Uso y abuso: los escritores de la revolución

La gran figura de la literatura soviética fue Máximo Gorki, mano derecha de Stalin y su par en la creación del realismo socialista. Su alianza muchas veces fue por conveniencia, repitiendo un patrón de la URSS: de los vanguardistas a Pasternak, el partido intentó controlar las obras de los autores rusos. O bien, los persiguió

Stalin tuvo a Gorki entre sus escritores favoritos

POR Roberto Careaga C.

La gran figura de la literatura soviética fue Máximo Gorki, mano derecha de Stalin y su par en la creación del realismo socialista. Su alianza muchas veces fue por conveniencia, repitiendo un patrón de la URSS: de los vanguardistas a Pasternak, el partido intentó controlar las obras de los autores rusos. O bien, los persiguió

La escenografía estaba dominada por grutas con estalactitas góticas en tonos rojos y verdes. Por ahí se movían demonios vestidos en leotardos rojos y café. Era una representación del infierno ideada por el artista Kazimir Malevich para la obra teatral Misterio bufo, que Vladimir Mayakovski escribió para celebrar el primer año de la Revolución bolchevique.

La pieza recurría a la historia del diluvio universal como metáfora de una futura revolución mundial y, en la estética del escritor y el escenógrafo, lo que se vio en las tablas fue un relato vanguardista. Era una presentación oficial en el marco de las conmemoraciones, pero los aplausos fueron esquivos. Demasiado experimental, el público no la entendió y la crítica la destruyó. Y aunque los bolcheviques la habían aprobado, en realidad la odiaron. No sólo no entendían a esos artistas, los futuristas, sino que silenciosamente los despreciaban. Y, sin embargo, los reclutaron como aliados. Fueron sus primeros cómplices culturales.

La obra de Mayakovski fue una señal en la intensa relación que mantuvieron los bolcheviques con los artistas de vanguardia en el inicio de la Unión Soviética. Un anuncio de la crisis que finalmente los separaría. Antes tuvieron años inseparables. Dos meses después de la Revolución de Octubre de 1917, el recién designado Comisario de Educación, Anatoli Lunacharski, recibió en su oficina al crítico de arte Nikolai Punin y al compositor Arthur Lourié, ambos ligados al futurismo. Ahí mismo sellaron una suerte de matrimonio por conveniencia: mientras los artistas y escritores rusos principales aún sospechaban del nuevo régimen, la vanguardia se mostraba en completa sintonía discursiva: “Volad, destruid y borrad las viejas formas artísticas de la capa de la tierra. ¿Acaso no es el sueño del nuevo artista, del artista proletario, del nuevo hombre?”, escribía Punin por esos días.

Por supuesto, los bolcheviques querían al hombre nuevo. Pero de acuerdo con el historiador ruso Solomon Volkov habrían preferido menos experimentos, especialmente el hombre que lideró la revolución: “A pesar de ser un radical en el ámbito de la política, Lenin tenía unos gustos extremadamente conservadores”, escribe Volkov en El coro mágico, un libro que reconstruye la íntima y tirante relación de los artistas rusos con el poder durante el siglo XX. Desde Tolstoi a Solzhenitsyn sigue la trayectoria de los escritores en la Unión Soviética y lo que aparece es una ruta árida: en la ambición totalizadora soviética, ellos, al igual que el resto de los ciudadanos, fueron vistos como aliados o sospechosos, y en el caso de estar entre los últimos, fueron perseguidos y castigados. También les fueron útiles: “Lenin y, sobre todo, Stalin comprendieron la utilidad de la cultura como herramienta política, no sólo dentro del país, sino también en la arena internacional, y supieron utilizar esa arma”, explica Volkov.

Futuristas y campesinos

Fuera y dentro de las fronteras soviéticas, uno de los escritores decisivos para el régimen fue Máximo Gorki. Pero hubo escollos. Aunque Gorki había sido cercano a Lenin, hacia 1917 tenía dudas del destino de su país: “Creyéndose los napoleones del socialismo, los leninistas claman y braman, y culminan así la destrucción de Rusia”, señalaba. Antes de volverse la mano derecha de Stalin, cruzaría todo el espectro de las posiciones: tras criticar a los bolcheviques, pasó a interceder ante Lenin por artistas perseguidos por las nuevas autoridades, con tanta insistencia que el jerarca terminó pidiéndole que dejara el país: “Si no te marchas, te obligaremos a exiliarte”, le aseguró Lenin, y Gorki se fue en 1921. En ese tránsito, los bolcheviques consentían a sus elegidos, los futuristas.

