No voy a pedirle a nadie que me crea

Los premios literarios no garantizan calidad. En ocasiones es cuestión de suerte, como cuando compras un billete de lotería y al menos sacas reintegro. En otras (me han contado) se trata de meras argucias mercantiles para lanzar al mercado una novela que ya se contemplaba lanzar, pero que necesitaba urgentemente de un respaldo

Mexicano Juan Pablo Villalobos gana el Herralde (El Periódico)

POR Óscar Garduño Nájera

Los premios literarios no garantizan calidad. En ocasiones es cuestión de suerte, como cuando compras un billete de lotería y al menos sacas reintegro. En otras (me han contado) se trata de meras argucias mercantiles para lanzar al mercado una novela que ya se contemplaba lanzar, pero que necesitaba urgentemente de un respaldo

Pongamos que si hubiese que calificarla diríamos que se trata de una novela mediana que quizás en algún momento buscó un grado de brillantez y se quedó en el intento. Tampoco es mala. Juan Pablo Villalobos sabe narrar, tiene buen ritmo en su prosa, y si hay un factor que se puede destacar por mucho en esta novela, es la precisión casi milimétrica en la construcción de cada uno de sus personajes, factor éste que últimamente pasan de largo muchos de los jóvenes narradores mexicanos.

Desde el título de la novela, su composición narrativa tiene momentos hilarantes tan cercanos al humor de Jorge Ibargüengoitia y su infinito sarcasmo que definitivamente la echa a perder. ¿Por qué? Porque en algunos de los pasajes de la novela es como si leyéramos al narrador guanajuatense. El chiste se cuenta solo.

En la cuarta de forros damos con una cita de Publishers Weekly que cualquier editor en su sano juicio hubiera evitado: “Villalobos es una especie de Proust en miniatura”. Ignoro si tenían a la mano más referencias periodísticas, pero al menos yo la habría evitado, me hubiera inventado una con todo y nombre de periódico y revista, porque no hablamos del hijo de la vecina que escribió su primer libro de cuentos en quinto de primaria sino del monstruo literario que fue Marcel Proust, aunque me quedó con la duda si la cuarta de forros es parte de la gran broma que pretende hacernos el autor con esta novela.

Los premios literarios no garantizan calidad y eso a cualquier idiota con dos dedos de frente le debe quedar claro. En ocasiones es cuestión de suerte, como cuando compras un billete de lotería y al menos sacas reintegro. En otras (me han contado) se trata de meras argucias mercantiles para lanzar al mercado una novela que ya se contemplaba lanzar, pero que necesitaba urgentemente de un respaldo, y qué mejor que en la portada aparezca que la novela ganó uno de los premios más importantes. No nos vamos a espantar: en la historia de la literatura mexicana sobran ejemplos.

Y si en la primera página damos a conocer el nombre de los jurados, mucho mejor, se legítima un trabajo narrativo que hará ruido durante unas cuantas semanas pero que después se perderá en el limbo, ahí donde se pierden las novelas que realmente no valen la pena. Y puesto que no fui jurado del Premio Herralde de Novela no podría asegurar si No voy a pedirle a nadie que me crea (Anagrama 2016) de Juan Pablo Villalobos fue la mejor de las cientos (me imagino) que participan por dicho premio, sin embargo, me queda claro que si medimos lo que actualmente se produce literariamente tomando como referencia dicha novela, estamos un punto menos que jodidos. Como diría la comadre: “Si así están los buenos, imagínate a los peorcitos”. Por los títulos, a mí, por ejemplo, me llama más la atención entrarle a la novela de Esther García Llover, Cómo dejar de escribir (un título que tiene ecos de Walser, de Vila-Matas, incluso del mismo Bolaño), de la que el jurado recomendó su publicación.

Estamos frente a un fenómeno narrativo curioso: una novela que en su estructura principal pretende recurrir al humor involuntario pero que se queda en una banal guerra de pasteles. Repito: la novela tiene sus momentos realmente hilarantes y cada uno de sus tantos personajes están construidos con la precisión de un cirujano. Pero me parece que si tiene una falla es en su trama, la cual en ocasiones resulta tan confusa que termina por perder al lector (aunque también cabe la posibilidad de que yo sea un idiota para leer novelas así).