20 minutos antes de la masacre

Monster illustrations from ‘Yokai Jiten’ (Pink Tentacle)

POR José Luis Durán King

Durante los interrogatorios, Kato Tomohiro no paró de llorar. Señaló que borró a sus contactos para evitar que sus conocidos pagaran por las acciones que él iba a emprender. En cuanto a los mensajes en Internet, indicó que tenía esperanza de que fueran vistos por la policía y lo detuvieran antes de la jornada de agresiones

El mundo era demasiado pesado para sus hombros. Decía que no tenía un solo amigo y que no lo tendría en el futuro. Se consideraba feo y que valía menos que la basura, porque ésta al menos se recicla. Pese a todo, había sido una gran promesa en su época de estudiante y un destacado jugador de tenis en la ciudad de Susono, Japón. Pero todo cambió cuando no aprobó el examen para entrar a la universidad.

A los 25 años, Katō Tomohiro trabajaba como mecánico en una empresa de automóviles, la cual había anunciado un recorte de personal en el que aparentemente figuraba el joven. El 5 de junio de 2008, Tomohiro no encontró su uniforme de trabajo, acusó a sus compañeros de haberlo escondido y para él aquella broma era una señal inminente de que lo botarían de su empleo. Montó en ira y salió apresuradamente del taller.

En los tres días siguientes, Tomohiro subió a Internet mensajes amenazadores anunciando que perpetraría un ataque. Uno de ellos decía: “Mataré gente en Akihabara”. Y otro era un tanto enigmático: “Si tuviera novia, no hubiera dejado de trabajar; nunca me hubiera vuelto adicto a mi teléfono móvil. Cualquier persona que tenga esperanza en su vida posiblemente no me entienda”. Nadie lo tomó en cuenta. Borró a todos sus contactos y el 8 de junio alquiló un camión de 2 toneladas y se dirigió al centro de Akihabara. Su último mensaje, a través de su móvil, lo envío antes de pasarse un alto y atropellar a varios transeúntes.

Estaba en la calle Chuo-dori, que se especializa en la venta de artículos y juegos electrónicos. Bajó del camión y con un cuchillo militar hirió a 18 personas. Tres hombres murieron embestidos por la unidad, y cinco más perdieron la vida ante los violentos golpes del arma de Tomohiro, quien lanzaba extraños gritos mientras cumplía su misión. De las siete víctimas mortales, seis eran hombre y sólo una mujer.

Al final de la jornada, además de las siete víctimas mortales, 11 personas fueron heridas. La policía rodeó a Tomohiro, quien se defendió con su cuchillo. Los agentes lo rodeaban con varas eléctricas, hasta que un uniformado decidió sacar su pistola y apuntarle, con la advertencia de que dispararía. El joven soltó su arma, y finalmente la autoridad pudo detenerlo. La ropa oscura, las manos, el rostro de Tomohiro estaban cubiertos de sangre.

Tomohiro era un hombre que se consideraba feo, aunque en realidad era su carácter irascible el que lo hacía impopular entre sus compañeros de escuela y de trabajo. Él creía que su despido era inminente, aunque después sus jefes de taller dijeron que era un buen mecánico y que no deseaban prescindir de sus servicios.

En las investigaciones ulteriores al homicidio masivo, la policía dio a conocer que Tomohiro era castigado continua y severamente por sus padres. Éstos le exigían altas calificaciones en la escuela, y aunque en un principio las lograba, sus progenitores mantenían una actitud crítica excesiva hacia su hijo. En 2006, el joven, cansado de las humillaciones, decidió suicidarse, estampando su auto contra un muro. Pero también en eso falló.

Durante los interrogatorios, Tomohiro no paró de llorar. Señaló que borró a sus contactos para evitar que sus conocidos pagaran por las acciones que él iba a emprender. En cuanto a los mensajes en Internet, indicó que tenía esperanza de que fueran vistos por la policía y lo detuvieran antes de la jornada de agresiones.

Después de un juicio que duró tres años, Katō Tomohiro fue condenado a muerte. La sentencia fue aplicada y el 21 de febrero de 2013 el infractor fue ejecutado mediante la horca.