“La caída del viejo mundo artístico está en tus manos. ¡Quememos los cuadros de Rafael!”, proclamaba Malevich, mientras sus compañeros vanguardistas iban asumiendo puestos en academias, museos y teatros. Con Lenin ocupado de múltiples asuntos en la partida de la Revolución, quien manejaba el destino cultural del país era Lunacharski, el comisario de Educación. A los futuristas ser parte del sistema soviético les sirvió para muchas cosas: desplazando a otros grupos de artistas realistas y tradicionalistas, a pedido de Lenin levantaron estatuas de viejos revolucionarios y redecoraron ciudades durante conmemoraciones –Nathan Altman remodeló el Palacio de Invierno en 1918—, y pudieron difundir sus ideas cuando nadie más podía: en plena crisis del papel, a Kandinski se le publicó el libro Pasos: un texto de artista.

Pero tres años después de publicar su libro, Kandinski dejó la Unión Soviética para irse a Alemania. Las condiciones cambiaban: de acuerdo con Volkov en El coro mágico, luego que los bolcheviques se vieran obligados a abrir la economía que habían apretado, en 1921, a la sociedad rusa regresó cierto aire de la normalidad de antaño. La comida volvió al almacén de la esquina. “El hambre y la miseria desaparecieron, como también sucedió con los sueños de los artistas vanguardistas, que aspiraban a la hegemonía en el terreno cultural”, indica Volkov, para luego describir cómo los artistas tradicionales empezaron a pedir espacios y, entre otras cosas, Lenin empezó a aburrirse. Se indignó cuando a través de una editorial estatal Mayakovski publicó el poema 150.000.000 y, en vez de firmarlo con su nombre, puso la rúbrica República Soviética Federada Socialista de Rusia. “¿No le da vergüenza publicar 5 mil ejemplares de este poema? Es un sinsentido, una estupidez, un texto idiota y pretencioso”, le dijo Lenin a Lunacharski.

El poder de los vanguardistas fue extinguiéndose hasta que en 1924, tras la muerte de Lenin, se publicó De la política del Partido en el ámbito de la literatura. Era un documento oficial redactado, entre otros, por Leon Trotsky, y clamaba por la diversidad de estéticas literarias. Entonces, volvió a escena Gorki, que ya estaba de regreso en la Unión Soviética. Reconocido mundialmente como el heredero de Tolstoi, Gorki había recorrido todo su país y se decía conocedor del alma rusa. Y ante la política elaborada por Trotsky, hizo una advertencia: estaba bien la diversidad, pero los escritores proletarios eran más valiosos que los escritores campesinos. Al igual que los líderes bolcheviques, Gorki despreciaba al campesinado: “Siempre me ha inquietado que, en Rusia, el pueblo iletrado domine a la ciudad, así como el individualismo zoológico del campesinado y la ausencia casi total de emociones sociales que demuestran”, planteaba.

El tema de los escritores campesinos iba a volverse sensible un año después, cuando el 27 de diciembre de 1925 el poeta Sergéi Esenin se ahorcó en un hotel de Leningrado. Antes, dejó un par de versos escritos con su propia sangre. Tenía 30 años y era considerado el líder de los “nuevos poetas campesinos”. Su muerte fue una sacudida social: Esenin se convirtió en un emblema trágico para los jóvenes y por todo el país empezaron a replicarse suicidios como el suyo. Para el Partido era un problema, pues veían en el poeta “los rasgos más negativos del campo ruso” y creían que cristalizaba “una falta absoluta de disciplina y la idolatría de la forma más atrasada de la vida social”. Entraron en acción: iniciaron una purga contra el círculo de amigos de Esenin, expulsaron a sus seguidores más destacados de las universidades y hasta antes de la Segunda Guerra Mundial la posesión o distribución de copias manuscritas de sus obras podía significar la cárcel.

Stalin y Gorki

Crítica Marxista-Leninista: XIX Congreso del PC de la URSS (Crítica Marxista-Leninista- blogger)

Decían que podía llegar a leer cerca de 400 páginas diarias, era un aficionado al cine, al teatro y a la ópera, y no era raro que, sin poner su firma, Stalin criticara obras y libros en Pravda, el diario oficial soviético. Instalado en la cúpula del Partido, el propio Stalin asumió la conducción cultural de la revolución y a su lado tuvo no a otro que Gorki. Ambos tenían una idea más o menos similar: era necesario culturizar al pueblo ruso y, al menos en las declaraciones, podían coexistir diversas estéticas para lograrlo. Juntos se volvieron una dupla poderosa: “Durante un tiempo Gorki fue el auténtico virrey de Stalin en materia cultural”, señala el historiador Solomon Volkov.

