Desaparecieron en la estación del tren

Zdzislaw Beksinski (wallpapername.com)

POR José Luis Durán King

Norman Afzal Simons era un hombre culto, tocaba música clásica y hablaba siete idiomas, entre ellos inglés y francés. Era maestro de quinto grado de primaria y aparentemente una persona tranquila. Y si bien nadie sabía que era homosexual, menos sabía que fuera un violento homicida de menores varones

Entre 1986 y 1994, varios menores, de edades que iban de nueve a 13 años, aparecieron muertos en distintos puntos de Sudáfrica. Todos mostraban la impronta de su al parecer solitario verdugo: fueron violados y después estrangulados con alguna de sus propias prendas; tenían las manos atadas a la espalda; los zapatos fueron removidos y sus rostros empujados en la arena; además, todo parecía indicar que habían sido contactados por el agresor en alguna estación de tren de la región.

Para avanzar en la investigación, las autoridades sudafricanas solicitaron la colaboración de la Interpol, FBI y del perfilador estrella de la conducta criminal: Robert Ressler. La policía de Cape Flats tenía motivos de sobra para estar preocupada.

Para el momento en que solicitó ayuda internacional, la cifra de muertos había llegado a 20, el asesino los enterraba a flor de tierra después de sodomizarlos por horas, y lo más preocupante, retaba a los uniformados con una nota dejada en un cuerpo: “Uno más, y muchos más en almacén”.

Las familias se habían atrincherado en sus hogares, los niños no iban a la escuela y grupos de padres se habían organizado para dar caza al elusivo criminal. En un esfuerzo adicional para capturar al homicida, el ministro de Ley y Orden, Hernus Kriel, ofreció una recompensa inicial de 100 mil rands que se incrementó a 250 mil rands a quien ofreciera datos que condujeran a la captura del delincuente.

El cerco en torno al infractor finalmente dio resultado cuando, tres meses después de la desaparición del niño de nueve años Elroy van Rooyen, algunos testigos afirmaron haber visto al menor salir de la estación acompañado por un hombre de raza negra de aproximadamente 40 años, cuya descripción sirvió para la elaboración de un retrato robot que ayudó a detener a un sospechoso.

Norman Afzal Simons era un hombre culto, tocaba música clásica y hablaba siete idiomas, entre ellos inglés y francés. Era maestro de quinto grado de primaria y aparentemente una persona tranquila. Y si bien nadie sabía que era homosexual, menos sabía que fuera un violento homicida de menores varones.

Poco interesado en la vida de otros criminales, Simons, sin embargo, tenía un modo de operar similar al homicida pluralista ruso Andrei Chikatilo, quien atraía a sus víctimas con promesas de comida y techo, como lo enfatizó el perfilador Robert Ressler.

El menor Elroy van Rooyen era bastante introvertido. Salvo su madre y su abuela, pocos lo recuerdan, incluso en la escuela tenía pocos amigos. Pero fue su desaparición la que detonó la aprehensión de Simons, a quien se le atribuía una veintena de asesinatos.

Simons llegó a la corte acusado de los delitos de secuestro, sodomía y homicidio. En un intento por eludir el sistema penitenciario y buscar el arraigo psiquiátrico, Simons señaló que su hermanastro lo violó y sodomizó cuando era niño. En 1991, el hermanastro, un rastafari alcohólico, fue asesinado. A partir de entonces –declaró Simons— “escuchaba la voz” de su familiar, quien le ordenaba matar.

Después de tres meses de juicio y de que las evidencias contra el sospechoso carecieron de sustento, Simons fue liberado, sólo que de inmediato fue reaprehendido por su conexión con la muerte de Donovan Swartz, también de nueve años.

En esta ocasión, en un juicio que estuvo plagado de insultos y amenazas del público contra Simons, éste fue condenado a 35 años de prisión, castigo que purga en la Correccional de Drakenstein.