Los sueños de las máquinas producen monstruos

Son pocas las ficciones que dan cuenta de la manera en que Internet está transformando la experiencia. Y son menos aún las ficciones que se atreven a soñar o a especular sobre los rumbos que Internet tomará en el futuro. Un futuro en el que, como dice uno de los personajes, “estar desconectado es como estar muerto”

Creo que esto es el futuro – MDZ Online

POR Liliana Colanzi

Son pocas las ficciones que dan cuenta de la manera en que Internet está transformando la experiencia. Y son menos aún las ficciones que se atreven a soñar o a especular sobre los rumbos que Internet tomará en el futuro. Un futuro en el que, como dice uno de los personajes, “estar desconectado es como estar muerto”

En 2012 llegó a mis manos el manuscrito de Los cuerpos del verano y supe que estaba ante una sensibilidad nueva: Martín Castagnet escribía en un registro muy original, diferente a todo lo que se estaba publicando y leyendo en esa época.

La premisa de Los cuerpos del verano era altamente provocadora y se abría a toda clase de exploraciones narrativas. En el mundo que imaginaba Castagnet, la muerte había sido superada y la conciencia de los seres humanos se había trasladado a Internet. Los muertos flotaban en la pecera de Internet y si querían podían elegir volver al mundo físico en cuerpos conectados a una batería.

Era ciencia ficción y era el futuro, pero a la manera latinoamericana: con mercado negro y zonas donde la señal de Internet se perdía, con cuerpos fallados que poco tenían que ver con los hermosos y perfectos replicantes de Blade Runner. Una ciencia ficción dura que se metía a fondo con las implicaciones filosóficas y éticas de la idea que proponía, pero que además se asentaba en una estética propia y fascinante, en una forma singular de ver las cosas. Castagnet se adelantó a lo que algunos años más tarde haría una serie como Black Mirror: explorar algún aspecto de nuestra relación con tecnología y llevar esa exploración hasta sus consecuencias más radicales.

Los mantras modernos continúa explorando las implicaciones de la tecnología, pero desde otro lado. Si en Los cuerpos del verano los muertos regresaban al mundo físico, Los mantras modernos recorre el camino inverso: aquí las personas llevan incrustado en el cuerpo el bindi, una especie de aplicación muy popular entre los jóvenes que, entre varias otras cosas, les permite hacerse invisibles. El concepto es tentador: en una época en la que todas las experiencias se filman, se fotografían y se comparten hasta el cansancio, ¿quién no ha deseado alguna vez poder borrarse y desaparecer?

Así narra Martín los albores de la aplicación: “Los feos fueron los primeros en desaparecer. Según los buscadores, la primera fue la conductora de un micro escolar. Los adolescentes le gritaban vieja, gorda, cara de mierda. Entonces desapareció: primero el cuerpo y después la ropa. La gorda fea seguía manejando y quizás lloraba. Los adolescentes comenzaron a gritar y a filmar con sus bindi, aunque en realidad no había nada que se pudiera compartir en las redes: un asiento vacío y un paisaje borroso del otro lado de la ventanilla. A los adolescentes también les llegaría el turno de desaparecer”.

El problema con desaparecer es que conlleva el riesgo de disolverse y quedarse para siempre en la otra orilla, en una realidad fantasmagórica situada en el futuro. Esta ciudad ectoplásmica, llamada la “fosforescencia” por aquellos que la visitan, es una especie de rollo fotográfico que muestra el mundo al revés: un lugar donde no hay humanos pero en el que, por el contrario, todo está lleno de vida. Así la describen los que se han disuelto y han caído en la fosforescencia: “Algunos llegan porque les prometieron una experiencia única; otros no quisieron venir, pero cayeron igual, como un mal viaje que no saben cómo termina. Pero todos los que vienen quedan fascinados (¡es el futuro y nadie lo habita!), aterrados (¡es el futuro y nadie lo habita!), conmovidos (es el futuro) y melancólicos (y nadie lo habita)”.

(IndieGames.com)

En el universo de Castagnet las máquinas sueñan y sus pesadillas pueden inundar las ciudades con hologramas de dinosaurios y flora prehistórica: aquí los sueños de las máquinas producen monstruos. Y los exploradores ya no van al fondo del mar o de la tierra, sino que ahora la aventura es navegar en el inconsciente de la red. Internet es tan ubicua que ya ni siquiera se la menciona; más que una tecnología, es nuestra manera de estar en el mundo. Así lo demuestra esta conversación entre un abuelo despistado y su nieto:

“—¿Me podrías conseguir un teclado para conectarme a Internet?

—Por favor, abuelo, deje de decirle Internet, me da vergüenza.

—¿Y cómo se dice ahora?

—Yo qué sé. No se dice nada. Uno siempre está conectado”.

Esta escena me recuerda a la anécdota de los dos peces jóvenes que están nadando juntos y se encuentran con un pez viejo que los saluda: “Buen día, muchachos, ¿cómo está el agua?” Los dos peces  jóvenes siguen de largo en silencio, hasta que uno le dice al otro: “¿Y qué diablos es el agua?”

Son pocas las ficciones que dan cuenta de la manera en que Internet está transformando la experiencia; como los peces jóvenes, la hemos naturalizado a tal punto que nos cuesta percibirla. Y son menos aún las ficciones que se atreven a soñar o a especular sobre los rumbos que Internet tomará en el futuro. Un futuro en el que, como dice uno de los personajes, “estar desconectado es como estar muerto”.

Pero el futuro también es una estética, un estado de ánimo, y en Los mantras modernos esta respiración la dan series de televisión como Adventure Time, películas como Los cazafantasmas, Nausicaä del Valle del Viento o The Royal Tenenbaums, el budismo y el deseo apocalíptico de las canciones de El mató a un policía motorizado. Una fórmula adictiva para esperar el futuro.

Tomado de: Infobae. Abril 22, 2017.