En 1934, la sociedad entre Stalin y Gorki se cristalizó en el Primer Congreso de Escritores de la Unión Soviética, un fastuoso evento realizado en Moscú, que fue la culminación de un proceso que significó la concentración de los autores en una sola entidad oficial: el Sindicato de Escritores Soviéticos. A la cabeza quedó Gorki, quien en el congreso anunció el camino por el que debía transitar la literatura soviética: el realismo socialista. El concepto fue acuñado por el novelista y Stalin, y en su amplia definición se lee que “exige del artista un retrato veraz e históricamente concreto de la realidad en su desarrollo revolucionario”. En esa línea, Gorki ideó una grandiosa colección de libros: La historia del pueblo, La historia de las fábricas y La historia de la guerra civil. Largos y detallados, sólo el último llegó a ver la luz y agotó rápidamente 400 mil ejemplares.

Pero la relación entre Gorki y Stalin se desgastó. Igual como había intercedido ante Lenin por escritores perseguidos, lo hizo ante Stalin cuando lanzó sus ataques contra el campesinado y en especial durante su purga contra los artistas informalistas. De hecho, consiguió que Stalin detuviera su acoso contra Shostakovich. El líder lo escuchaba porque le servía: a inicios de los años 30, la Unión Soviética desplegó una fuerte campaña para que Gorki recibiera el Premio Nobel de Literatura y así su influencia cultural tuviera mayor eco en el mundo. Parte de las razones de la campaña radicaba en que el mayor contendor del ruso era otro ruso, Ivan Bunin, un furioso antisoviético, que vivía su exilio en Francia. A Stalin le fue mal: en 1933 quien recibió el galardón de la Academia Sueca fue Bunin.

El Gran Terror

Mugshots of prisoners displayed in the Dolinka Museum for the Commemoration of Victims of Political Repression near Karaganda, central Kazakhstan

En adelante, las relaciones entre Stalin y Gorki se enfriaron. Y llegaron a congelarse cuando en 1935 el escritor le falló al político a nivel mundial: a última hora, decidió no asistir al Congreso Internacional de Escritores que se celebró en París para “defender a la cultura del fascismo”. Era una idea del escritor Ilia Ehrenburg, financiada por Stalin y dirigida por Gorki. Pero argumentando un delicado estado de salud, el escritor no viajó a Francia y el encuentro perdió importancia: cancelaron Thomas Mann, George Bernard Shaw y H. G. Wells, quienes iban a relevar la cita. Un año después, Gorki falleció. Una tuberculosis lo acorralaba hacía tiempo, pero con los años las sospechas han llegado a Stalin, quien supuestamente habría acelerado su muerte. Sin embargo, el líder aseguró en el funeral: “Después de Lenin, la muerte de Gorki es la mayor pérdida para nuestro país y para la humanidad”.

Pocos meses después, Stalin inició una purga brutal para consolidar su poder en lo que se ha llamado el periodo de El Gran Terror. Entre 1936 y 1938, el líder soviético arrasó con la intelligentsia urbana descabezando lo que sospechaba eran sus enemigos. Al menos 600 escritores fueron ejecutados, un tercio del Sindicato de Escritores Soviéticos. Cuando la oleada parecía haber terminado detuvo y ejecutó a otros tres autores destacados, el periodista Mijaíl Koltsov, el director teatral Vsévolod Meyerhold y el escritor Isaak Bábel, tres figuras que habían tenido contactos en el extranjero. Era una señal, sostiene el historiador Solomon Volkov: “Cualquier intercambio con Occidente era fatalmente peligroso. A principios de los años 40, el mundo de la cultura vio caer el telón de acero”.

Tras la muerte de Stalin, en 1953, el control cultural soviético viviría al menos dos momentos de exaltación, ambos debidos al Nobel de Literatura: después de que Boris Pasternak recibiera el galardón en 1958, especialmente por su crítica novela contra la revolución Doctor Zhivago, el partido liderado por Nikita Jruschov le impidió aceptar el premio y lo humilló públicamente hasta su muerte. En 1970, en tanto, el que recibió el Nobel fue Aleksandr Solzhenitsyn, por el realista retrato de los gulags soviéticos que hizo en su obra a partir de sus propias experiencias detenido por décadas. A esas alturas, el hierro soviético prefirió abstenerse y en 1974 lo envió al exilio. La amplitud del relato de horror y valentía que Solzhenitsyn difundió por Occidente ayudó a entender su lugar en la literatura rusa: acaso el continuador de la tradición de Tolstoi y Gorki.

Tomado de: El Mercurio. Abril 23, 2017.