La literatura

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POR Óscar Garduño Nájera

Que les quede bien claro: la literatura no hace mejores personas. Y si bien la cultura es uno de los mejores regalos a los que tiene acceso el hombre, también es cierto que en ocasiones sirve para darte tintes de superioridad pendejos, para mirar a los demás hacia abajo. Son las ridiculeces de algo que a la vez que crea, destruye

En ocasiones la literatura te entretiene. Dices, “me divertí con la lectura de tal libro”. Es como cuando te avientas por una resbaladilla. En ocasiones la literatura te sirve como peldaños. Vas por ahí cargado de libros inútiles porque eres demasiado presuntuoso y la inteligencia sólo se te da si te aprendes de memoria los títulos de las mesas de novedades de las librerías. En ocasiones la literatura te vuelve un monstruo. Y te crees superior porque leíste dos libros y aparte los leíste mal. En ocasiones la literatura se convierte en una poderosa carrera de autora. Dices tengo tal rapidez en la lectura que en una semana me leo cinco libros, aunque en realidad no entiendes un carajo de ellos.

Lo mejor es que en ocasiones la literatura te salva. O los procesos antes de llegar a ella. Es cuando escribes sin ningún otro propósito que ponerte a salvo. De lo que sea. Del amor. Pero también del desamor. Del odio imbécil. Pero también de la ira. Y escribes. Lo que sea. Cuando se trata de salvarte no cuentan los géneros literarios. Te los pasas por los huevos. Unas cuantas líneas y no precisamente de cocaína. Un hermoso párrafo como un cuadro de Picasso. Igual y llegas al final de un libro, tu libro, tu historia. Y a partir de ahí la defiendes a capa y espada. Como si se tratara de un duelo entre caballeros con relucientes armaduras.

También la lectura te salva. Porque ahí, en eso que conocemos como literatura, ocurren vidas que corren paralelas a las tuyas. Como las vías de una estación de tren en ruinas. Qué maravilla. Nunca jamás en la vida pensamos que el ser humano fuese capaz de tal artilugio. Es lo extraordinario de la literatura. Eso que Alfonso Reyes calificaba como milagroso. Porque en ocasiones es la literatura o ponerte una pistola en la sien y disparar. Te quedas mejor con la historia. En caso contrario, de cualquier manera la literatura se salva: alguien más contará tu historia. Fin.

Lo atestiguan muchos autores. Cuando la literatura ya no consiguió ponerlos a salvo renunciaron a la vida, porque su vida, sobra decirlo, pero hay que insistir en ello, era la literatura. José María Álvarez dice que con la literatura sólo cabe una postura: la gloria o el olvido. Pienso, por ejemplo, en José Revueltas y la perfección no sólo de sus cuentos sino de sus novelas. Y sin embargo renunció a la vida (entendamos vida por literatura). Pienso, más reciente, más doloroso, en Eusebio Ruvalcaba, para quien la escritura era acaso uno de los actos más honestos que podía demostrar un hombre. Y aun así la mandó al carajo. Me gusta repasar la historia de Walter Benjamin porque a final de cuentas a él paradójicamente la literatura lo salva por un instante, pero también lo condena, propaga sus ideas, y ya sabemos cómo acabó el cuento. A Benjamin no sólo se le acabó la salvación de la literatura sino que al final de sus días seguramente escupió sobre ella, le dedicó con honores un ejemplar suicidio. O en el loco de Robert Walser, quien se interna en un psiquiátrico para dejar de escribir y es justo ahí donde produce lo más importante de su obra literaria. Literatura para desquiciados. No suena tan mal. W.G. Sebald narra en Los anillos de Saturno una experiencia maravillosa. Está internado y repentinamente, tras un lento proceso de recuperación, descubre la vida a través de la rendija de una ventana. Eso: la vida. Apenas un destello de luz.

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Si la literatura consigue ponerte a salvo habrá conseguido uno de sus mayores propósitos para la que fue creada desde que los hombres contaban historias de boca en boca alrededor de primeras fogatas que dieron forma al mundo.

Y si escribes y consigues salvar a otros a través de la escritura es uno de los regalos más hermosos que te pudo haber dado la vida. Independiente de la vanidad imbécil de los escritores. Independiente de que en ocasiones los mismos lectores los conviertan en estrellas de rock. Independiente de eso. No existen los milagros en la escritura. Tampoco la generación espontánea. Ni te haces escritor de la noche a la mañana. Lo que sí existe es el talento. También el trabajo y la disciplina. Las horas de hambre y las horas nalga. Las horas de panza vacía. Cada que hablaba con cierto escritor mexicano me contaba lo que comía. En ocasiones había tan sólo para pasta. En ocasiones tan sólo para latas de atún de las más económicas. Hoy tiene una beca de Sistema Nacional de Creadores. Eso es lo que existe. Si escribes, gana lo que te mereces y pon barbilla arriba. Que nadie menosprecie tu trabajo. Esto sólo ocurre si te encargas de defenderlo.

Que les quede bien claro: la literatura no hace mejores personas. No te haces una persona bonita si lees tres veces a la semana. Y si bien la cultura es uno de los mejores regalos a los que tiene acceso el hombre, también es cierto que en ocasiones sirve para darte tintes de superioridad pendejos, para mirar a los demás hacia abajo. Son las ridiculeces de algo que a la vez que crea, destruye. Nos lo enseñaron los nazis. Si llegas por los caminos correctos a la literatura, si te apropias de ella como si lo hicieras del tesoro más valioso (semejante al de Stevenson), te salva. La literatura te salva del naufragio. Y en un mundo tan espantoso como el nuestro eso es demasiado. Ponerte a salvo a través de las páginas de un libro o ponerte a salvo al escribir lo que te dé la regalada gana.

Es la primera lección que tendríamos que darles a los niños luego de contarles historias. De las estrellas. De las nubes. Del cielo azul y nublado. De la lluvia. Animarlos a que sean ellos los que nos cuenten sus propias historias. No hay obligaciones para un placer como la lectura. Quien impone la lectura como obligación merece que lo ignoren. No hay compromisos de terminar un capítulo cada semana. Eso sólo genera lectores monstruosos que leen lo mismo que si comieran papas fritas.

La literatura te puede salvar.

Hay que decir eso a los niños.

Repetirlo.

Tendríamos una generación de lectores honestos.

Al crecer, cada niño sabría dónde se encuentran los refugios cuando los poderosos aviones lancen sus bombas desde las panzas de hierro. Cuando el mundo se les presente como lo que es en realidad: una porquería. Cuando el ser humano se les presente como lo que nunca ha dejado de ser: un pedazo de mierda.

Los niños abrirían un libro. Se pondrían a salvo.

Y uno de ellos escribiría en ese momento una historia.