenía pendientes; una vez que ocurre, cuando los besos ya se encuentran desperdigados por un suelo cuyos mosaicos hacen de mejillas, los recoge, bueno, primero se vuelve a poner de pie, no sin ciertas dificultades, los cuenta, los guarda en una bolsa, los mete bajo sus dos sucias almohadas y promete que cuando le pregunten la mañana siguiente por lo que soñó contestará que con besos, alguien dirá que es idiota soñar con besos, y entonces el mostrará unos cuantos que traerá consigo durante todo el día en una de las bolsas de su saco Godinez.

Tengo la historia de un hombre que se ve a sí mismo mientras escribe su propia y anodina historia y la de un libro que nunca terminó por ser, no por falta de motivación, que nunca faltaron sus piernas abiertas, las del libro, sino porque hay archivos que no alcanzan los suspiros adecuados para la inspiración, aquí entonces se liga nuestra historia cursi y la segunda pieza de baile de los dos claveles. Tengo un departamento que extraña con la boca abierta y que tiende escaleras a manera de dardos para que cada que baje al siguiente piso el hombre que escribe la historia, y se ve a sí mismo escribirla, se ensarte en ellos, de uno en uno, de escalón en escalón, bajar las escaleras resulta imposible.

1000+ images about pictorialismo/ Elliott Erwitt (Pinterest)

Todo esto ocurre la noche de un jueves mientras hay café cuyo rumor suena igual que el de la risa de ella, la mujer tan semejante a la de Ibargüengoitia, la mujer que no. Y de entre tantas cosas que tengo en la mente, no te tengo a ti, quien te tiene es el mismo hombre que se mira escribir a sí mismo en una libreta sentado frente al Palacio de Bellas Artes, mientras, a su vez, una recién pareja (ellos aún no lo saben), van arriba de un Honda Civic, beben cerveza, ríen, él aprovecha la distracción de ella y pone la mano en una de sus piernas lo mismo que el que escribe coloca la punta del bolígrafo en la libreta aún en blanco. La mujer que no (ahora sabemos que tiene coche) quita la mano del hombre que ahora ya no se ve escribir a sí mismo, porque el que se veía escribir a sí mismo se ha quedado frente a las puertas del Palacio de Bellas Artes, le dice algo así como quita la mano, a usted qué le importa el color de mi ropa interior, mientras el hombre que quita la mano sabe que la historia apenas comienza, porque ya en esos momentos trae un montón de cosas en la cabeza.

Han pasado los días y ahora un hombre escribe que se ve escribir a sí mismo mientras borra un libro que intentó pero que no fue cuando esa mujer decidió que era mejor partir, poner a salvo la cabeza, la independencia, y todo aquello que tiene que ver con la mujer moderna de hoy en día. Hay libros que no son porque la única razón de ser desaparece, se esfuma, tal y como dicen ocurre con los hombres que escriben y que se ven escribir a sí mismos, aunque siempre cabe la posibilidad de buscar una cervecería del Centro Histórico, pedir una cerveza bien fría y brindar por el sonido de sus carcajadas luego de hacer el amor; sin embargo el escritor recuerda que esto ya lo dijo alguien antes que él, y luego que también recuerda que se trata de un cantautor español, decide censurarse, a partir de mañana dejará el alcohol.

Si conserva el escritor ese libro que no fue no es por la melancolía de las lanchas vacías del lago de Chapultepec, sino porque sabe que si bien no fue (el solo verbo es odioso) es un feliz testimonio de las alegres despedidas, aquellas donde se llora, pero también se ríe, y entonces uno acaba de comprender por qué el cabrón de Aristóteles perdió la poética de la comedia. Da igual.